Misterio sublime de ternura que no se puede describir en palabras y ante el cual solamente podemos postrarnos en adoración.
Navidad es el regalo del Padre dado en su Hijo. Navidad es vivir la limpieza de corazón que es tener la necesidad de los otros para ser felices. Navidad es encontrarte a Ti, Jesucristo, “perla preciosa” y despojarnos de nuestras baratijas que nos hacen perder la visión de la vida plena. Navidad es desechar el mercantilismo de estas fechas y edificar estructuras sociales justas.
No teman, fue la frase que los ángeles dijeron la noche santa a los pastores de Belén. Por eso, no debemos temer, a nada ni a nadie, puesto que la gran noticia, impregnada de alegría que nació el Salvador del mundo nos motiva a saber que la Navidad está dentro de cada uno. Y que es preciso el compromiso con la libertad, la dignidad, la rectitud para que nuestro corazón sea un pesebre donde renazca el Señor.
El Papa Benedicto XVI nos ha dicho: “Es verdad, falsos profetas siguen proponiendo una salvación «barata», que acaba siempre por provocar duras decepciones. Precisamente la historia de los últimos cincuenta años demuestra esta búsqueda de un Salvador «barato» y pone de manifiesto todas las desilusiones que se han derivado de ello. Nosotros, los cristianos, tenemos la tarea de difundir, con el testimonio de la vida, la verdad de la Navidad, que Cristo trae a todo hombre y mujer de buena voluntad. Al nacer en la pobreza del pesebre, Jesús viene para ofrecer a todos la única alegría y la única paz que pueden colmar las expectativas del espíritu humano”.
De nosotros depende si acogemos a Jesús, como Salvador y Redentor o, por el contrario, si continuamos esclavizados de personas, situaciones, ideologías y actitudes que solamente conducen a la desolación.
Adorable Jesucristo, sigue tocando nuestra puerta del alma y que podamos ser capaces de abrir los cerrojos del corazón. Que tengamos la valentía de aceptarte, para que, suceda lo que suceda, no nos soltemos de tu mano y caminemos conforme tu voluntad.
Dulcísimo Jesús que te renuevas en cada existencia, permítenos ser ánfora, para que tus sentimientos logren inundar los nuestros y sentir como tú, ver como tú, amar como tú.
Jesús, tú que naciste cuando la noche se hizo día, regala a nuestra oscuridad el resplandor de tu misericordia.
Ven Señor Jesucristo, Hijo del Dios Vivo, que te encarnaste en el vientre purísimo de María, por obra del Espíritu Santo. Ven Dios y Hombre, que naciste humildemente para enseñarnos que la verdadera grandeza consiste en despojarse del egoísmo y servir.
Con los Ángeles, proclamemos, Gloria a Dios en el Cielo y paz en la Tierra a los hombres de Buena Voluntad. Paz que es la tranquilidad del alma. Y esa tranquilidad del alma solamente puede darse cuando tenemos una escala de valores en donde Dios ocupe el primer lugar. De esta manera, el prójimo, templo del Espíritu Santo, adquiere su verdadera dimensión. Es la paz que hoy estamos urgidos y que debe ser fruto de la justicia. Y Jesús es el Príncipe de Paz. Es el regalo maravilloso que podemos aceptar en estos días y lograr que Jesús viva y reine en nosotros.