En Nicaragua las fuerzas democráticas tienen al menos dos grandes ventajas sobre las de Venezuela, Bolivia y Ecuador, en la búsqueda de cómo impedir la consolidación de la nueva dictadura absolutista, de izquierda y populista que pomposamente llaman “socialismo del siglo XXI”.
La primera ventaja es que, a diferencia de Venezuela, Bolivia y Ecuador, donde las poblaciones de esos países eligieron por amplia mayoría de votos a Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa respectivamente, en Nicaragua Daniel Ortega fue elegido con una minoría de sólo el 38 por ciento de los votos, gracias a una mañosa y antidemocrática reforma constitucional derivada del pacto con Arnoldo Alemán, que estableció el umbral electoral presidencial del 35 por ciento.
La segunda ventaja que tienen los demócratas nicaragüenses sobre los venezolanos, bolivianos y ecuatorianos, es que la población de Nicaragua conoce muy bien qué significa en realidad el socialismo, sea del siglo XX o del siglo XXI: pérdida de las libertades individuales y colectivas; distorsión totalitaria de las instituciones democráticas; escasez de los bienes de consumo y hasta de los alimentos más indispensables mientras los miembros de la nomenclatura se abastecen de todo en tiendas especiales; destrucción de la economía nacional; militarización de la sociedad; espionaje político y social; aventuras internacionales y conflictos con los países vecinos; y en fin, todas las calamidades que la mente puede imaginar.
En realidad, los 17 años que han pasado desde que las fuerzas democráticas unidas pusieron fin, mediante el voto popular, a la primera dictadura sandinista, son poco tiempo para olvidar todas las calamidades que se sufrieron en aquel entonces. A las grandes masas de pobres de Venezuela, Bolivia y Ecuador, las pueden engañar con el cuento de que a cambio de sacrificar la libertad y la democracia el socialismo —del siglo 21 o de cualquiera otra época— las sacará de la pobreza y los va a hacer felices; y pueden creer que bajo los regímenes de Chávez, Morales y Correa van a correr los ríos de leche y miel. Pero en Nicaragua nadie puede olvidar que durante la primera dictadura socialista de Daniel Ortega, se perdió la libertad y no hubo democracia; y que lo que corrió fue torrentes de llanto y de sangre derramados por un pueblo que en aquella ocasión fue engañado y traicionado, pero que ahora difícilmente dejará que otra vez lo engañen y traicionen.
Sin embargo, hay que estar claros de que el nuevo impulso dictatorial de Daniel Ortega no se va a detener por sí mismo; hay que detenerlo y derrotarlo y esta vez debe ser para siempre.
Ahora bien, si fue por la traición de Arnoldo Alemán a la democracia que Daniel Ortega pudo ganar la Presidencia de la República, es lógico que también se debe culpar a Alemán porque ahora Ortega está pasando por encima de la ley, atropellando inclusive a algunos de sus propios ministros, tratando de crear las condiciones necesarias para —mediante otra reforma constitucional espuria que espera le facilite el caudillo del PLC— poder imponer legalmente su república de consejos. De modo que es absurdo que Alemán participe en la unidad para salvar la democracia, y mucho menos que la encabece
Unidos, el PLC, ALN y el MRS tienen 51 votos en la Asamblea Nacional, cuatro más que los necesarios para asumir el control de la agenda legislativa y la conducción del Parlamento, así como para frenar el ímpetu autoritario de Daniel Ortega, quien se aprovecha de la desunión de las fuerzas democráticas.
Juntos, los tres partidos de oposición no pueden reformar la Constitución pero sí pueden impedir que se reforme en provecho de Ortega, siempre y cuando ni el PLC ni la ALN le den al FSLN los votos que necesita para reformarla e imponer la dictadura enmascarada en una tal república de los consejos.
Juntos, esos tres partidos democráticos podrían derrotar al FSLN orteguista en las elecciones municipales del próximo año y ganar las nacionales del 2011, y de esa manera recuperar el poder para una nueva democracia renovada y fortalecida.
Lo único que hace falta es que las fuerzas sanas del PLC —que seguramente las hay— liberen a su partido de la hegemonía de Arnoldo Alemán y participen en la gran unidad democrática para la salvación de Nicaragua. Lo único que hace falta es que tengan valor cívico para hacerlo.