“Chocolate” bajo fuego

[email protected] De pronto, Román “Chocolatito” González apareció situado en la línea de fuego y ha sido tiroteado por muchos que hasta hace poco no le miraban defectos. Repentinamente el chavalo que parece una leyenda en construcción y que ha sido calificado como ejemplo, es acusado de haberse “mareado” y de oponerse a un régimen de […]

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De pronto, Román “Chocolatito” González apareció situado en la línea de fuego y ha sido tiroteado por muchos que hasta hace poco no le miraban defectos.

Repentinamente el chavalo que parece una leyenda en construcción y que ha sido calificado como ejemplo, es acusado de haberse “mareado” y de oponerse a un régimen de preparación serio como lo demanda su condición de campeón.

Y es más, se le ha “crucificado” porque compró un automóvil Mercedes Benz, que le satisface un capricho ahora, pero no le garantiza nada para su futuro, dicen los críticos, aún cuando Paulo Coelho nos ha dicho que nadie es dueño del próximo instante.

Desde mi perspectiva, el “Chocolatito” no hace bien si confunde la ubicación de sus prioridades. La preparación es vital para poder sostenerse como monarca, y si los retos que le imponen ese estatus demandan una reconcentración, debe hacerlo. Eso no debería estar bajo ninguna discusión.

Pero, de eso, a que queramos legislar sobre su vida privada y la forma cómo ha decido gastar su dinero, es otra cosa. Primero, ninguno de nosotros le ayudó a ganárselo, y segundo, se trata de un asunto individual. A nosotros no nos gusta que otros tomen las decisiones que nos corresponden.

Ahora se acusa de “mareado” a un muchacho que con costo concluyó su primaria y que quizá no tiene el entorno más apropiado para un consejo o una sugerencia, y cuando aquí vemos que graduados de una universidad y con un puestecito más o menos pierden la noción de las tablas.

Aquí lo queda es tratar de ayudarle a Román, de facilitarle el consejo apropiado y hacerle comprender que él, que decidió ser boxeador, debe someterse a los rigores que su profesión exige, pero no tenemos el derecho de indicarle cómo debe vivir su vida, y menos cuando los más ácidos críticos que tiene no disponen del respaldo moral para cuestionar a los demás.

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