“En verdad, la lepra que desfigura realmente al hombre y a la sociedad es el pecado; son el orgullo y el egoísmo los que engendran en el corazón humano indiferencia, odio y violencia. Esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad, nadie puede curarla sino Dios, que es amor. Abriendo el corazón a Dios, la persona que se convierte es curada interiormente del mal”.
(Benedicto XVI)
Con motivo de las elecciones municipales pudimos apreciar muchos rostros desfigurados por el odio y la violencia, el dolor y las lágrimas. Una vez más el rostro del hombre y de la sociedad nicaragüense se ha mostrado ante los ojos del mundo sumamente desmejorado y trágico, leproso.
Sí, porque la lepra que desfigura al hombre y la sociedad nicaragüense es el pecado, que no es sino darle la espalda al amor, a Dios que es amor y al prójimo a quien estamos llamados a amar.
Lamentablemente aquí vivimos un somocismo sin Somoza y un sandinismo sin Sandino, pero más triste es todavía que vivamos, como ocurre en determinados ambientes y sectores, un cristianismo sin Cristo, que se traduce en la práctica política en una verdadera y asquerosa falsedad generadora de injusticias. Políticamente Nicaragua se encuentra en pecado mortal, gravemente enferma en el aspecto moral.
Se viene perdiendo el sentido de la justicia, y cuando este sentido se pierde…, ¡se pierde el sentido de todo! La injusticia comienza negando el derecho legítimo de los demás y termina queriendo imponer la fuerza bruta sobre la razón.
El orgullo y el egoísmo provocan la indiferencia, el odio y la violencia, entonces nada importa la sangre derramada, el maltrato, la ofensa, ni el engaño, el robo, que el pueblo se muera de hambre…, nada importa, nada, con tal de conseguir lo que se quiere, así se pase por encima de todo y de todos.
Esta mentalidad no es cristiana, pues resulta irrespetuosa, arbitraria y peligrosa, atenta sobre los derechos humanos, muy cruel en sus efectos. Le falta el freno de la recta razón y del amor verdadero.
La lepra moral sólo Dios puede curarla. Pero se necesita gritar como los diez leprosos: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de nosotros!”.
Que el Adviento sirva de oportunidad para convertirnos sinceramente, pues, sólo cambiando de corazón, cambiaremos de situación.