BAYARDO DÁVILA
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Ver Infografia > La defensiva es uno de los pocos rubros en el beisbol en el cual las estadísticas no dicen mucho. La plasticidad, fineza, seguridad, fortaleza, alcance y ubicación van más allá de los números y pesan más los recuerdos de las ejecutorias, la impresión que provocan y los aplausos que merecen.
El granadino Bayardo Dávila, quien durante dos décadas deleitó con sus acrobacias en el campo corto, es un auténtico líder de esa “raza especial”.
Dávila, quien junto a Rigo Mena y César Jarquín es calificado uno de los tres mejores “shorts” de la historia del beisbol pinolero, construyó una brillante carrera amparado en la espectacularidad de su juego defensivo.
En la pasada Final, se retiró del juego con honores, al protagonizar una de sus mejores series defensivas y además con el madero tomó parte de la rebelión de los granadinos ante los leoneses. Se fue siendo un campeón.
Guante en mano, nadie le hizo sombra en su época, y aunque no era veloz, complementaba esa desventaja en el rango de cobertura con una colocación exacta y lances felinos para no dejar escapar todo lo que se movía a su alrededor.
SABÍA COLOCARSE
El complemento perfecto a sus piruetas fue su puntería y sentido de la ubicación. Dávila parecía disponer de una brújula adaptada a su brazo que le permitía tirar a la inicial sin ver.
Al volver su mirada atrás, Dávila está orgulloso de su carrera y su secreto del éxito es el mismo de la mayoría de triunfadores: “trabajo duro”, siempre repitió.
Todas sus habilidades naturales y atributos que fue puliendo, se mezclaron con su astucia en el juego, que deslumbraron tanto en los campeonatos locales como los internacionales.
Dávila llegó a los Tiburones en la temporada de 1985-1986 como un jugador de los jardines, pero no tardó mucho en encontrar su verdadera vocación, las paradas cortas.
Una lesión del torpedero titular Róger Acevedo obligó al mánager Heberto Portobanco a experimentar y así Dávila comenzó una carrera que lo llevará directo al Salón de la Fama pinolero.
Como bateador, no alcanzó la misma grandeza que persiguiendo batazos y fabricando outs, pero construyó cifras significativas entre los jugadores de su posición, al punto que es el único de 100 jonrones y líder en hits con 1,337.
Ambas hazañas fueron en 1999, pero en temporadas distintas y con tipos de bates diferentes, pues se dio la transición del aluminio a la madera. El trancazo 100 lo descargó con el “fierro” el 24 de enero y el imparable número mil lo conectó con el madero el 14 de noviembre, en el inicio de la siguiente campaña.
Una de sus mayores proezas fue disparar dos jonrones con las bases llenas en un mismo juego, durante la temporada de 1994 frente al Bóer. Aunque nunca se le catalogó un bateador de fuerza, vean esto: entre 1992 y 1999, tuvo promedio de 10 cuadrangulares por temporada y totalizó 83 bombazos durante este período de ocho campañas.
En 1998 registró su promedio de bateo más alto, .361, y cuatro veces en total voló encima de los .300.
BRILLÓ EN EDMONTON
Con la Selección Nacional asomó en 1989 en el Torneo Huelga de Cuba y un año más tarde brilló intensamente en el Mundial de Edmonton, ayudando a Nicaragua a ganar la medalla de plata. “Fue un gran trabajo de equipo, pero si me pidieran elegir al jugador más valioso, mi voto es para Dávila”, declaró el mánager de esa tropa, Omar Cisneros.
En 1993 representó a Nicaragua en el Juego de las Estrellas del Mundo en Japón y en 1998 dijo no más al equipo nacional desilusionado por las pobres condiciones que se le ofrecen a los peloteros seleccionados.
Ahora que colgó los spikes, ha incursionado en la crónica deportiva y desea una oportunidad como entrenador para enseñar sus trucos a las futuras estrellas de nuestro beisbol.