Estados Unidos y el mundo entero cambiaron para siempre, como consecuencia de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono de Washington DC, que ocurrieron hoy hace seis años. Por eso, como dicen los historiadores ahora se habla de antes y después del 11 de septiembre.
Los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 contra Estados Unidos y los que posteriormente han ocurrido en distintas partes del mundo —así como los muchos atentados que han podido ser frustrados—, no son hechos aislados ni responden a causas internas de ninguno de los países que los han sufrido. Por el contrario, son hechos criminales que forman parte de una agresión global contra todo el mundo democrático y no islámico.
En realidad, desde el 11 de septiembre del 2001 hay una guerra de dimensiones planetarias, que para todos los efectos es la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, cabe señalar que esta nueva guerra mundial, que es la guerra contra el terrorismo, es mucho más compleja y será bastante más prolongada que las dos anteriores. Y la situación es todavía más grave, porque el Occidente democrático está sumido en una profunda crisis de valores que le dificulta defenderse y contraatacar vigorosamente, como lo hiciera contra los antiguos totalitarismos.
De modo que da la impresión de que Occidente y Estados Unidos en particular están perdiendo esta guerra. Estudiosos del fenómeno del terrorismo advierten que el problema principal radica en que quienes diseñan las políticas antiterroristas y dirigen la guerra contra el terrorismo, no han aprendido nada o han aprendido muy poco sobre su naturaleza y modo de operación. Aseguran que el error comienza con la misma utilización de la frase “guerra contra el terrorismo”, porque esta no es una contienda bélica común y corriente, en la que uno o varios gobiernos luchan contra otro o contra una coalición de Estados. Y este error no sólo ha impedido derrotar a los terroristas, después de seis años de guerra, sino que más bien los ha fortalecido.
Es cierto que en los últimos seis años en Estados Unidos no se han repetido ataques terroristas como los del 11 de septiembre del 2001; y los atentados ocurridos en otras partes del mundo no han sido tantos, como cabía esperar por la magnitud de la amenaza del terrorismo mundial. Sin embargo, la percepción generalizada que hay es que se está perdiendo esta guerra mundial contra el terrorismo, sobre todo si se considera que la situación de Irak es catastrófica para Estados Unidos y sus aliados.
En realidad, el terrorismo mundial no es una fuerza organizada al estilo tradicional y, por lo tanto, no es dirigido de manera centralizada y vertical, como todos los Estados y movimientos extremistas. Nadie planifica, financia ni ejecuta las actividades terroristas desde un estado mayor centralizado. Las operaciones terroristas son planificadas, organizadas, financiadas y ejecutadas de manera independiente una de las otras. Y con excepción de los ataques del 11 de septiembre del 2001, que fueron perpetrados por terroristas que llegaron a Estados Unidos desde el extranjero, en todos o casi todos los demás casos los terroristas no llegaron desde afuera, sino que se organizaron espontáneamente dentro de los mismos países víctimas de los atentados.
Hay que agregar que en los últimos seis años, algunos países que eran aliados de Estados Unidos pasaron a ser gobernados por partidos y personas que lo adversan y que simpatizan con el terrorismo internacional, al que consideran como un aliado en “la lucha común contra el imperialismo yanqui y el capitalismo mundial”. Tal es el caso de Nicaragua, que cuando ocurrieron los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001 tenía un gobierno amigo y aliado de Estados Unidos, pero seis años después tiene un gobierno que es todo lo contrario y el cual más bien es amigo de los enemigos declarados de EE.UU. que respaldan al terrorismo mundial o simpatizan con él de manera abierta o disimulada.
Por la ideología del actual Presidente de Nicaragua y su reconocida fobia hacia Estados Unidos, sería una ingenuidad pedirle que rectifique la política internacional aventurera que está practicando. Pero es nuestra obligación advertir que el país podría sufrir graves consecuencias, por una insensata alineación con Estados que representan una grave amenaza contra la paz y la seguridad internacional.