A como anda la política en Nicaragua, no sería raro que el ex presidente Arnoldo Alemán —quien ahora se encuentra en la condición jurídica de reo—, termine imponiéndose como líder de la unidad o alianza de las fuerzas que se oponen al autoritarismo de Daniel Ortega. Inclusive, se sabe que para darle mayor fuerza a esa pretensión el doctor Alemán quiere ser el próximo presidente del PLC, pero como al parecer aún no las tiene todas consigo, ha pospuesto la elección de autoridades de dicho partido que debía realizarse el próximo 11 de julio.
“Alemán es una realidad que no se puede desconocer”, se dice con insistencia en distintos círculos políticos. De hecho sólo los partidos minoritarios Conservador y MRS, son los que sostienen con firmeza el rechazo a una alianza alrededor del ex presidente Alemán. La misma actitud mantiene el presidente de ALN, Eduardo Montealegre, pero es notorio que su posición está sometida a una presión contraria cada vez más disuasiva.
A nuestro juicio, el doctor Alemán no es un desafortunado líder democrático que por las acusaciones de corrupción que le imputó el ex presidente Enrique Bolaños, cayó en la deplorable situación de rehén político de Daniel Ortega y el FSLN. El verdadero problema de Alemán radica en que él pactó voluntariamente con Daniel Ortega, para establecer en Nicaragua una dictadura bicéfala —del FSLN y el PLC— ; para liquidar el pluralismo político mediante la eliminación de la competencia electoral de terceros partidos; y para repartirse los principales y más beneficiosos cargos en los diferentes poderes del Estado.
Otra cosa es que Ortega se ha aprovechado del juicio y de la sentencia por corrupción contra Arnoldo Alemán, la cual fue dictada por una juez sandinista, para llevarse la parte del león en los beneficios del pacto y para poner prácticamente a sus pies al líder del PLC. Pero en esta sórdida historia el doctor Alemán es mucho más culpable que víctima, y si los políticos democráticos quieren reconocerlo como líder para enfrentar el autoritarismo de Ortega, deberían pensarla mucho antes de dar ese paso.
Lo primero que hay que preguntarse es si el doctor Alemán representa realmente la salida de la grave situación en que se encuentra actualmente la democracia nicaragüense, o si por el contrario él mismo es parte del problema. Visto desde la perspectiva democrática, el problema principal de Nicaragua es que Daniel Ortega está restaurando el autoritarismo de los años ochenta y quiere llevar el país hacia el totalitarismo del siglo XXI. Pero Ortega no es ahora Presidente de Nicaragua por el voto mayoritario del pueblo —pues más bien dos tercios de los electores votaron contra él y su proyecto dictatorial—, sino porque Alemán se lo facilitó con el pacto y la fórmula del 35 por ciento.
El doctor Alemán ni siquiera se ha arrepentido de ese grave daño que le hizo al país. Y aunque se arrepintiera, ¿quién garantiza que después de ser colocado al frente de las fuerzas democráticas no volvería a pactar con Ortega? Esto es bastante posible no sólo por las afinidades personales, caudillistas, de Alemán con Ortega, sino también porque según los ideólogos del FSLN y el PLC entre estos hay más coincidencias ideológicas y políticas que diferencias. Por lo tanto, sostienen que estas nuevas paralelas históricas deben compartir o alternarse en el poder.
Se dice que por la crítica situación que impera actualmente en el país, hay que correr el riesgo de reconocer el liderazgo de Alemán, pues no existe otra alternativa y en todo caso entre dos males se debe escoger el menor. Sin embargo, las encuestas demuestran que la mayoría de los nicaragüenses, inclusive entre los liberales, no quiere ver a Arnoldo Alemán en una alianza democrática. Lo cual significa que sí es posible forjar una alternativa verdaderamente democrática y confiable, fundada en principios éticos, que se oponga eficazmente al autoritarismo de Daniel Ortega y sea capaz de derrotarlo.
De manera que los líderes democráticos deben reflexionar muy bien antes de tomar una decisión. Y en todo caso, el ex presidente Alemán y su partido deben dar muestras convincentes de que se puede confiar en ellos, por ejemplo con acciones democráticas conjuntas en la Asamblea Nacional.