- Rubén Darío, Alfonso Cortés y Pablo Antonio Cuadra
Uno de los conceptos clave en el marco teórico relativamente reciente de la ecocrítica es el del paisaje invisible, definido por Kent C. Ryden como una capa imperceptible de usos, memorias y significados colocada encima de la superficie geográfica y el mapa de dos dimensiones (Ryden 40). El estudio de la literatura en relación con el medio ambiente físico depende de la capacidad de revelar los elementos históricos y míticos de un lugar específico mezclados con las experiencias íntimas de las personas que habitan ese paisaje.
Para un forastero que no pertenece a la comunidad, el paisaje visible oculta estos rasgos imperceptibles que definen una identidad grupal. Veremos cómo Rubén Darío en su poema La Canción de los Pinos (1907) y también en el segundo capítulo de la narrativa de El Viaje a Nicaragua (1909) fundamenta la posibilidad de revelar un paisaje invisible en términos poéticos y subjetivos. Lo que hace Darío en estos textos botánicos facilita un entendimiento ecocéntrico de la flora de Nicaragua que más tarde aparece en los poemas Al Genízaro Histórico, de Alfonso Cortés (1893-1969) y El Jenísero, de Pablo Antonio Cuadra (1912-2002).
Curiosamente, a pesar de ser un poeta enraizado en un dominio telúrico, Darío nació en Chocoyo y murió escribiendo sobre el quetzal, pájaro de belleza y de libertad, raro y simbólico, que muere si se le aprisiona o si la gloria irisada de su cola se marchita o daña (Darío, Tomo 1, 885). En este artículo inconcluso sobre Guatemala, el poeta menciona su paso por los Estados Unidos, la tierra del águila y de Thanatos, donde Darío atisba su muerte inminente y concibe Centroamérica como un contrapeso renovador, un paisaje en donde la salud empieza a halagarme, el trópico a reencantarme, y la Vida y Esperanza a sonreírme (Darío, Tomo 1 885). Estas virtudes vitales que canta un Darío al borde del más allá, no suelen aparecer con mucha frecuencia en su obra. Poeta cosmopolita por lo general, más bien cuando evoca el paisaje nicaragüense es como un lugar distante tanto en el espacio como en el tiempo, como en el bellísimo poema Allá Lejos, en que el poeta se dirige la palabra directamente al buey y a la paloma de su niñez para entablar un diálogo fuera de los parámetros estrictamente humanos.
Ocurre algo parecido en La Canción de los Pinos porque Darío toma en este poema un primer paso apostrófico para hablar con los árboles: ¡Oh, pinos, oh, hermanos en tierra y ambiente, /yo os amo! Sois dulces, sois buenos, sois graves (Darío 1961, 836). Al recordar su paso por Mallorca y la Isla Dorada, Darío caracteriza los famosos pinos de parasol (Pinus pinea) de la Península Ibérica y la zona mediterránea en términos antropocéntricos como una especie que piensa y que siente (836), lo cual los vincula con el paisaje que describe Miguel de Unamuno en la crónica En la Isla Dorada (escrita en octubre de 1916) como intelectual, contemplativo y seguro de sí mismo (Unamuno, 519). Aquí, Unamuno recrea con ternura melancólica la estancia de Darío en Valldemosa donde estuvo alojado en la casa de don Juan Sureda y su esposa Pilar y confirma lo que es bien sabido: fue aquí que Darío pasó acaso la última temporada en que gozó de alguna paz (Unamuno, 527). En La Canción de los Pinos, Darío utiliza los árboles como un espejo idealizado no sólo para conocerse sino también para imaginarse de otra forma más positiva porque, como sugiere Ryden, al contemplar un lugar, contemplamos a nosotros mismos (Ryden 40). Unamuno también tiene la mirada hacia adentro en términos humanos al describir los olivos centenarios de la Isla Dorada: Son olivos ermitaños, y tal vez hacen, a su modo, penitencia. Son olivos que tienen fisonomía, personalidad, porque tienen historia, esto es: alma (Unamuno, 534). Para Darío, los pinos también tienen los mismos rasgos espirituales con su aire de monjes (Darío, 1961, 837).
El poeta nicaragüense destaca a la vez los usos humanos de esta madera blanda y bella, diciendo que los pinos han sido, además, mástil, proscenio y curul (Darío, 1961, 836). En este conjunto nítido de tres objetos, todos fabricados y labrados de este árbol, el poeta abarca un ámbito vasto en términos históricos de relaciones comerciales, culturales y políticas: expertas manos humanas transforman los árboles en barcos, escenarios de teatros y sillas que simbolizan el poder de los más altos oficiales romanos. Esta perspectiva cabe perfectamente con las ideas modernistas de la época en relación con el progreso y el desarrollo humano a base de la explotación de recursos naturales. Y es algo que señala Darío en El Viaje a Nicaragua al elogiar el gobierno del General Zelaya por su apoyo a Empresas agrícolas y forestales que, como las de la Costa Atlántica, son para la República un venero de riqueza (Darío, 1950, Tomo III, 1088).
La intimidad que expresa Darío en La Canción de los Pinos hacia el paisaje europeo realmente no encuentra su equivalente nicaragüense en la poesía dariana. Existe, sí, pero habría que buscarlo en la prosa de El Viaje a Nicaragua, donde se manifiesta con un importante filtro de Europa en la forma de una traducción al español que hace Darío del famoso poema de Victor Hugo sobre Momotombo, desnudo y calvo, en que habla el volcán en primera persona. Es decir, Darío elogia a los pinos europeos como sus hermanos, pero, para acercarse con éxito al paisaje de Nicaragua, requiere del impulso paralelo de la voz traducida del gran poeta francés que habla con una máscara volcánica. Es como si Darío, al principio, desconociera el idioma del medio ambiente físico de su país y que tuviera que aprenderlo a la carrera al llegar. Cuando logra escuchar y entender la voz de Nicaragua, esa tierra que habla, Darío completa un diálogo con la naturaleza que le había quedado trunco. El paisaje invisible, en ese sentido, no se debe limitar a lo visual, ya que el mundo natural emite tantos elementos que tienen que ver con la comprensión oral.
El viaje a Nicaragua es una narrativa cartográfica, una manera de construir un mapa cognitivo del país natal que el poeta quiere recuperar después de todos los años que ha residido fuera de Nicaragua. Es un proceso altamente subjetivo y totalizador, como explica Darío al principio del segundo capítulo: El paisaje diríase que penetra en nosotros por todos los sentidos, y hay una furia de vida que con su proximidad enerva, (Darío, 1950, Tomo III, 1032). Kent Ryden entiende los mapas en el sentido amplio de su capacidad de servir como repositorios de la memoria porque, según él, poseen el poder de convocar una respuesta profundamente humana, apelando irresistiblemente a la memoria y la creatividad y los sueños, vinculándose íntimamente con las ideas y las vidas de un pueblo Son, al mismo tiempo, destilaciones de las experiencias e invitaciones a experimentar (Ryden, 23). En este sentido, precisamente, las flores en el jardín de una casa amiga tienen para Darío una función catalítica. Le devuelven al poeta a su niñez durante la celebración de La Purísima:
Había allí azucenas blancas de anunciación y otras semejantes a estilizados lirios heráldicos; había rosas de olor y jazmines orientales que constelan las verdes y espesas enredaderas en que crecen; había una flor que se llama cundiamor, y otra que estalla para regar su simiente, y la que se nombra bellísima, que evocaba para mí, rosada y alegre, altares domésticos como los que se adornan en diciembre para celebrar la Concepción de María. Toda la circunstante naturaleza me parecía contenida en un concentrado bloque de tiempo, atmósfera de bella-durmiente-del-bosque, o del legendario monje extasiado que escucha al pájaro paradisíaco (Darío, 1950, Tomo III, 1033).
Evidentemente, el paisaje invisible también ofrece, además de lo visual y lo oral, poderosos vínculos olfatorios con las partes del cerebro asociadas con la memoria. Es decir, el pasado del poeta se ha concretizado en fragancias que atraviesan el tiempo.
Sigue este segundo capítulo de El Viaje a Nicaragua con una descripción de la visita de Darío a caballo a algunos cafetales ubicados en las sierras de Managua. El poeta, ya en el camino, habla primero de la mujer natural, mozas morenas, altas por lo general, de cuerpos flexibles, muchachas bronce o cacao (1033) que, cuando uno tiene sed, le sirven un agua fina, fría y doblemente grata, por ser servida en un guacal, esto es, en una taza hecha de la corteza del fruto del jícaro, las cuales tazas refrigeradoras suelen ser labradas e historiadas de escudos, aves, panículos, grecas y letras (1034). En este momento arcaico y contemporáneo a la vez, uno de los instantes más netamente nicaragüenses de la obra dariana, el poeta piensa en algo de Biblia o en algo de Conquista, en Rebeca o en doña Marina (1034). Los jícaros labrados son un ejemplo perfecto del folklore ecocéntrico de Nicaragua, ya que suelen tener representaciones artísticas de la biodiversidad de un sitio específico. Como asevera Ryden, el folklore revela la sutiliza del conocimiento local de la naturaleza, transmite la historia íntima de un lugar, ayuda a crear un sentido fuerte de identidad personal y grupal e indica la profunda afectividad entre los residentes que habitan y contemplan un entorno físico (Ryden, 62-66).
Darío reconoce la importancia de contar la historia del café, este arbusto tan importante a la economía nicaragüense. El poeta afirma que la labor agrícola es la verdadera fuente de la vida, y el cultivo del café es el preferido (1034). A Darío le encanta recrear el trayecto etnobotánico de esta planta globalizada que ha traído riqueza y miseria a tantas partes del planeta porque le permite al poeta volver a su amada Francia y a señalar regiones exóticas como Turquía y Arabia antes de pasar a la Martinica y Costa Rica para finalmente llegar en 1845 a Nicaragua al terreno del padre del historiador D. José Dolores Gámez, que, según Darío, cultivó la primera plantación en las Sierras de Managua (1036). Estando en Nicaragua en vivo, Darío idealiza la vida en torno al café que está observando con un ojo de turista. Habla de hamacas tendidas bajo los frutos rojos los cantos del pueblo visiones de Edén toda la fauna alada que haría las delicias de Ovidio excursiones a caballo, paseos a pie improvisados bailes y esas voluptuosas y como lánguidas damas que van a pasar días de campo a las haciendas (1036-37).
Aun así, la topofilia, o sea, la afectividad que siente Darío hacia un paisaje que parece no haber asimilado antes con tanta profundidad, lo lleva a pensar en una posible integración personal a pesar de su pesimismo y su condición de forastero: Más de una vez pensé en que la felicidad bien pudiera habitar en uno de esos deliciosos paraísos, y que bien hubiera podido tal cual inquieto peregrino apasionado refugiarse en aquellos pequeños reinos incógnitos, en vez de recorrer la vasta tierra en busca del ideal inencontrable y de la paz que no existe (1037). Darío procura imaginarse como habitante de un lugar donde se reconoce ajeno pero se siente a gusto, un espacio nuevo cada vez más íntimo que poco a poco revela sus secretos cuando el poeta sale con su escopeta a cazar y cuando prueba los platos nicaragüenses perfumados de las hierbas y especias de la tierra (1038).
A Darío le resulta difícil no pensar en el paisaje nicaragüense desde una perspectiva europea, aunque sea momentáneamente, cuando menciona que las palmeras y cocoteros que él ama en el europeo despiertan ideas coloniales (1038). Con la precisión poética de alguien con inquietudes botánicas secretas, Darío intenta describir la diversidad de especies de estos hermosos árboles autóctonos. Lo hace con el sentido de asombro de un escritor extranjero que presencia la abundancia vegetal americana por primera vez: y las palmeras varias despliegan, unas, bajas, como pavos reales, anchos esmeraldinos abanicos; otras, más altas, airosos flabeles, las otras son como altísimos plumeros, orgullosas bajo el penacho, ya entreabierta la colosal y oleosa y dorada flor del coroso, ya colgante la copiosa carga de cocos, cuya agua fresca y sabrosa es la delicia de las canículas (1038-39). Cuando Darío vuelve al café al final de este segundo capítulo de El Viaje a Nicaragua, es con una clara conciencia de cómo esta cosecha de calidad se exporta a los Estados Unidos y Europa. Como consumidor él mismo, Darío destaca la excelencia de la variedad del café nicaragüense que se llama caracolillo, afirmando que una buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta (1039). En esta metáfora, más sorpresiva aun para nosotros en el siglo xxi digitalizado, Darío capta una relación importante entre las plantas y el desarrollo humano en términos estéticos.
Se siente este vínculo biofílico con aun más fuerza en los poemas dedicados al jenísero de dos hijos literarios de Rubén: Alfonso Cortés y Pablo Antonio Cuadra. El soneto Al Genízaro Histórico, de Cortés, expresa el mismo amor profundo y aire enigmático que caracterizan el poema de Darío a los pinos. Cortés también entabla un diálogo, buscando la reciprocidad y el entendimiento mutuo con este árbol tropical:
Te amo viejo árbol, porque a todas horas,
reproduces misterios y destinos
con la voz de los vientos vespertinos
o de los pájaros en las auroras.
Tú que la plaza pública decoras
pensando pensamientos más divinos
que los del hombre, indicas los caminos
con tus ramas altivas y sonoras.
Genízaro, tus viejas cicatrices,
donde cual en infolio se halla escrito
lo que hace el tiempo en su caer constante;
mas tus hojas son frescas y felices
y haces temblar tu copa en lo infinito,
mientras la humanidad va hacia delante.
(Cortés 193)
Este árbol histórico bien podría ser el famoso jenísero de Nagarote que el poeta podría haber contemplado en uno de sus viajes entre Managua y León. Sea como sea, Cortés usa el apóstrofe en su poema porque es la manera más directa de expresar el amor y el agradecimiento al árbol por ser una encarnación divina capaz de guiar la humanidad hacia un camino mejor. El Jenísero de Cortés parece ser capaz de asimilar los golpes de la historia y desafiar el tiempo cósmico desde su ubicación en un espacio público compartido y accesible a todos. Va a perdurar este poema tan logrado de Alfonso, pero, tristemente, el árbol histórico de Nagarote ahora está casi extinto con una sola rama viva y un inmenso tronco en que el pasado se va muriendo y la memoria contaminada y mal cuidada al final se apaga. En el futuro, entonces, ¿qué árbol amado nos va a guiar hacia delante?
El Jenísero de Pablo Antonio Cuadra pertenece al libro magistral Siete Árboles Contra el Atardecer (1980), cuyos protagonistas vegetales no sólo sirven como guías sino también como guardianes contra la violencia de la guerra. En el caso específico del jenísero, el poeta adopta en el poema la máscara del árbol mismo, aunque sea por un instante, cuando un yo omnipotente y chamánico, dice: Pero he aquí que yo he extendido mis ramas y he fundado un reino pacífico (Cuadra, 221). Después, vuelve la voz del poeta, hablando con una mezcla de alto lirismo y alta precisión botánica:
Canto sus flores pediceladas y rojizas que enciende el atardecer
como pequeñas lámparas de cáliz tomentoso y veinte estambres de color carmesí.
(Cuadra, 221)
En este poema, Cuadra sabe revelar a la perfección los elementos históricos, míticos y personales del paisaje que habita. De acuerdo con las ideas de Ryden, el jenísero, que forma parte del paisaje visible tiene que verificar y corregir el paisaje invisible (Ryden, 208). Es decir, la presencia del árbol en el medio ambiente físico es imprescindible para revelar y asegurar los rasgos ocultos que caracterizan un lugar.
En las palabras de Kent Ryden, lo que descubren Darío, Cortés y Cuadra en estos textos botánicos es que cada lugar terrenal tiene su propia psique, personalidad e inteligencia y habla por medio de las personas que lo habitan
Obras Citadas
Cortés, Alfonso. Antología Poética. Managua: PAVSA, 2004.
Cuadra, Pablo Antonio. El Jenísero en Poesía II. Managua: Fundación Vida, 2003. Págs. 221-224.
Darío, Rubén. Obras Completas. Tomo I (Crítica y Ensayo). Madrid: Afrodisio Aguado, 1950.
Obras Completas. Tomo III (Viajes y Crónicas). Madrid: Afrodisio Aguado, 1950.
Poesías Completas. Ed. Alfonso Méndez Plancarte. Madrid: Aguilar, 1961.
Ryden, Kent C. Mapping the Invisible Landscape: Folklore, Writing and the Sense of Place. Iowa City: University of Iowa Press, 1993.
Unamuno, Miguel de. En la Isla Dorada: Andanzas y Visiones Españolas. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1941.