- Constructores latinos llevan el boom de los condominios mayamenses al sur
El desarrollador argentino Diego Lowestein está convencido de que su negocio se mantiene boyante en épocas de crisis gracias a su filosofía de considerar que, incluso en la industria de la construcción, nada está escrito en concreto.
Este pensamiento ha sido especialmente útil en los últimos tres años, desde que el mercado de bienes raíces aterrizó de nariz en Estados Unidos, prácticamente paralizando la industria, y Lowestein y su grupo Lionstone, de Miami, decidieron diversificar sus mercados, mudando inversiones a América Latina.
Lowestein se suma así al creciente número de constructores que están llevando el boom de real estate del sur de Florida —ahora en silla de ruedas— de vuelta a sus raíces latinas con desarrollos de condominios, villas, hoteles y otras propiedades en los mercados “A” de Latinoamérica.
Aunque es difícil cuantificar el monto de la inversión total, porque los propios constructores prefieren guardar discreción, consultores y otras fuentes de la industria calculan el valor de los nuevos desarrollos en más de US$5,000 millones.
Si bien la decisión de volcarse al mercado latinoamericano fue una movida estratégica en respuesta a la desaceleración de la construcción local, Lowestein asegura que el crecimiento de la industria en la región puede sustentar varios años de buen negocio para su empresa.
“Hay un mercado sumamente interesante por diversos factores, como facilidad del crédito local, crecimiento del poder adquisitivo, etcétera, en plazas como México, Brasil, y Centroamérica, y definitivamente vemos una gran oportunidad de crecimiento allí”, afirma el empresario.
OJOS SOBRE COSTA RICA Y PANAMÁ
Su más reciente desarrollo en Costa Rica incluye un enclave en la península de Papagayo con casas familiares que alcanzan los US$20 millones cada una.
Lionstone muestra como carta de presentación a sus potenciales clientes su experiencia con proyectos top, como la reconstrucción de uno de los hoteles más lujoso de la zona, el Ritz Carlton de South Beach, originalmente diseñado por Morris Lapidus en 1953. “Nosotros estamos de lleno en el negocio de propiedades de lujo porque sabemos lo que buscan nuestros clientes”, dice el ejecutivo.
Ahora bien, el crecimiento al que se refiere Lowestein es, tal vez, una descripción cautelosa de la situación. En realidad, sus propiedades y las de otros se venden como pan caliente, lo cual atrae a los constructores como abejas a un panal.
Otro desarrollador que ha puesto el ojo en la región después del derrumbe de la construcción en Estados Unidos es Jack Parker Corp. de Florida, cuyo más reciente proyecto en Playa del Coco, Costa Rica, valorado en US$100 millones, ya se vendió en un 50 por ciento tras haber salido a la venta apenas hace unos meses.
Según Kerry Trowbridge, vicepresidenta senior de operaciones de Jack Parker, un factor clave en el éxito de esta operación es que el inversionista obtiene más por menos. Mientras que en Miami, por ejemplo, el pie cuadrado con vista al mar cuesta unos US$1,000, en Panamá o Costa Rica se puede conseguir por la mitad de ese precio. Por eso, no es de extrañar que más de un 50 por ciento de los compradores de propiedades de lujo en América Latina sean estadounidenses que solían invertir en el sur de la Florida. El resto son residentes locales y europeos.
“El mercado estadounidense no los convence, pese a tener verdaderas gangas, e invierten en nuestros proyectos”, dice Trowbridge, quien nota además que este mercado se mueve más fluidamente, debido a que la mayoría de las transacciones son al contado a la luz de las restricciones del crédito en EE.UU.
De hecho, el billete verde es otro factor importante en el boom de los “condos” en Latinoamérica. El debilitamiento del dólar está animando a canadienses y europeos a invertir en desarrollos de lujo y semilujo al sur del Río Grande. En algunos casos, como el de la libra esterlina, la tasa de cambio se ha duplicado.
Esto mantiene la proporción de compradores europeos en un 30 a 40 por ciento del total de los clientes de Prodigy International, una firma de real estate que maneja desde Miami y Nueva York el empresario colombiano Rodrigo Niño.
Prodigy, que tiene una cartera valorada en US$8,000 millones en la región, diversificó drásticamente su portafolio de propiedades, pasando de 50 a 75 por ciento en América Latina en los últimos dos años, y conservando sólo un 25 por ciento en Estados Unidos.
“Fue una decisión estratégica para capear el temporal aquí, que nos ha funcionado muy bien”, afirma Niño, quien también ha diversificado su modus operandi y se pasa la mitad del tiempo en sus oficinas de Miami y el resto en las recién inauguradas oficinas de Nueva York. Algunos de los proyectos más populares de Prodigy, que ya están vendidos en su totalidad, incluyen los condominios de lujo Mareazul en la Riviera Maya, y Sol del Este y Destiny en Panamá.
TAMBIÉN SOBRE MÉXICO
Otros grandes nombres de la construcción en el sur de la Florida también están siguiendo los pasos de estos pioneros: Jorge Pérez, de Related Group, y Edgardo de Fortuna, de Fortune International Realty, están apostando fuerte a la costa pacífica mexicana y otros lugares de la región.
Los 266 apartamentos de lujo de la primera y segunda fase de Icon Vallarta ya se vendieron y los compradores se pelean la tercera fase de apenas 75 apartamentos, de acuerdo con De Fortuna, quien asegura que América Latina es “un gran lugar para estar presente en este momento”.
Pero este mercado no es para todos. Hay ciertas condiciones que se deben cumplir para tener éxito, de acuerdo con los analistas. La más importante es contar con socios locales y saber cómo moverse en estos mercados, en lo cual los desarrolladores latinos tienen ventaja, de acuerdo con Rogerio Basso, analista de bienes raíces de Ernst & Young en Miami. “Tan sólo conseguir los permisos es tan largo y enredado en América Latina que necesitas estar en tu elemento y tener una red de conocidos”, afirma.
Basso también pone en duda la capacidad del modelo de mercadear estas propiedades a inversionistas estadounidenses o compradores de segundos hogares tras la crisis de bienes raíces en Estados Unidos. “Muchos todavía tienen exceso de inventario, problemas de flujo y poco acceso a financiamiento”, afirma.