Del temor a envejecer pasé al temor de la muerte.
De todo lo que gané en la vida
pasé al miedo incontrolable de perderlo todo.
A esta edad los arrepentimientos son pesadillas y fantasmas,
que llegan a la memoria y empeoran las noches, acosan y castigan.
Son una casa encendida con cuartos de memorias clausuradas
que se apagan y se vuelven a encender uno por uno,
con grandes zonas de tinieblas avanzando incontrolables.
Yo quise ser lo que fui
y no sé si es muy tarde para ser lo que quiero ser.
Siempre me persigue la llama para que arda,
para que en mi vuelo me crezcan plumas blancas en el cuello y la espalda
y el sol me calcine y me derribe,
para que la poesía me extraiga la virtud
y me arroje íngrimo al desierto humano.
Pero ahora mi miedo animal es a la muerte,
a que ya no existan mi desesperación y mi abandono,
a que lo natural sea que mi yo sea mi nada
y me crezcan las uñas y el pelo en la soledad de la tierra
y mi cuerpo vuelva a ser un puñado de polvo;
miedo a que las agallas y locuras marchitas de mi vida
estén en ese puñado de polvo
y nadie las perciba en ese paisaje de la naturaleza de los pájaros,
o en los labios pálidos de una mujer indefensa.