Cuando preguntaron a Magic Johnson quién era el mejor del mundo en el baloncesto, su respuesta no dejó de sorprender. “Yo”, dijo sin titubeos. Pero cuando se le cuestionó respecto a Michael Jordan, agregó: “Ese es de otro planeta”.
Y ciertamente, Jordan es el símbolo del baloncesto, como lo es Babe Ruth en el beisbol o Muhammad Alí en el boxeo. Ahí no hay discusiones. ¿Pero, quién es la gran figura en el futbol mundial? Para unos Pelé, para otros Diego Maradona.
Y ha sido tan difícil llegar a una conclusión, que la FIFA decidió dar a ambos el premio de Mejor Jugador del Siglo XX, en el 2000. Una encuesta entre directivos, entrenadores y periodistas favoreció a Pelé, pero los fanáticos votaron por Diego.
Las cifras favorecen a Pelé, cuya carrera significó la época de oro del futbol brasileño. Ganó tres títulos (Suecia ’58, Chile ’62 y México ’70). Además que al momento de su retiro había marcado 1,282 goles, 12 de ellos en Mundiales.
A Pelé se le reconoce su formidable instrumental físico y su gran dominio en todos los ámbitos del juego, resaltando ahí su calidad como definidor, consecuencia también de su ubicación en el planteamiento brasileño, donde era delantero.
Quienes optan por Maradona, dicen que Pelé tuvo el privilegio de actuar rodeado de gran cantidad de astros como Garrincha, Didí, Nilton Santos o Zagallo, pero olvidan que aún con ellos, él fue la figura de mayor relieve en esa época.
LA MAGIA DE DIEGO
Maradona ha sido tan grande, que aún con su borrascoso accionar fuera de la cancha, la gente ha sido capaz de separar su mágico juego, de sus desplantes y adicciones. Hasta hay, incluso, quienes le consideran un dios y se han inventado una iglesia.
Maradona consiguió su grandeza en México ’86 cuando anotó para muchos el mejor gol de la historia ante Inglaterra, y cargó con Argentina, hasta llevarla al título. Asimismo, fue capaz de transformar al discreto Nápoles en un club de nivel en Italia.
En una época de futbol más dinámico y veloz, Maradona fue capaz de sobresalir como un jugador estratégico y de conjunto. Su físico compacto fue una ventaja en los sprints cortos y espacios limitados, todo ello cubierto por una magia sin par.
A diferencia de Pelé, no estaba rodeado de luminarias, pero no las necesitó para tener el reconocimiento mundial. Atraía mucha marca, sólo para ridiculizarla, como lo hizo ante los ingleses en México, cuando anotó el segundo y memorable gol.