- Una constante comunicación basada en confianza, amor, respeto y comprensión es la clave para mantener una buena relación con sus hijos, especialmente en esta fase de la vida
Mientras los valores estén bien arraigados, el hijo va tener más capacidad de irse siempre a lo que los padres le han enseñado antes que a todo el bombardeo que pueda provenir de la publicidad, de los amigos y de las presiones sociales en general, enfatiza Gutiérrez.
No eluda los temas relacionados con las drogas, el alcohol y el sexo. Si conversa abiertamente sobre estos asuntos, habrá más probabilidades que su hijo actúe de forma responsable al llegar el momento.
Permita los noviazgos pero previamente inculque cómo debe ser una relación, haciendo énfasis en el respeto, la fidelidad y el amor.
Enseñe que las cosas valiosas en la vida no son las materiales sino el conocimiento, la moral, la unión y las virtudes. Así tener cosas suntuosas, que proporcionan felicidad momentánea, no serán una prioridad para ellos.
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La adolescencia suele ser a menudo incomprendida y temida por los padres. Sin embargo, con la orientación y la información adecuada esta etapa no tiene que convertirse en un período hostil. Se trata de una edad de intensas transformaciones corporales y sicológicas en la que el joven se perfila hacia la adultez y define su identidad. La manera en que los padres acepten y enfrenten esta nueva realidad determinará en gran medida la calidad de la relación.
No congele el tiempo
Una de las grandes dificultades que surgen al arribar a la adolescencia es que los padres no quieren reconocer que ya no están lidiando con un niño e insisten en ver al joven como tal. Es indispensable renovar la relación al aceptar que los vástagos tienen otras necesidades, intereses, visiones y formas de interrelacionarse. Cuando se falla en esto surgen los conflictos.
Hay ensayos de irse independizando de los padres al demostrar que ya tienen capacidad de elegir sobre sus acciones. Esto se puede mal interpretar como rebeldía, la cual surge cuando entramos en confrontación al sobreprotegerlos. El adolescente es un adulto en desarrollo, que para crecer debe tener ciertas condiciones, hay que darle su espacio. Si se le reprime se le anula y aplasta, no crecerá en su personalidad y será un individuo inseguro, explica el psicólogo Antonio Aburto, especialista en adolescentes.
Una actitud intransigente lleva a reacciones negativas y choques innecesarios. Cuando los padres se tornan tan severos y hostiles, lo que el muchacho quiere es huir, pues esta actitud no invita a la obediencia y a mayor fuerza, mayor resistencia, señala la sicóloga clínica Ledia Gutiérrez.
La especialista también indica que es importante dejar que los jóvenes se equivoquen. Las madres quisieran que sus hijos no sufrieran, pero es a partir de los errores que se logra un aprendizaje. Por ello hay que permitir que se arriesguen a tomar sus propias decisiones. Aunque los padres den las pautas, está mal pensar que las lecciones las ganarán sólo a partir de consejos y no necesariamente viviendo y experimentando.
Límites necesarios
Las reglas son fundamentales para el desarrollo y seguridad de los jóvenes. En este aspecto hay que encontrar el balance para no parecer una dictadora. Se influencia positivamente en la medida en que se sepa llevar los mensajes de una forma convincente, ya que una autoridad basada en miedo no funciona. El control se debe ejercer sin agresiones, violencia ni humillaciones.
El tono de voz, la manera de dirigirse a los hijos y establecer límites debe de ser de una manera invitadora para que el adolescente se sienta protegido y no acosado, enclaustrado. Hay que explicarles que todo va teniendo su tiempo y que conforme vayan creciendo tendrán mayores libertades. Incluso se puede lograr que sean los mismos adolescentes los que determinen hasta dónde pueden llegar y sepan diferenciar entre lo que le conviene y lo que le perjudica. Con esa confianza los padres están llamados a hacer de sus hijos seres maduros emocional e intelectualmente, de forma que lleguen a tener esa autonomía y autocontrol, recomienda Gutiérrez.
Un ambiente de confianza
Es vital que los padres den cuotas de confianza para que los jóvenes sean francos y sientan que pueden abordar cualquier tema con plena seguridad. Para algunos padres, comprensiblemente, respetar la intimidad de su hijo es algo que les cuesta muchísimo, pues creen que todo lo que hace el joven es asunto suyo. Pero si quiere ayudarlo a hacerse adulto, deberá evitar violarle su espacio.
Si detecta señales de alarma que sugieren que algo anda mal, tal vez no tenga más remedio que intervenir, pero en caso contrario lo mejor es mantenerse al margen en espera que sea el propio adolescente quien, gracias a la confianza brindada, sea el que quiera compartir sus cuestiones. Es decir, su dormitorio, llamadas telefónicas y demás cosas personales deben ser algo privado.
Por supuesto, por motivos de seguridad, usted debe siempre saber dónde está, qué está haciendo y con quién, pero no necesita saber todos los detalles.
Corrija con amor
Cuando el joven viola las reglas es necesario sancionarlo con respeto sin rayar en la tortura y la humillación, indica Gutiérrez. Hay que hacerles ver cuál ha sido su falta y explicarles por qué esa conducta no es aceptable.
Además, debe ser constante en la disciplina. Algunos padres hacen cumplir las reglas sólo en determinadas ocasiones, pero esa aplicación esporádica es ineficaz, ya que el adolescente puede desobedecer al saber que puede manipular la situación. Igualmente debe haber coherencia entre lo que manda el padre y la madre, pues si existen contradicciones la autoridad se pierde.
Olvide los estereotipos
Evite enfocar la adolescencia como un problema. El sicólogo Antonio Aburto, especialista en el tema, explica que los seres humanos actuamos como pensamos, eso significa que si usted tiene la idea preconcebida que los adolescentes son seres conflictivos, indomables y caóticos, actuará en consecuencia de una manera errónea, reprimiéndolos y hasta dañándolos. Hay que tomar esta etapa con naturalidad tal y como lo es: un proceso evolutivo en el que hay que crear las condiciones para que los hijos maduren.