Uno de los aspectos más inquietantes en el boxeo es el debate sobre su futuro. Y más que debate, se trata de nuestra obstinada búsqueda de figuras que simbolicen un deporte, asediado por interminables polémicas bajo un clima casi apocalíptico.
Ocurre cada vez que una estrella entra en su ocaso y no se ve en perspectiva su relevo. Cuando Muhammad Ali ya no pudo volar como una mariposa y picar como una abeja, emergió Larry Holmes, pero jamás nos pareció adecuado para sustituirlo.
Tampoco Terry Norris nos lució el sucesor apropiado para Sugar Ray Leonard, a quien propinó una paliza similar a la que ejecutó Manny Pacquiao ante Oscar De la Hoya, gracias a su boxeo sin mayor decoración, pero coherente y fuerte.
No es fácil reemplazar a De la Hoya. Ha sido un boxeador sin par. No sólo por su éxito sobre el ring, sino más allá de los entarimados. Oscar se fajó con los mejores de su época y a la vez, ha resultado un brillante empresario, tras rodearse de la gente correcta.
Pero después de ser empequeñecido por Pacquiao, quien lo vapuleó hasta volverlo una mediocridad andante, no hay dudas de que De la Hoya no tiene más que hacer sobre la tarima brava. Tiene que irse. Ha llegado el momento de Pacquiao. Es la figura.
Oscar fue un gran boxeador, pero su carisma y don de gentes lo ayudaron incluso a ser rentable en estos días de preparación inconsistente y exhibiciones discretas. Pacquiao, en cambio, es un peleador nato. Un fajador, sin otra ayuda que sus puños y su corazón.
Pero con el éxito del filipino ha ganado el boxeo. Ahora se ha abierto un abanico de posibilidades que podrían permitirle a Manny terminar de consolidarse en la cima y quizá hasta terminar de construirse como leyenda.
Pacquiao ante Floyd Mayweather, Antonio Margarito, Juan Manuel Márquez, Miguel Cotto y, por supuesto, Ricky Hatton, el primero en la fila, garantizan el espectáculo.