El ser ordenado, ¿es una virtud?

A veces los padres permitimos o incentivamos el desorden El principio de cada actividad tiene su momento en el día o en la semana. Y cada objeto su sitio. Todo tendrá sentido si ponemos orden. Existe en la disciplina de Física, un término que se estudia en termodinámica denominado Entropía y el mismo se define […]

A veces los padres permitimos o incentivamos el desorden

El principio de cada actividad tiene su momento en el día o en la semana. Y cada objeto su sitio. Todo tendrá sentido si ponemos orden. Existe en la disciplina de Física, un término que se estudia en termodinámica denominado Entropía y el mismo se define como la tendencia al desorden.

Cuando después de una jornada dura de trabajo tratamos de descansar, hacer el mínimo esfuerzo, relajarnos y olvidarnos un poco de los problemas; posiblemente al otro día que abra los ojos, ya encontrará todo un desorden: la ropa tirada en cualquiera de los muebles de la sala, los zapatos fuera de su lugar, en fin un total desorden.

Usted pensará que con toda la razón, pero le recuerdo que estamos planteando que el ser ordenado es una virtud (significado de virtud: eficacia para conservar o restablecer; recto en el modo de proceder; poder o potestad de obrar), lo cual implica el establecimiento de una diferencia, por lo que podemos carecer de ese “don” en cuanto a poner las cosas en su lugar, en establecer prioridades. Hay personas que consideran que pueden ser desordenados, pero que siempre encuentran lo que buscan, sino se lo cambia de sitio.

El ser desordenado va estrechamente relacionado con la pereza —entiéndase la falta de esfuerzo—, es decir, dos anti-virtudes que se encuentran como los polos Norte y Sur de cualquier imán. Pero acaso ¿el desordenado nace o se hace?

En muchas ocasiones los padres permitimos o incentivamos el desorden, por ejemplo: que cada hijo tenga su televisor en su cuarto; si le permitimos que puedan alimentarse en la cama, viendo la tele. Y para colmo cuando papá o mamá no están seguros de cómo van sus hijos en la escuela y simplemente se justifican porque ya el niño o la niña tienen 22 años y son responsables de sus propias acciones.

Una responsabilidad importante, la cual debe ser asumida por los padres, es que nuestros hijos dejen de ser entrópicos o desordenados, pero si bien algunos lectores pueden pensar que los ejemplos citados resultan nimiedades, tonterías en una palabra, les argumentaría que: Esta vida está llena de “tonterías”, detalles insignificantes que sumados son capaces de dar al traste con una familia entera.

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