Francisco Flores, Alfredo Cristiani y Antonio Saca, tres de los últimos presidentes que ha tenido El Salvador. Todos de Arena, el partido que se reinventa cada cinco años. (LA PRENSA/Cortesía Diario El Mundo)

Los reinventos como clave del poder

Arena es el partido oficial salvadoreño que lleva cuatro períodos consecutivos en el poder. Reherrar hombres, líderes e ideas, cada quinquenio, es lo que le ha permitido su larga vida en el Gobierno. Su problema, sin embargo, es que esta vez el FMLN, el partido de izquierda formado por la antigua guerrilla, también decidió reinventarse […]

  • Arena es el partido oficial salvadoreño que lleva cuatro períodos consecutivos en el poder. Reherrar hombres, líderes e ideas, cada quinquenio, es lo que le ha permitido su larga vida en el Gobierno. Su problema, sin embargo, es que esta vez el FMLN, el partido de izquierda formado por la antigua guerrilla, también decidió reinventarse

Una calurosa y húmeda tarde de Washington, Francisco Flores, el ex gobernante salvadoreño, esperaba su turno, en el hotel Ritz, para despedirse, como mandatario, de George Bush, su mejor aliado en política exterior.

Flores visitaría, al día siguiente, la Casa Blanca y la diplomacia estadounidense poseía informes optimistas porque, en El Salvador, Elías Antonio Saca se disponía a sucederlo luego de una amplia victoria electoral del partido Arena sobre el principal líder de la izquierda salvadoreña.

Flores tenía su alma en reposo en un lujoso despacho construido con finas y brillantes caobas cuando, para introducir una plática informal, le pregunté cuál era la clave que le había permitido a Arena conseguir su cuarto período consecutivo.

“El secreto, respondió, es reinventarse. Yo fui una reinvención de Arena. Tony Saca es otra reinvención de Arena”.

Aquellos días de finales de mayo del 2004, tanto Flores como Saca tenían mucho que celebrar: el gobernante saliente había atendido razones para empujar la candidatura de Saca, en momentos en que era un hombre prácticamente desconocido en la política, aunque con una imagen lustrada por la radio y televisión por su papel de periodista.

Flores entregó todos los apoyos de su partido para convertir a Saca en el candidato oficial, aunque fue muy pocos meses antes de las elecciones del 2004 que se convenció que sería el candidato ideal.

No era Saca a quien Flores quería que le sucediera. Todavía pocos días antes de declarar su apoyo a su candidatura y mover las estructuras de Arena para que lo postularan, el ex gobernante trataba de convencer al empresario cervecero Roberto Murray Meza que se convirtiera en el nuevo jinete de la gran política de su partido.

Murray no aceptó la oferta de Flores aunque algunos creían que si llegaba a postular su nombre, se cometería un error: muchos electores podrían creer que se trataba del candidato de los ricos salvadoreños en un país con serios problemas económicos y sociales.

La decisión de Flores le permitió a Arena, de la mano de un cada vez más potente y carismático Saca, vapulear a Shafick Handal, el máximo líder histórico del FMLN, un partido nacido de la antigua guerrilla, convertido, desde mucho tiempo atrás, en la principal fuerza opositora salvadoreña.

Si usted se pregunta y quiere encontrar respuestas al hecho de que, en El Salvador, un partido logre gobernar veinte años continuos, y aspire a hacerlo de nuevo, aunque esta vez con más escollos, hay que usar las palabras de Flores: el secreto de Arena está en reinventar hombres e ideas cada cinco años.

La Alianza Republicana Nacionalista (Arena) no se diferencia, en mucho, de otras agrupaciones latinoamericanas: políticos que, sin serlo, llegan a la política movidos por las razones de la historia, intensas luchas por cuotas de poder no reveladas del todo, compromisos con grupos económicos y hasta una larga lista de promesas no cumplidas.

Pero, cada vez que se acercan las elecciones presidenciales en El Salvador, pareciera que los principales dirigentes leen, adecuadamente, los signos en el horizonte, y transforman ese conocimiento en reinvención de las ideas y los hombres.

Una vez hecha la lectura y aprendido el conocimiento, crean las estrategias electorales, las cumplen al pie de la letra como pilotos salidos de la mejor academia de aviación y, finalmente, acaban convenciendo a los electores que, de cara a lo que tienen de frente, siempre serán la mejor elección. En los últimos veinte años, eso les ha funcionado eficazmente.

Pero, existen otras claves de éxito para los areneros salvadoreños. Para empezar, cada cinco años los personajes y dirigentes que más influyen en la escogencia presidencial, cambian.

Por supuesto, aunque se han realizado dos elecciones primarias en los últimos diez años para legitimar el método de escogencia del candidato, lo cierto es que la figura del presidente saliente, normalmente en control también del partido, es indispensable para la selección final.

Pero, los equipos humanos, las principales dirigencias, las estrategias electorales, los hombres que acaban rodeando el candidato, son diferentes cada quinquenio, aunque quienes financian la campaña política acaban siendo los mismos.

Eso le ha permitido al partido Arena no estar manejado por viejos caudillos, como en otras naciones latinoamericanas con partidos políticos de larga vida.

Quizá el único que pudo convertirse en caudillo fue el fundador de Arena, Roberto Dabuisson, un ex capitán del ejército que murió de cáncer en la garganta por tanto humo de cigarrillo que le metió al cuerpo.

Dabuisson fundó Arena, en 1981 de la misma forma que nacen los partidos políticos más influyentes de la historia de América Latina: como reacción a una crisis que desgaja la historia.

Una creciente guerrilla de inspiración castrista alentaba por la victoria de los sandinistas en Nicaragua, un gobierno demócrata cristiano que aplicó viejas recetas estatizantes (control del libre comercio, de divisas, nacionalización bancaria, expropiación de tierras, etc), un decaimiento de los viejos partidos fundados por antiguos militares, fueron algunas de las razones que llevaron a Dabuisson a crear Arena con apoyos cada vez más crecientes.

Dabuisson llegó a tener todo el poder dentro de Arena. Pero, en las elecciones de 1989 hizo su primera gran renuncia como posible caudillo al ceder la postulación presidencial a Alfredo Cristiani, un empresario casi desconocido pero con un fuerte liderazgo entre los grupos de mayor poder salvadoreños.

Cristiani se encontró una guerra cada vez más violenta que dejaba tendidos a millares de salvadoreños. Ganó las elecciones con un sorprendente resultado y, a pesar de la dura reacción de grupos conservadores, empeñados en que el Ejército venciera a la guerrilla, con la ayuda de Estados Unidos, se dedicó a negociar la paz.

La lectura de los acontecimientos que hizo Cristiani era la correcta. La gente quería vivir en paz .La caída del Muro de Berlín, la victoria de Violeta Chamorro en Nicaragua y el fin de la guerra fría contribuyeron para que Cristiani, el primer gobernante de Arena, consiguiera la paz acordada más exitosa que conoce el mundo: los militares volvieron a sus cuarteles, se apartaron de la política y los líderes guerrilleros se pusieron saco y corbata y se convirtieron en partido político.

Cristiani representó, con su gobierno, un nuevo desarrollo de la clase política salvadoreña en un país acostumbrado a los golpes de estado y a la decisiva influencia de los militares: empresarios se vieron obligados a convertirse en políticos en un país donde, históricamente, los hombres de las armas designaban sus papeles.

El ex gobernante se rodeó de buenos tecnócratas, sembró la semilla de la reconstrucción en un país que mostraba casi 100 mil muertos y una economía destruida. La paz le produjo suficientes réditos a Arena como para ganar una segunda elección presidencial.

El continuismo también lo resorteó el hecho de que Cristiani acabó su gobierno como el hombre más popular de El Salvador, sumado a una desarticulada oposición que, por su extremismo de izquierda, causaba suficientes temores entre los pobladores como para vencerlos con alguna facilidad.

Si Cristiani salió de la nada y cumplió los sueños de paz de los salvadoreños, su sustituto, el abogado Armando Calderón Sol, irrumpió, después de desempeñarse como alcalde de San Salvador, impulsado por su propia ambición y grupos de poder diferentes a los que decidieron el primer gane de Arena.

Un hombre nuevo y conocido, colaboradores nuevos, estrategias nuevas, propósitos nuevos y hasta un nuevo grupo de empresarios iniciados en la política, selló el triunfo de Calderón Sol y el segundo gobierno de Arena en 1994.

La candidatura de Calderón no fue sorpresa: había caminado mucho tiempo al lado del desaparecido Dabuisson, quien falleció en febrero de 1992, a los 48 años. Además, Calderón era un abogado con más colmillo político que otros.

Aunque no existió un apoyo unánime a la candidatura de Calderón Sol porque, dentro de su partido, unos dejaban atrás sus influencias y otros las ganaban por cinco años, el silencio cubrió cualquier desacuerdo.

Los líderes de Arena siempre tuvieron claro que el enemigo, en pensamiento y acción, era un FMLN que, al igual que ellos, apenas aprendían el oficio de político que deben hacer lo suyo dentro de un sistema y una democracia.

Calderón acabó con un aplaudido gobierno de reconstrucción de El Salvador. Ordenó las finanzas públicas, elevó algunos impuestos, mejoró la recaudación fiscal, pidió prestado afuera, y obtuvo el suficiente dinero como para heredarle, a los salvadoreños, un gobierno de buenas obras.

Por primera vez, los capitalinos vieron cómo aparecían pasos vehiculares a desnivel por sus principales calles, surgieron nuevas carreteras por todo el país, la economía y las exportaciones mejoraron, y no existían razones para que los salvadoreños pensaran que las cosas andaban mal.

Además, Calderón hizo un gobierno de muchos entendimientos con los líderes de la oposición de izquierda que contribuyeron a vigorizar una democracia centroamericana que daba sus primeros pasos, aunque sí aparecieron los primeros rastros de que algunos empresarios habían tomado al Estado como portaviones para privilegiar sus negocios.

Bajo ese clima, apareció el reto de escoger un nuevo candidato presidencial para las elecciones de 1997.

Para esa época, el nerviosismo frente a un posible crecimiento del FMLN y un eventual desgaste de Arena crecía. Los estudios mostraban que el voto educado y del área metropolitana crecía en beneficio de la vieja guerrilla. Prueba de eso es que en las elecciones de 1999, el FMLN acabó ganando la Alcaldía de San Salvador y no la ha vuelto a perder desde entonces.

Frente a los números, Arena comenzó a buscar candidato presidencial. Todo anunciaba, tal y como ocurrió, que el ex gobernante Alfredo Cristiani quería disputarle, a Armando Calderón, no sólo el control del partido Arena sino también la escogencia final del candidato.

Cristiani, quien seguía liderando las encuestas como el hombre más popular de El Salvador quería colocar a su viejo amigo y su ex canciller, Oscar Santamaría, como postulante presidencial.

Temeroso de que Cristiani le ganara la partida, Calderón Sol movió antes una suerte de ficha falsa en el tablero: tomó a Francisco Flores, un diputado y ex funcionario poco conocido aunque con mucho talento y buena articulación y dijo: “Éste es el candidato”.

Las verdaderas intenciones de Calderón eran mover primero, frenar a Cristiani y tomarse su tiempo mientras seleccionaba a su candidato ideal y “verdadero”, en medio de varios nombres de su gusto.

Pero, ante la sorpresa del propio Calderón y Cristiani y de muchísimos dirigentes, Flores se tomó su papel en serio, desafió a los poderes de su partido, ganó los apoyos necesarios dentro de los grupos económicos más poderosos de El Salvador y evitó todas las guerras juntas que se le plantearon para evitar que algo que comenzó como un juego político, se transformara en una aventura presidencial real.

La estrategia y los movimientos políticos de Flores fueron geniales. Comenzó a pedir apoyos casi en la clandestinidad. Luego escapó del temporal y, cuando escampó, no hubo fuerza alguna capaz de detenerlo. Él mismo se convirtió en un poder propio desafiando todas las fuerzas políticas históricas de Arena.

Una vez que consolidó su candidatura, Flores siguió la misma receta; él era un hombre nuevo casi desconocido y con sólo 38 años y llamó, a su lado, a nuevos colaboradores tecnócratas venidos de su generación y estudiados en universidades extranjeras. Mientras, él tomaba el control de su partido y arreglaba su propio camino frente a los poderes económicos y políticos.

Flores ganó la elección ayudado, en alguna medida, por la profunda crisis interna del FMLN donde “renovadores”, o antiguos comandantes guerrilleros que había moderado su pensamiento, se enfrentaban, cuerpo a cuerpo, con los “ortodoxos” o viejos militantes del Partido Comunista que comandaba Shafick Handal.

Su opositor, Facundo Guardado, fue por accidente el candidato presidencial del FMLN. Pero, Handal le escondió y negó, cuando más lo necesitaba, sus apoyos electorales. Flores ganó con facilidad.

Refinado en su estilo, con un sobresaliente nivel cultural, amigo cercano de George Bush, Flores acabó los procesos de privatización de bienes estatales, siguió el Consenso de Washington, saneó la macroeconomía, promovió un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, y puso a su país en los escenarios mundiales. Después de altos y bajos, sobre todo por los problemas de la seguridad, acabó bien su gobierno.

Si Flores, como lo dice, fue una “reinvención” de Arena, cuando se trató de escoger al nuevo candidato presidencial de ese partido, sin duda que se seleccionó a un personaje que casi estaba en el sótano de la lista de preferencias de empresarios y los hombres más influyentes de su partido.

Se trataba de Elías Antonio Saca, un comentarista de deportes de la principal cadena de televisión de El Salvador que fundó un imperio radial compuesto por más de diez radioemisoras y que, a pulso personal, era, en ese entonces, el presidente de la principal organización empresarial de El Salvador.

Como un hombre popular y de pocos rechazos pegados a su cuerpo, hábil comunicador y un verdadero iniciado en la política, Saca fue el candidato promovido, ante Flores, por algunos de los principales dueños de medios de comunicación de El Salvador. Después de algunas batallas internas, porque se desconfiaba en él, Saca obtuvo el apoyo presidencial y acabó venciendo, en las primarias de Arena, al ex presidente Armando Calderón y al vicepresidente Carlos Quintanilla.

Pero, Saca no tuvo un trabajo electoral fácil: debía enfrentarse, en las elecciones del 2004, a Shafick Handal, el líder más importante de la izquierda salvadoreña quien, para ese entonces, había ganado una cruenta batalla dentro de su propio partido, a punta de purgas de opositores. Así llegó a ser el amo y señor de una agrupación donde no dejó detractores con su piel entera. El radicalismo había triunfado bajo la guía de un hombre que, hasta su muerte, jamás negó ser comunista.

Otro problema para Saca era el desgaste que sufría su partido después de tres gobiernos consecutivos. Eso lo obligaba a elevar demasiado las esperanzas de los electores para vencer al FMLN. Y lo hizo con pertinaz talento y carisma.

Pero, el triunfo de los duros comandados por Handal dentro de su partido era, a la vez, su principal debilidad: el radicalismo que gobernaba el FMLN provocaba susto entre los electores. Eso lo aprovechó Saca, sus hombres, y los medios de comunicación que jamás lo abandonaron en esa lucha contra la izquierda, para polarizar el clima electoral y lograr que saliera a votar, contra Handal, más gente que lo que se esperaba.

Saca logró la más abultada victoria que se recuerde contra la izquierda en la historia salvadoreña. Y, tan pronto tomó el poder, y aún desde antes, corrió a su partido desde la derecha hacia posiciones de centro, y levantó banderas de verdaderas reivindicaciones sociales.

Para encontrar el dinero necesario para lograr sus propósitos, planteó una fuerte reforma fiscal, tocó patrimonios de banqueros y grupos económicos que nadie arañaba y así comenzó la marcha de un gobierno apoyado en la popularidad de Saca. Pero, de nuevo, y sin caudillismos, Saca representó el perfil de un hombre diferente, sin mucho vicio político, que llevó a su propia gente y tomó, rápidamente, el liderazgo del partido Arena. Pero, también significó ideas frescas y hasta un claro alejamiento de caminos económicos que, pocos años antes, había adoptado Francisco Flores. Un ejemplo de eso es que derrumbó la política de cero subsidios de Flores y los llevó a más de $435 millones anuales para que la clase media y baja combata la crisis del petróleo y alimentaria.

Cuando a Saca le quedan pocos meses de gobierno, Arena intenta seguir el mismo camino: un candidato joven y nuevo, un giro en las ideas para lograr una mayor profundización de los temas sociales, equipos y estrategias nuevas. En fin, más reinvención que se ajuste a los tiempos. El problema esta vez, para Arena, es que el FMLN también decidió reinventarse: colocó como candidato a un afamado periodista que no huele a pólvora y causa menos miedo que los comandantes y sigue abusadas estrategias nunca vistas en el pasado de ese partido.

(*)Periodista costarricense residente en El Salvador.

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