Entramos cuando un sol rojo,
moribundo, batía sus alas.
Los presagios revoloteaban
como negras mariposas.
El amor es terco y sordo
precipita a los abismos.
La danza comenzó
no hubo reparos.
Un coro de voces desenfrenadas
atravesaban la alcoba.
¡Te paralizaste!
Creías morir más no de goce
recibíamos la visita de Thanatos
no la de Eros inflamado.
El sitio reverenciado era asaltado.
Las voces se apagaron.
Pasado el suplicio
volviste a la vida.
Un chorro de lujuria
invadió tus carnes.
¡Eras la misma, la de siempre!
Enloquecías el ambiente
y me arrastrabas
de nuevo a la muerte,
nada más que esta vez
era tu cuerpo
revolcándome en el lecho
sin misericordia ni contemplación alguna.