Foto captada de televisión que muestra a Luis Eladio Pérez el día de su liberación por parte de las FARC. Durante sus casi siete años de cautiverio, el hombre dice que leyó unas 25 veces Don Quijote. “La lectura me servía para ejercitar la memoria”. (La Prensa/Agencias/AP/AFP)

El quijote de los secuestrados

Después de casi siete años en poder de la guerrilla de las FARC, el ex senador Luis Eladio Pérez da testimonio de lo que vivió en cautiverio, donde trabó amistad con la política Ingrid Betancourt, y donde nunca renunció a la esperanza de recuperar su libertad CORRESPONSAL/COLOMBIA Cualquiera que haya tenido la oportunidad de escuchar […]

  • Después de casi siete años en poder de la guerrilla de las FARC, el ex senador Luis Eladio Pérez da testimonio de lo que vivió en cautiverio, donde trabó amistad con la política Ingrid Betancourt, y donde nunca renunció a la esperanza de recuperar su libertad

CORRESPONSAL/COLOMBIA

Cualquiera que haya tenido la oportunidad de escuchar a Luis Eladio Pérez, el político de 50 años, que la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) soltó hace dos meses y una semana tras un largo cautiverio que duró seis años, ocho meses y 17 días, se queda con la sensación de haber estado frente a un sobreviviente. O, ante la víctima de una tragedia incomprensible que mira con unos ojos grandes en busca de desahogo.

Luis Eladio Pérez es uno de los seis políticos que las FARC liberaron entre enero y febrero de este año. Después no volvieron a soltar a nadie más. Entre los liberados estaba Clara Rojas, la mujer que concibió y parió a su hijo Emmanuel en cautiverio, y fue la compañera de fórmula de Ingrid Betancourt, la ex candidata presidencial de nacionalidad colombo-francesa, que lleva seis años y dos meses en manos del grupo insurgente más antiguo del continente, al cual el Gobierno de Colombia, Estados Unidos y la Unión Europea, no le apean el calificativo de grupo terrorista o “narcoterrorista”.

Luis Eladio se considera a sí mismo un superviviente de la inhumanidad de los rebeldes de las FARC. Las muñecas de sus manos y el cuello, que ahora lleva cubiertos con camisas de colores pastel (amarillo o rosado la mayoría de las veces), estuvieron durante muchos años aprisionados con cadenas que sus captores usaban para amarrarlo a los árboles. Era la manera de evitar que intentara escaparse, una posibilidad a la que nunca renunció el senador, y que siempre intentó mientras estuvo al lado de su amiga Ingrid.

Sus pies, que ahora están cubiertos por unas zapatillas cafés de cuero volteado y gastado, se encallecieron y se infectaron de hongos de tanto andar desnudos palpando las asperezas de la manigua y la humedad de la selva.

Luis Eladio, como la mayoría de los secuestrados, sucumbió a la leishmaniasis, mejor conocida como lepra de montaña, paludismo, fiebres, malarias y a “toda clase de enfermedades propias del trópico”, dice. También soportó un infarto cardiaco, tres comas diabéticos y una parálisis de riñón, que fueron curadas de la manera más rudimentaria.

El paseo por el infierno, que es a lo que equivale el cautiverio para los 3,000 secuestrados en Colombia –700 de los cuales están en manos de la guerrilla– comenzó para Luis Eladio el 10 de junio de 2001. Entonces, era senador del Partido Liberal ante el Congreso y estaba en la zona de Ipiales, que pertenece al departamento de Nariño, y es fronterizo con Ecuador. Había ido por una actividad política, pero también a investigar el robo de una camioneta suya, que había ocurrido en el sector. “Fui sorprendido por la presencia de la guerrilla del Frente II de las FARC”, dice. Los rebeldes lo rodearon y lo detuvieron. “Me dijeron que los comandantes querían hablar conmigo. Nunca supe qué comandantes y duró siete años esperando que quisieran hablar conmigo”, dice el ex diputado en un tono que es trágico y cómico a la vez.

Ya luego, en su condición de secuestrado, Luis Eladio conocería a Jorge Briceño, alias el “Mono Jojoy”, uno de los guerrilleros más antiguo y reconocido por su carácter sanguinario y guerrero, y a Fabián Ramírez, igualmente de mentalidad guerrerista pero también uno de los ideólogos.

Aunque a ninguno de los dos pudo indagar y explorar su pensamiento político. Cuando tuvo enfrente a “Jojoy”, Luis Eladio sólo atinó a pedirle una cuchara, pues llevaba más de un año llevándose el bocado con los dedos.

“Muchas veces quise morir, siete años sin ver una luz en el fondo del camino, eso no es fácil”, dice Luis Eladio, que ahora está en la sala de su apartamento en el norte de Bogotá. Se ha sentado en una silla de terciopelo rojo y de formas barrocas, como es la decoración del resto del departamento. A su derecha sobresale un ventanal que da a la calle y desde donde se ven los techos de los buses escolares, y los árboles frondosos de un parque que está al otro lado de la acera. El senador, padre de dos hijos y abuelo de una nieta que nació durante su cautiverio, recuerda que los dos primeros años de su vida en el monte estuvo solo. En ese tiempo “sólo hablaba con los árboles”, repite un detalle que ha expresado en otras entrevistas. En ese tiempo, la guerrilla lo cambió muchas veces de lugares. Recuerda que pasó por muchos caseríos campesinos en los que nunca sintió la presencia militar de la que tanto se vanaglorian los generales de las Fuerzas Armadas, que han anunciado el principio del fin de las FARC.

Hacia la mitad del 2003, el cautiverio de Luis Eladio tuvo un giro importante. Comenzó a compartir el encierro en la selva con la política Ingrid Betancourt, el símbolo mundial del secuestro en Colombia. Ya se conocían de los años en que ambos coincidieron como senadores en el Congreso. Pero esta vez, dadas las circunstancias, trabaron una amistad, que ahora en libertad representa un compromiso enorme para Luis Eladio.

“Permanecimos cuatro años y pico juntos, ayudándonos siempre, respaldándonos, dándonos valor para soportar”, dice y de sus palabras se desprenden la admiración que le profesa. “Ella es una mujer supremamente fuerte, pero sin duda también está afectada por un cautiverio que va por más de seis años. Por supuesto, tiene problemas de salud bastante complicados, y entiendo que ella es consciente del valor que representa para las FARC por su exposición mediática en el mundo. Esa exposición la ha convertido en un intangible significativo que puede representarle a ella, una semana, un año o diez” en poder de la guerrilla.

Sobre el trato de los guerrilleros con Ingrid, Luis Eladio confirma que son muy crueles con ella. “Se presentaban muchos atropellos. Una vez un guerrillero quería pegarle porque ella rechazaba ponerse las cadenas. Muchas veces me tocó defenderla con disparos en los pies frente a algunos vejámenes de guerrilleros que le hacían proposiciones de carácter sexual”. Luis Eladio no quiere hablar más de este tema que le ha traído algunos problemas con los familiares de otros secuestrados, que se sintieron heridos con las insinuaciones que hizo el senador sobre el comportamiento de algunos policías y soldados secuestrados. “Cuando ella salga contaremos otros detallitos”, dice con una sonrisa irónica.

Ahora, se permite contar que alguna vez intentaron escapar juntos. Sólo lo dice, aclara, porque “Pinchao” –el subintendente de la Policía que se le escapó a la guerrilla hace un año– contó este detalle sobre Betancourt en su libro Mi fuga. “Nos escapamos seis días. Nos falló sin duda la comida y yo empecé a presentar un cuadro de hipoglicemia (bajón de azúcar en el cuerpo). Realmente me puse muy mal, entonces nos preocupamos, fundamentalmente Ingrid, y al final tomamos la determinación de entregarnos a los seis días, porque las cosas se estaban complicando. Estoy seguro que de no haber fallado que mi organismo me hubiera podido resistir o por lo menos, haber contado con algunos mínimos requerimientos que nos faltaban, hubiéramos logrado, sin duda, la libertad”.

“Cuando nos entregamos, voluntariamente, vino la represión más terrible que pudimos haber soportado. Nos encadenan a un árbol y así duramos años, nos quitan las botas, y nos mantienen descalzos en los campamentos con todo tipo de enfermedades, hongos, en fin, todo lo que ello conlleva, y el trato: humillación, vejámenes, atropellos, todo lo que conlleva a la inhumanidad por parte de las FARC en el secuestro”, dice con la ansiedad de alguien que estaba atragantado y acaba de recuperar el habla.

En momentos así, es que quiso morir. En momentos así, es que llegó a perder la fe, pero nunca murió en él la esperanza. “Nosotros sabíamos que una acción dirigida a un intento de rescate, o una operación militar en cualquier zona donde nosotros estuviésemos significaba la muerte. Allá no hay alternativa. Era la muerte. Y sigue siendo la muerte. Y eso que le quede claro al mundo. Si hay un intento de rescate no sale nadie vivo de allá. Nosotros nos hemos cansado de hacer una campaña nacional e internacional para despertar la conciencia de las autoridades que tienen que ver y tomar las decisiones al respecto. Y muchas veces, desde el fondo de nuestro ser, deseábamos que sucediera, porque muchas veces preferíamos la muerte a seguir pudriéndonos allá en la selva. Nuestra muerte no solamente sería un descanso para nosotros sino para nuestras familias, nosotros veíamos que ellos luchaban aquí frente a unas paredes de concreto en donde no tenían ni receptividad, ni opción de ayuda ninguna. Se les cerraban todos los días las puertas. Las esquivaban como si estuvieran enfermas, con una enfermedad contagiosa, por eso preferíamos morir. Y por supuesto los operativos militares eran una opción de morir”.

Algo que no le falló nunca a Luis Eladio fue un radio. Al siguiente día de su detención, los guerrilleros le entregaron un pequeño transistor que le permitió, generalmente, desde donde estuviera, sintonizar distintas emisoras. La señal siempre fue mejor en las noches y madrugadas. Para él, y ahí sí habla en nombre del resto de plagiados, la radio fue el “cordón umbilical” que les permitió siempre estar al tanto de la vida de sus familiares. Por ese medio supo de sus hijos, Sergio y Carolina, y de las gestiones que hacía su esposa Ángela. También se enteraron de la muerte de Gabriel Betancourt, el papá de Ingrid. Por ese mismo parlante le llegó la buena nueva de que sería liberado.

La libertad, además de los largos años de espera, le costó en la recta final 20 días y 230 kilómetros de caminatas. En la grabación de la entrega que difundió Telesur, Luis Eladio se ve en camiseta, sudado, con una mochila al hombro, con barba, y llorando y riendo al mismo tiempo de felicidad. Después contaría que una de esas jornadas de camino a la libertad, se topó con su amiga que es el símbolo de ese drama colombiano. La última imagen que su retina conserva de Betancourt no es grata: “Ingrid estaba más delgada que en el último vídeo que se conoció, parecía una anciana”.

En cautiverio, y a falta de libros, Luis Eladio leyó unas 25 veces Don Quijote, la novela de Miguel de Cervantes, y otras tantas la Biblia.

Dice que hoy puede recitar de memoria pasajes completos del Nuevo Testamento. “La lectura me servía para ejercitar la memoria”, dice este hombre para quien no ha sido fácil acostumbrarse nuevamente a dormir en una cama. Recuerda que en la selva, cuando no estaban amarrados, dormían en hamacas, con plásticos encima para protegerse de la lluvia brusca que cae a cualquier hora.

“Quiero recuperar los años perdidos con mi familia”, dice y cuenta que fue al médico hace poco, bajo la amenaza de su mujer, quien le dijo que si no iba lo mandaría nuevamente al monte, cuenta con un humor negro que lo caracteriza, y que dice que ni en cautiverio lo abandonó.

En mes y medio ya ganó 10 kilos, salió pesando 63 y ya está en 73, pero aún su estómago no resiste las hamburguesas que tanto le gustan. “No sé cómo he subido si casi no como, debe ser por la alegría de la libertad”.

Pese a los ruegos y los amagos de su esposa Ángela, que ahora habla poco con los medios, la prioridad del recién liberado no es la misma, ni su salud. Luis Eladio como una especie de Quijote tiene una empresa grande: lograr la libertad de los que se quedaron. Por eso ha viajado en busca de apoyo de los gobiernos a Francia, Brasil, Venezuela. Pronto irá a Panamá para hacer gestiones similares con el mandatario. En Bogotá, han sido registradas por las cámaras de los medios todas sus visitas a la presidencial Casa de Nariño. “Estoy en función de la libertad de los otros, vine dispuesto a jugármela y no voy a descansar hasta que todos regresen a la libertad”, dice con esos grandes ojos que siguen buscando desahogo.

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