- Este ex revolucionario adora a Fidel Castro, añora al Ché y proclama cambios sociales, a la vez que conduce lujosos vehículos, maneja millonarios fondos de la cooperación venezolana y, según algunos detractores, se mantiene aislado de la realidad y con miedo a ser pobre. Así es Daniel Ortega y su idea de un nuevo socialismo revolucionario
Aquella tarde Daniel Ortega manejaba a 100 kilómetros por hora su camioneta Mercedes Benz. A su lado, Hugo Chávez, con su camisa roja que lleva como hábito religioso, le pedía que le contara historias de la revolución, mientras la primera dama Rosario Murillo, desde el asiento trasero, servía café o cambiaba la música de la lujosa camioneta. Regresaban de poner la primera piedra de un proyecto de refinería que se construirá, según los planes de ambos líderes, en el occidente del país para terminar con los problemas energéticos.
La conversación era amena, un “ejercicio dialéctico” que entretenía a ambos mandatarios y que terminó con una idea que los líderes calificaron de estupenda. Crearían, según esa idea, las “empresas grannacionales”, organizaciones con contenido ideológico, manejadas por los “gobiernos y de los pueblos”, de propiedad social, y alejadas de los monopolios transnacionales. Así, en plena carretera, nació un nuevo proyecto que potenciaría la revolución socialista comandada por Chávez y escudada por Ortega, como los célebres personajes de El Quijote.
Chávez ha bautizado su modelo de gobierno como una “democracia revolucionaria” que allana el camino para alcanzar el “Socialismo del siglo XXI”, concepto ideado por el sociólogo alemán Heinz Dieterich Steffan, que es asesor gubernamental del mandatario venezolano. Un socialismo “que se basa en la solidaridad, en la fraternidad, en el amor, en la libertad y en la igualdad”, según lo calificó el mismo Chávez en 2006.
Un concepto difuso que confunde a analistas e ideológicos —“nadie lo ha definido, no sé qué quieren dar a entender con eso”, dice el sociólogo Óscar René Vargas— pero que el presidente Ortega parece comprender a plenitud y que ha adoptado como una aspiración dentro de lo que él mismo calificó el 19 de julio pasado —después de escuchar aquella anécdota del viaje en el Mercedes, contada minutos antes por Chávez— como su “nuevo modelo” de gobierno: “Un modelo con justicia, con equidad… que nos ayude realmente a que todos los nicaragüenses podamos progresar, que todos los nicaragüenses podamos beneficiarnos de la riqueza”.
Ortega hacía referencia a la definición primaria de la ideología socialista, que establece la propiedad y el control social y democrático de los sistemas de producción para el beneficio económico de toda la sociedad. Ese control llevaría a una repartición igualitaria de la riqueza, a la desaparición de las diferencias sociales, a la ampliación de la democracia con la participación de todos los estratos sociales y a la garantía de derechos fundamentales (libertad, trabajo, salud, educación, igualdad ante la ley, participación en las gestiones estatales). Un sistema al que la Nicaragua actual está lejos de parecerse, en opinión de expertos y políticos consultados.
El Informe de Desarrollo Humano 2007-2008, preparado por Naciones Unidas, pinta un panorama desalentador para Nicaragua. Según este estudio, el país está en el puesto 110 de desarrollo, de un total de 117 naciones. En pobreza, en la región Nicaragua sólo es superada por Guatemala (puesto 118) y Honduras (puesto 115).
Los números rojos son la realidad nicaragüense. La tasa de analfabetismo afecta al 23.3 por ciento de la población mayor de 15 años, el 10 por ciento de los niños menores de cinco años tiene un peso inferior a la media para su edad, el 79.9 por ciento de la población vive con dos dólares al día, el 27 por ciento de los nicaragüenses está desnutrido. El gasto en educación representó en 2005 apenas un 3.1 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), que según cálculos del Banco Central para este 2008 se calcula en 120 mil millones de córdobas. Y la fresa sobre esta torta es el crecimiento acelerado de la inflación (aumento de los precios de bienes y servicios), que según cálculos de Óscar René Vargas cerrará el año a un 25 por ciento.
“En la actualidad, el sistema socialista es el que combina la democracia liberal o representativa, el mercado, con un fuerte esfuerzo desde la política y el Estado para asegurar que la prosperidad económica sea compartida por toda la población”, dice Edmundo Jarquín, coordinador político del Movimiento Renovador Sandinista (MRS) y ex funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Jarquín afirma que “nada” de la Administración actual indica un camino hacia el socialismo, sino más bien a “cierto capitalismo de Estado”, porque es una Administración “estatista a ultranza, pero no por concepción socioeconómica, sino porque como él (Ortega) controla el Estado, entre más tenga el Estado, más poder tiene él”, afirma el político en entrevista por correo electrónico.
“No creo que el Gobierno quiera ir al socialismo”, dice Óscar René Vargas, “para eso debe solucionar los problemas de distribución de ingresos, impulsar una política para hacer de los recursos del país un factor de desarrollo, crear una política agraria que garantice seguridad alimentaria, garantizando crédito, tecnificación, reforma agraria”, explica el experto. Vargas dice que en el 2007 el país gastó 300 millones de dólares en importación de alimentos para solucionar el déficit nacional.
El Gobierno intenta hacer frente a este problema y aplacar un poco el descontento social que marcan las encuestas —un sondeo de M&R Consultores, publicado en mayo pasado, mostraba que el 77% de los encuestados piensa que el Presidente no ha cumplido con sus promesas de reducción del hambre y del desempleo— con programas como Hambre Cero, que beneficiaría a 75 mil familias de las zonas más pobres del país, al entregarles un Bono Productivo Alimentario con un costo de dos mil dólares y que consiste en una vaca, una cerda, cuatro aves de corral y materiales para la construcción de porquerizas y potreros. Se calcula que hasta ahora este programa ha beneficiado a unas 20 mil familias.
“No es una solución, no es un cambio de modelo. Para eso es necesario un banco de fomento a la producción”, dice Vargas.
El analista Mauricio Díaz explica que los programas gubernamentales como Hambre Cero, Usura Cero, Calles y Casas para el Pueblo, son una estrategia del Gobierno para ampliar su caudal electoral de cara a las elecciones municipales de noviembre, que podrían ser una suerte de referéndum que legitime su Administración. “Ortega crea su propia base social con estos proyectos”, afirma Díaz.
Gustavo Coronel es un analista político venezolano y ex directivo de Petróleos de Venezuela (PDVSA), el gigante venezolano que financia la política exterior del presidente Hugo Chávez. En una entrevista concedida a Domingo en febrero, Coronel describía la nueva jerarquía política que se ha desarrollado en el país suramericano desde que Chávez llegó al poder: la boliburguesía.
“Es una combinación de burgués con bolivariano. Gente que anda en Hummers, que anda vestida de Ermenegildo Zegna, Rolex en la muñeca, con casas de veraneo no en Cuba, sino en Florida, en Colorado, en los grandes sitios del imperio. Hay una gran perversión de lo que en sus inicios se llamó una revolución para los pobres, que se ha convertido en una fuente de enriquecimiento atroz para la nueva clase dominante”, explicó Coronel.
Los analistas consultados para este reportaje encuentran similitudes en el modelo de socialismo que desarrolla el presidente Ortega, una copia dicen, del modelo de Chávez. El discurso oficial ensalza a los pobres del mundo, critica las diferencias sociales, el capital, “la oligarquía”, divide a la sociedad entre ricos y pobres y demuestra un odio visceral contra los países desarrollados, a los que el presidente Ortega califica como “neocolonialistas”, tal y como lo hizo el 21 de junio pasado en un acto en Masaya, donde llamó “moscas que se paran en la inmundicia” a la comunidad donante, que otorga al país 500 millones de dólares anuales, dirigidos a proyectos de desarrollo para la reducción de la pobreza, fortalecimiento de las instituciones y la democracia.
El presidente Ortega, su familia y allegados, participan en giras oficiales en aviones particulares, se hospedan en lujosos hoteles —en mayo pasado lo hizo en el hotel Playa Bonita, de Panamá, donde el costo por noche oscila entre 250 y mil dólares—, gasta un millón de córdobas en la realización de los pomposos actos bautizados como el “Pueblo Presidente” —su idea de democracia directa—, instala por toda Managua rótulos con su foto y sus mensajes a favor de los pobres, que tienen un costo de entre 800 y 1,600 dólares. El mandatario maneja lujosas camionetas —dependiendo del modelo pueden costar entre 60 mil y hasta 90 mil dólares—, mientras la canasta básica en Nicaragua superó este año los ocho mil córdobas.
“El comandante Presidente se lanza al mundo como líder de una revolución no concluida”, dice Mauricio Díaz, pero “lo que vemos es un extraordinario culto a la personalidad”.
¿Cómo se puede definir el gobierno del presidente Ortega? Los expertos coinciden en que éste no es un gobierno socialista, al estilo de los que han llegado al poder en Brasil, Chile o Uruguay, experiencias socialdemócratas exitosas, que en palabras de Edmundo Jarquín han sabido “conciliar el mercado con la equidad social, la democracia con la justicia social, el interés nacional, con la globalización. Todo lo contrario de Ortega, que es ya un caso de estrepitoso fracaso socioeconómico y democrático”.
“Michel Bachelet es infinitamente más revolucionaria que Ortega”, dice Mauricio Díaz. “Ella ha fortalecido el Estado de derecho, la institucionalidad, ha creado una imagen de Chile como nación civilizada y modera”, afirma.
Díaz califica el gobierno de Ortega como “neopopulista”, un modelo familiar, “dinástico”, con un discurso revolucionario y que refuerza las diferencias de clases. Para Edmundo Jarquín es un modelo “estatista a ultranza”, con “cierta nostalgia al socialismo soviético”. Óscar René Vargas lo concibe como un gobierno “pragmático”, en el que el Presidente ataca a Estados Unidos pero se reúne con su representante en el país, critica a empresas como la transnacional española Unión Fenosa, pero termina negociando con sus representantes y mantienen los esquemas económicos dictados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Un modelo en el que “hay más retórica que práctica”, según el experto. Una rara mezcla que unida crea el socialismo revolucionario del presidente Ortega.