Entro en la zona oscura,
en la que me precipitaste
jugando a las cartas,
con los dados cargados
y una frialdad curtida
por el tiempo.
Sin compasión ni atenuantes.
Burlándote de todo
sin reparos ni misericordia.
Yo que te tuve al alcance
de mi la ballesta.
No está en mi naturaleza
sacrificar a nadie,
aun a quien me entregó
su corazón
como si se tratara
de un contrato de alquiler
nada más que las prendas
cedidas fueron las más íntimas.
Ciego no vi venir
la traición envuelta en mermelada.
Pero aquí me tienes de nuevo
tentando a la fortuna
pese a tus malos augurios
brindándome a la vida
y esperando un nuevo amor.