Muerte en el campo

[email protected] Carl Mays se balanceó en la loma y soltó una bola submarina que dio la impresión de haber hecho contacto con el bate de Ray Chapman. Mays bajó rápido de la colina, fildeó la pelota y tiró a primera para ponerlo out. Pero aquel sonido fuerte había sido el impacto del disparo de Mays […]

[email protected]

Carl Mays se balanceó en la loma y soltó una bola submarina que dio la impresión de haber hecho contacto con el bate de Ray Chapman. Mays bajó rápido de la colina, fildeó la pelota y tiró a primera para ponerlo out.

Pero aquel sonido fuerte había sido el impacto del disparo de Mays en la cabeza de Chapman, quien no se puso fuera de la ruta del lanzamiento. Presumiblemente porque ni siquiera vio el lanzamiento.

Doce horas después del golpe, ocurrido el 16 de agosto de 1920, Chapman falleció en un hospital de Nueva York y se convirtió en el primer Grandes Ligas muerto como resultado directo de un incidente dentro del campo de juego.

La noche del domingo, ocurrió otra muerte. La de Mike Coolbaugh, coach de primera base de los Drillers de Tulsa, equipo Doble A, afiliado a la organización de los Rockies de Colorado.

Coolbaugh, de 35 años y de un breve recorrido por el big show, fue víctima de un violento batazo conectado por Tito Sánchez, que no le dio ninguna oportunidad para esquivarlo y falleció mientras era trasladado a un hospital en Little Rock.

Tras la muerte de Chapman, se instauró la regla de cambiar la bola cuando está sucia y aunque se debatió bastante en torno a la necesidad de protección, fue hasta 30 años después que se estableció la orden para utilizar los cascos.

Ahora de nuevo se discute sobre la protección que tienen los coaches, situados por lo general a sólo 90 pies del homeplate, o los lanzadores, a apenas 60.6.

A los coaches se les ve dando señas o enviando corredores y su papel en el engranaje de un equipo no está en discusión, pero la muerte de Coolbaugh trae de nuevo a la superficie, el tema de la protección.

Los lanzadores sueltan disparos de hasta 95 millas y estudios señalan que tras el contacto con el bate, pueden acelerarse hasta 200. Y a esa velocidad, ni siquiera buenos reflejos son garantía de protección.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí