- Los buscadores de uranio se suman al auge minero latinoamericano. Pero capitalizar el negocio llevará un tiempo
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Córdoba
La gestión de Néstor Scalerandi podría haber pasado casi desapercibida. Como secretario de Minería de la argentina Provincia de Córdoba, administraba sin bulla un sector compuesto por una centena de pequeñas empresas dedicadas a extraer rocas para la construcción.
Sin embargo, a fines de julio pudo darse el gusto de sacudir la opinión pública local: anunció que la provincia proyecta crear una empresa propia, para buscar y extraer uranio en Los Gigantes, el punto más alto de las serranías cordobesas.
Enseguida grupos ambientalistas y de pobladores de la zona pusieron su grito en el cielo acusando los riesgos de residuos radioactivos en una zona que es naciente de ríos que bañan los valles turísticos locales. Desde otra óptica tampoco faltaron los que tomaron el anuncio como una burbuja lanzada a cuatro meses de las elecciones para la gobernación local.
En la zona ya había existido una mina al servicio de la federal Comisión Nacional de Energía Atómica, CNEA, pero dejó de funcionar a fines de los ochenta por muerte natural. La yellow cake, o torta amarilla, como se llama por su apariencia a las vetas de uranio, se había agotado.
El anuncio de Scalerandi puede haber tenido un condimento de oportunismo, pero en torno al uranio seguramente a los ambientalistas se les multiplicarán los frentes tanto en Argentina como en Brasil, Colombia, Perú y Chile, donde los proyectos que hasta hace no mucho parecían descabellados serán cada vez más frecuentes.
Desde 2003 el valor del mineral ha realizado una carrera ascendente, y desde hace dos años, cuando la crisis del petróleo, más calentamiento global remozó la energía nuclear para la generación eléctrica, su incremento fue geométrico hasta alcanzar los US$350 por kilogramo en el mercado spot durante junio pasado. “Y a esos valores hasta los pequeños y medianos yacimientos conocidos en el país son económicamente viables”, asegura Roberto Bianchi, gerente de exploración de materias primas de la CNEA.
Precisamente la misma Comisión aportó una de las primeras novedades de la industria del uranio en la región. En julio pasado anunció el ingreso en producción desde agosto del yacimiento Don Otto, en la provincia de Salta, al norte del país.
La mina producirá 30 toneladas anuales con el fin de sustituir parcialmente las 120 toneladas que los argentinos importan para alimentar sus dos centrales nucleares en funcionamiento, a un costo que se reduce “a la mitad”, según aseguran los profesionales de la CNEA.
TRAS LAS MINAS
Con esa ecuación en mente la CNEA ha multiplicado los proyectos. Mientras tiene una pulseada legal con la Provincia de Mendoza para reabrir la mina de Sierra Pintada, que había cerrado durante 1998 porque el precio del uranio a US$25 el kilogramo la había hecho inviable, prevé la puesta en funcionamiento del yacimiento de Cerro Solo en la Patagonia y ha lanzado estudios de cateo en varias provincias.
“Al día de hoy la Comisión tiene reservas razonablemente establecidas de 9,000 toneladas y 3,000 toneladas inferidas, lo que nos permitiría abastecer las dos centrales durante toda su vida útil, y parcialmente a Atucha II (la tercera central que entrará en operaciones para 2011). Pero creemos que podremos sostener siete centrales hasta 2060”, comenta Roberto Bianchi en Buenos Aires.
Pero la CNEA no está sola en su país, al menos en la búsqueda de las tortas amarillas. Gracias a la legislación vigente desde 1995 el uranio es accesible y de libre disponibilidad para el capital privado, con la única restricción que la Comisión tiene prioridad de compra a precio de mercado.
Así una decena de empresas juniors internacionales, como Megauranium, ex MapleMinerals, Frontier Pacific y Calypso, se han lanzado al cateo sobre mapeos confeccionados por el organismo estatal cuando ejercía el monopolio, o en las vecindades de sus yacimientos, cubriendo buena parte del país.
“Precisamente junto a la legislación, el know-how existente en el sector hace de Argentina un destino interesante para la inversión”, dice Carmen Diges, del estudio canadiense McMillan Binch Mendelsohn, de gira por Buenos Aires.
Pero Argentina no está sola en este boom. Brasil, otro de los países del club nuclear latinoamericano, también posee las mayores reservas de uranio en la región: 157,700 toneladas razonablemente aseguradas por un costo de producción inferior a los US$130 por kilogramo, habiéndose explorado sólo un tercio del gigantesco territorio.
El tema es que, a diferencia de sus vecinos, la exploración, extracción y aplicación del uranio es un monopolio federal a cargo de Industrias Nucleares de Brasil, INB, una empresa estatal perteneciente a la Comisión Nacional de Energía Nuclear, CNEN.
Perú, en cambio, sin demanda doméstica, pero una legislación amigable para con la inversión privada, y reservas estimadas entre 25,000 y 30,000 toneladas, ha generado una ola de desembarcos de ávidos buscadores de tortas amarillas.