- Cosas veredes Sancho amigo
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Sacó dos sillas de plástico de su humilde casita. “Tomen asiento por favor”, pero no había terminado de ofrecerlas cuando “una ventazón” se llevó los asientos que salieron dando volteretas cuesta abajo. “Así son estas ventazones” —dijo don Ciriaco— mientras corría para alcanzar sus dos sillas.
Porque resulta que la vivienda del susodicho está sobre una lomita y esa lomita queda en el centro de un valle cercado por cerros cubiertos de pinos. “Este lugar se llama Salamanca y viera usted amigo cómo pasa ese viento por aquí, unas veces gime como coyote moto y en otras da bramidos como los de un toro que están capando”.
La casita de don Ciriaco es de madera, el tejado es de zinc pero cada hoja, además de estar clavada sobre largueros, tiene encima una piedra grande para que las corrientes de aire no las levanten. Completan el pintoresco hogar de Ciriaco una letrina, unos cuantos palitos de papaya y arbustos de espino negro que “ni para sombra sirven”.
Don Ciriaco Gómez Aguilera nació en 1918 en El Amatillo, pero se crió en San Albino. Actualmente es un activista social que promueve el desarrollo de la clase campesina de la zona norte de Nicaragua. “Por eso casi no me encuentra porque ando de la Ceca a la Meca metido en estas vainas”, dice muy serio.
La verdad es que nos dijeron que era “el rey de los exagerados”, y en ese plan salimos a buscarlo pero descubrimos que es un mentiroso con intermitencias, como si le doliera expresar sus “cobas” cuando ya las ha tirado al aire.
“Pues sí, yo nací en San Albino, el mineral donde trabajó Sandino, para entonces yo era un chigüín y el General era como tío mío.
A mí me encantaba lustrarle los zapatos, se los dejaba muy nítidos, recuerdo que usaba un sombrerón de fieltro y en su vestimenta se esmeraba”.
Le escucho y pongo cara de duda. “Lo que pasa es que todos los veteranos que viven en esta región dicen que conocieron a Sandino”, le digo.
“Bueno —arguye—, eso es cierto. De los que nos criamos en San Albino, yo fui el único porque era el mayor, era el más grande, desde ahí nos fuimos a un lugar que le dicen La América, con Ramón Raudales. Decían que allá había oro, a ver cómo la mirábamos. Eso era lo que le contaba al amigo ese día, que había eso allá y nos fuimos bien divertido con él platicando, contento y todo.
¿Con Sandino?
No, con Raudales. Sacamos la parentela y entonces él me dijo a mí que Juan Gregorio Colindres también era tío mío, varios de ellos eran tíos míos, pero no estuve con ellos en la guerrilla porque entonces era muy chavalo.
¿Dónde definitivamente conoció a Juan Gregorio Colindres?
En San Gregorio, por Murra, sí, sí. Y hasta la vez hay un montón de Colindres por allí.
¿Entonces usted vivió en San Albino y en Murra?
Pues sí, estuve bastante tiempo. Ahí fue donde nos criaron a nosotros.
(Sonríe con satisfacción al decir esto. Pero interrumpe el relato porque un golpe de viento le ha arrancado la gorra y tiene que salir corriendo a recuperarla).
¿Entonces usted fue muy amigo de Sandino?
Ahhhh, sí. Pero en ese tiempo estaba chavalo, muchacho, chigüín. Pero el General era muy chavalero, a él le gustaba jugar con los chavalos, me gustaba andar jugueteando con él.
¿Lo volvió a ver después?
No, ya nosotros de ahí nos venimos para El Amatillo, como campesinos buscando la vida. Después se murió mi papá, se murió mi mamá.
¿Quiénes fueron sus padres?
Mi papá se llamaba Luis Gómez Colindres y mi madre Isabel Aguilera, los dos eran de Macuelizo.
¿Y cómo vino a dar a este lugar que en cosa de ventarrones es peor que El Gancho de la Chica?
Es que yo estoy viviendo ahora por estos lados. Me vine para acá porque me regalaron este pedacito de tierra para que hiciera mi casita, entonces tengo esa casita que hice de ripio en ripio. Pero no crea que siempre es así, a veces no pasan los vientos y se puede trabajar y dormir en calma.
¿Con quién vive aquí?
Con mi esposa, María del Rosario Castellón Rivera, esa mujercita que se está asomando por la puerta.
¿Hace cuánto se casó?
Tengo 17 años de estar casado con ella. Tengo tres hijos y uno que se me acaba de morir, cuatro son los que había. Ese golpe fue muy duro, todavía no me repongo y me siento todo nervioso.
Me dijeron que usted tuvo un accidente hace pocos años, cuénteme.
Pues es que veníamos en una camioneta con el chavalo, ese hijo mío que esta ahí, y bajando por el río que le dicen Alí, la camioneta se dio vuelta. Barán ban ban comenzó a dar volteretas, rodando para abajo. Barán barán barán dio siete barquinazos.
¿Y usted venía contando los barquinazos?
Claro, bien agarrado. Barán barán barán y pum… Quedó clavada, y salimos al pavimento. Ahí caí yo. Y al chavalo no le pasó nada, hasta la última vuelta yo me “apié”, el susto fue tremendo.
¿Venía con este chavalo?
Sí, con el chiquito, este hijo mío, entonces se dio vuelta la camioneta y yo caí en el pavimento, allí caí yo. Siete barquinazos y sólo salí con un brazo fracturado, mire, por eso andaba en San Fernando buscando unas medicinas.
¿Aquí es sano, no hay maleantes?
Sí es sano, pero una vez que andaba vendiendo ropa allá por Sususcayán, unos ladrones me quisieron asaltar. Eso fue en tiempos de la guerra, pero yo andaba una granada que me había encontrada y eso fue mi defensa. Les tiré la granada por un cañazo y explotó. Eran tres ladrones, que supongo se corrieron, yo también me corrí. Se las volé pero no los maté, pero esa fue mi defensa no me robaron. Es que andaba vendiendo ropa yo.
¿Y en asunto de mujeres cómo lo trató la vida?
No serví para eso. Sólo tengo esta esposa y otra que tuve yo, y se me fue para Honduras. Esa era una mujer de ñeque.
¿Ajá, cuéntenos de ella?
¿Qué les cuento? Pues que una vez en tiempos de la guerra llegaron tres contras a buscarme para matarme. Yo me escondí pero esa mujer se les enfrentó a los tres con un machete. No sé qué les dijo pero los azoró y después los sacó de la casa a cinchonazos.
Les daba con el machete en la espalda y en las nalgas y salieron corriendo, era valiente esa mujer, se les paró firme. Pero después se fue para Honduras.
¿Y usted conoce Honduras?
Cuando chigüín fui a El Paraíso, ahí tenemos familia, unos de apellido Avilés. Ellos son de allá, no son nicaragüenses.
¿Qué pasó después?
Me casé con mi esposa y después me vine a trabajar aquí, a este lugar. Y aquí estoy.
¿Y qué tal le salió la esposa?
Buena, es buena
¿Y a qué se dedica con especialidad?
Tengo 81 años y no estoy haciendo nada porque no puedo, estoy imposibilitado de esta mano, no puedo trabajar, hermano, ahorita estoy de balde.
¿Y las siembritas?
No, es que como aquí no se siembra nada, mire esas matitas de maíz cuesta que crezcan. Pero primero viví en Mozonte, donde don Emilio López. Después estuve en Orosí trabajándole a una señora, fue cuando se me mató el niño en la bicicleta.
¿Cómo fue ese accidente?
Un vehículo se los pasó llevando. Figúrese que no nos dimos cuenta de cómo fue, porque cuando llegamos ahí ya estaba casi muerto, todavía vivía cuando lo trajimos a Ocotal, ella fue la que lo llevó, yo me quedé en la casa. Nunca se supo quién fue el que lo arrolló. Tenía trece años mi muchachito.
¿Se echaba sus traguitos de vez en cuando?
Sí, bebí guaro bastante, 25 años bebí guaro, pero por mi señora, yo acepté al Señor y me concentré en las cosas del Señor. Así dejé de fumar y de tomar. Lo único malo es este brazo fracturado, aquí ando los papeles que me dio el doctor, conseguí una medicinita ahí y con eso estoy un poco más mejor.
¿De qué está viviendo ahora?
De nada porque, como sólo yo trabajo. Pero diga usted, por favor que necesitamos que nos pongan el agua porque aquí comprarla resulta muy caro, de repente hasta el agua no vamos a beber.