a Luciano Pavarotti
La voz se apaga pero el eco queda
como el mágico aroma de una rosa
que impregna de perfume, victoriosa,
el sitio que ocupó en la rosaleda.
Ha caído un coloso en la alameda
que ahora se transforma en fría losa
y cubre el gran vacío de una fosa
que grita su dolor en la vereda.
No morirá jamás esa armonía
que hacía resonar con maestría
la música, el arte, la cultura.
La voz del genio que cayó vencido,
la del gigante que se fue dormido,
hoy canta para Dios desde la altura.
Santiago, 09/09/2007