Ichiro Suzuki es una auténtica celebridad en Japón. (LA PRENSA/AP/ELAINE THOMPSON)

Una Navidadinesperada

Tomado de ESPNdeportes.com En la recién pasada temporada uno de nuestros jugadores latinos miraba cómo un pequeño niño japonés junto con su hermanita gritaban con todas sus fuerzas el nombre de unos de los jugadores tratando de obtener su atención. Los niños gritaban y gritaban, pero el jugador no volteaba a mirar. Nuestro compañero se […]

Tomado de ESPNdeportes.com

En la recién pasada temporada uno de nuestros jugadores latinos miraba cómo un pequeño niño japonés junto con su hermanita gritaban con todas sus fuerzas el nombre de unos de los jugadores tratando de obtener su atención. Los niños gritaban y gritaban, pero el jugador no volteaba a mirar.

Nuestro compañero se conmovió por la escena, al notar cómo el niño (quien vestía la camiseta del jugador japonés) se quedó desilusionado al notar que el jugador pasó corriendo hacia los camerinos sin detenerse. Entonces, el jugador latinoamericano siguió al astro tan admirado y tomando una pelota le pidió que se la firmara para un hijo de un amigo que estaba afuera.

Nuestro compañero tomó la pelota y le pidió a uno de los oficiales de seguridad que le trajeran al niño, quien había vuelto a su asiento con sus padres cuando no pudo lograr su objetivo. El padre del niño atemorizado al notar que el policía les estaba haciendo señales de que se pararan del asiento, abrazando a sus hijos comenzó a preguntar asustado qué pasaba. El jugador dándose cuenta de que ninguno de la familia hablaba bien inglés fue en busca del intérprete de la estrella japonesa para que le tradujera.

El padre del niño alarmado le preguntó al traductor que si sus chicos habían ofendido al astro japonés de alguna manera, el jugador latino levantó la bola y la puso en la mano del niño diciendo “diles que tu jefe les mandó esta pelota, la cual él firmó especialmente para ellos. Que les pide excusas por no haberse detenido cuando pasó por acá, pero es que tenía que prepararse para el juego y no le quedaba mucho tiempo”.

Luego que el traductor le dijo en japonés lo que sugerimos que el jugador le había pedido, notamos cómo toda la familia sin cesar hacia reverencias tanto al jugador como al traductor. El niño casi llorando de la emoción miraba la pelota mientras abrazaba a su padre.

“Navidad en julio!”, dijo el traductor al ver cómo la familia se marchaba abrazándose unos a otros.

“¿Por qué dices eso?”, le preguntó nuestro compañero.

“Tú no sabes lo que hiciste, esas personas nunca tendrán con que pagarte lo que has hecho. Ellos vinieron de vacaciones a este país y en ellas planearon venir a ver jugar a nuestra estrella japonesa, nunca pensaron que podían tener la oportunidad de conseguir un recuerdo como ése y firmado por él”.

“¿Por qué no?”… El traductor esbozó una escéptica sonrisa y respondió: “Las posibilidades de que una persona en nuestro país pueda tener una pelota firmada de nuestra estrella son una en un millón”.

EL MEJOR REGALO

En otra ocasión, el papá de un niño, durante una de las prácticas de los juegos de liga de invierno se acercó a uno de mis compañeros y le pidió por favor que la próxima vez, cuando su equipo volviera a jugar de nuevo en la ciudad, se tomara la molestia de saludar a su hijo; pues de acuerdo con el papá, mi compañero era su jugador favorito.

Según nos cuentan, mi compañero le dijo que sí y tal como el señor le había dicho, la siguiente semana el padre orgullosamente se presentó en las graderías con su niño de apenas ocho años de edad. Mi colega se acercó a ellos y dándole la mano al pequeño notó cómo le miraba embelezado sin decir una palabra. El jugador sacó una pelota de su guante y poniéndola en las manos del chiquillo le dijo: “Toma, para ti”.

En ese instante al padre del niño se le humedecieron los ojos al ver cómo su hijo sólo miraba a la pelota y a mi compañero con la boca abierta. Mi colega sintiéndose un poco extraño al ver la reacción de ambos cambió de actitud; el papá del niño rápidamente le explicó: “Perdónenos señor, por favor no vaya a pensar mal, lo que pasa es que mi hijo es un fiel admirador suyo y este año le pregunté qué quería que le regalaran para Navidad y me dijo que sólo quería que lo trajeran a un partido para verlo jugar a usted. Yo le dije que si veníamos a verlo jugar no iba a tener juguetes este año, pues no teníamos suficiente dinero para ambas cosas y él me dijo que no le importaba”.

En ese momento mi compañero se quedó mudo y sin saber qué decir, únicamente observaba al niño. “Las entradas para esta parte del estadio son muy caras para nosotros —siguió diciéndole el humilde señor— yo trabajo en el ayuntamiento de la ciudad recogiendo la basura en uno de los camiones y gano el sueldo mínimo; la semana pasada cuando vine a verlo fue porque un amigo que tengo trabaja aquí y me dejó entrar antes del juego para que pudiera verlo y pedirle que saludara a mi hijo cuando lo trajera, pero antes de que empezara el partido tuve que salir porque no tenía boleta”.

Cuando le pregunté a mi compañero si era cierto todo aquello que me habían contado, me relató la otra parte de la historia que me partió el alma. Esa misma noche mi compañero al volver a su casa no pudo dormir. “¿Cómo puede ser que un niño prefiera conocerme a tener un juguete nuevo en ¨Navidad?”, era lo único que pensaba.

Según la historia, el jugador con los datos que el padre le había dado investigó dónde vivían y varios días después, alrededor de la medianoche el padre del niño espantado abrió la puerta de su casa al escuchar los fuertes golpes de alguien que llamaba. El papá quedó estupefacto al ver un señor vestido de Santa que preguntaba por su hijo, el padre en medió del asombro fue a despertar a su niño.

Nos cuentan que el pequeño anonadado miraba al gran señor de barbas blancas, mientras que él le ponía en sus manos un guante con el nombre de mi compañero, un pequeño uniforme de jugar beisbol con su nombre y un camión de juguete, igual al que trabajaba su padre. Santa dirigiéndose al padre, quien estaba a punto de llorar, le dio una hoja de papel y le dijo: “Esto es para usted”, luego la carismática figura se dio la vuelta y salió corriendo hacia la esquina de la cuadra y entrando a un lujoso automóvil se perdió en la oscuridad.

“¿El que estaba vestido de Santa eras tú?”, le pregunte a mi compañero.

“Claro que no. Era un amigo mío, a quien le pagué para que lo hiciera”.

“¿Qué decía la carta que le dieron al padre del niño?”, pregunté lleno de curiosidad.

“¡Feliz navidad! de quien también los admira”.

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