La cultura no se limita exclusivamente al mundo de los conocimientos académicos, ni lo que está contenido en libros
Tradicionalmente atribuimos la codiciada categoría de “persona culta” a las que, además de haber cursado una carrera superior, dedican la mayor parte de su tiempo a la lectura, quienes están al día del acontecer mundial o se desenvuelven con soltura en las distintas disciplinas de las ciencias, la historia y las artes.
No es fácil, por tanto, ser una persona culta. Pero, ¿no hay otras acepciones para este término de cultura? Maslow, científico de la psicología y experto en la investigación de las conductas humanas, describió las necesidades de las personas y las clasificó en “básicas” y de “crecimiento”.
Dentro de las necesidades básicas (las que hemos de satisfacer para poder aspirar a un mínimo desarrollo como seres humanos), situaba la de ser personas cultas. Pero no especificaba qué nivel de cultura es el que consideraba básico. En términos abstractos, puede decirse que el desarrollo cultural de las personas se concreta en la adaptación inteligente al medio en que viven, para poder así interpretarlo y transformarlo según sus necesidades y deseos. Pero es éste es un proceso que no puede producirse individualmente. Para participar en este proceso cada persona ha de saber comunicarse, y poseer los códigos necesarios para interpretar el pensamiento, las vivencias y los “descubrimientos” de los demás.
Por eso, hemos de aprender y perfeccionar continuamente esos lenguajes, mediante la lectura, la conversación, la interpretación de las bellas artes, de las imágenes audiovisuales, del uso correcto del internet.
Sin duda, hay mucho de cierto en el rotundo aserto popular de que “la mejor universidad es la propia vida”. Pero sabemos que no es suficiente. Si bien la vida nos permite acumular experiencias y conocimientos insustituibles, nuestro objetivo de una existencia equilibrada y plena nos exige acercarnos a vidas ajenas y distintas a la nuestra, a otros contextos culturales, económicos y geográficos. Cuando extraemos lo positivo de nuestras vivencias, cuando nos interesamos por cómo disfrutan o padecen los demás, nos situamos ante el mundo de una forma más abierta y receptiva, que nos permitirá sacar más rendimiento a nuestra vida. Nos permitirá, además, una percepción del mundo más rica y más personal. Y nos convertirá en individuos más libres, menos manipulables y menos atados a prejuicios, tópicos o supersticiones. Todo ello, sin olvidar que nos abre un infinito abanico de posibilidades para cubrir a plena satisfacción nuestro tiempo libre.