(FOTO: LA PRENSA/ARCHIVO/ORLANDO VALENZUELA)

Adiós al maestro

El maestro apasionado por el rojo del malinche nicaragüense ha fallecido. Pero Fernando Saravia aún vive en sus espléndidas obras, desde la estatua de San Ignacio de Loyola hasta su cuadro del Malinche Etéreo [doap_box title=»» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Hoy a las 2:30 p.m. se oficiará una misa de cuerpo presente en la Iglesia Santo Domingo, […]

  • El maestro apasionado por el rojo del malinche nicaragüense ha fallecido. Pero Fernando Saravia aún vive en sus espléndidas obras, desde la estatua de San Ignacio de Loyola hasta su cuadro del Malinche Etéreo
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Hoy a las 2:30 p.m. se oficiará una misa de cuerpo presente en la Iglesia Santo Domingo, de Managua, donde se encuentra un mural, ubicado en el altar mayor, creado por Saravia.

Luego de la misa, el cortejo partirá hacia el cementerio Sierras de Paz.

Saravia nació en el barrio El Infierno, en Managua, el 7 de febrero de 1922.

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Un hombre de carácter fuerte, dicen algunos. Malcriado y cascarrabias, dirán otros. Maestro por excelencia en la pintura y la escultura, lo reconocen todos.

Fernando Saravia murió ayer a los 87 años de edad. Luego de pasar dos semanas en un delicado estado de salud. Falleció en su hogar a las 4:30 p.m.

Para el mundo de las artes plásticas, la desaparición física de este personaje constituye una pérdida invaluable, pues la grandiosidad de Fernando Saravia sólo es comparable a la de Rodrigo Peñalba.

Ambos artistas fueron profesores del reconocido Grupo Praxis, al que pertenecieron Orlando Sobalvarro, Arnoldo Guillén, Leoncio Sáenz, entre otros.

Julio Valle Castillo en el Libro de la Plástica Nicaragüense, dedicado a Saravia, dice que el artista hizo una obra que significó “un aporte revestido de modestia”. Asimismo, describe a Saravia como un hombre “esquivo, abrupto, con pocas relaciones públicas y sin respaldos oficiales, ausente de las exposiciones, ausente en los catálogos y bienales”. Sin embargo, eso no mermó el reconocimiento de la genialidad de su obra.

Saravia no le dio importancia a la fama. “Ha vivido sin importarle honra y fama”, escribió Valle en esa ocasión.

“En el plano de artista en realidad nunca he sido farsante… hablar de mí no es mi especialidad”, dijo el maestro en una entrevista publicada en la revista Magazine hace dos años.

Al maestro lo único que le importó fue plasmar la belleza del malinche, de la naturaleza de Nicaragua. “El paisaje mío es un árbol de malinche en todo su furor. Aquí nadie hace la cosa nicaragüense como la hago yo”, dijo en un único momento de poca modestia, durante una entrevista publicada en 1997 en el libro Secretos de Confesión, de Fabián Medina.

GENIO DE MAL HUMOR

Sobre la personalidad de Saravia se puede decir que fue una persona apasionada por defender sus convicciones y sus puntos de vista, de hablar espontáneo y sencillo, bastante modesto. “Era un hombre de carácter bastante fuerte y no permitía muchas cosas. Y aunque a veces nos decía cosas que en el momento nos golpeaban eran beneficiosas. Al final, siempre tenía la razón”, cuenta el pintor Orlando Sobalvarro, quien fue alumno del maestro.

“Era una persona cordial aunque huraño, y un hombre muy sufrido, el dolor humano lo había golpeado muchas veces”, agrega Julio Valle Castillo.

“Yo tengo mi manera de ser desde que era pequeño. Supongo que he sido tratable, tengo mucha gente que me aprecia… Me ofusca mucho que si aquí está el camino limpio, el muchacho quiera pasar por lo más estrecho”, se describió en una ocasión Saravia.

Y aunque en un tiempo Saravia fumó cigarrillos y tomó licor —“aunque no en exceso” aseguró—, reconoció que su mayor vicio fue “la necesidad de hacer algo todo el tiempo”.

VOCACIÓN DE ESCULTOR

La obra de Saravia en escultura ha sido a su vez muy elogiada. Para Orlando Sobalvarro, Saravia fue el mejor escultor de Nicaragua.

Discípulo del Maestro Genaro Amador Lira, Saravia hizo escultor a Ernesto Cardenal. “Con él aprendí el oficio, las técnicas, los secretos del barro, del yeso, del aluminio y del cemento. No todo pintor es buen profesor de pintura ni todo escultor buen profesor de escultura, Saravia lo es. Un maestro estupendo”, expresó Cardenal en el Libro de la Plástica Nicaragüense, dedicado a Saravia.

“Su verdadera vocación fue la escultura, una escultura centrada en la figura humana”, asegura Valle. Así, Saravia modeló la cabeza de Rubén Darío que se encuentra en el monumento-fuente del patio de la Casa Natal del poeta en Ciudad Darío. Hizo la estatua de San Ignacio de Loyola, situada en la plazoleta de la Universidad Centroamericana y esculpió las cabezas de Sandino, Benjamín Zeledón y la del libertador José Martí.

Eso sí, Saravia dejó dicho que no quería ningún monumento en su nombre, luego de fallecer.

Indudablemente, Fernando Saravia fue reconocido por la belleza con que plasmó los árboles de Nicaragua: malinches, caraos, cañafístolas… “En Nicaragua están unos árboles bellísimos cuyas bellezas son más duraderas que las de las mujeres… A mí me enamora el color del malinche, la vida que se ve en sus flores, en sus hojas”.

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