- El trabajo de cartero se ha visto siempre como un oficio romántico: el hombre uniformado montado en bicicleta con un bolso de cuero colgado al hombro repartiendo correspondencias. Pero el oficio va más allá. Tres carteros —que en total suman 89 años de experiencia— cuentan sus historias, desde la entrega de telegramas hasta el desarrollo de servicios express
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Los habitantes de Jinotega temían que Arnulfo Gutiérrez tocara a sus puertas. Su llegada era el presagio de una mala noticia. Él salía de la pequeña oficina de Correos de la ciudad y a toda prisa recorría las cuadras que lo separaban del destino grabado en el sobre del telegrama que transportaba. Si el sobre llevaba el número 22, su destinatario sabía que era algo grave: en la mayoría de los casos significaba la muerte de un pariente.
Cuando su superior le entregaba un sobre con el número fatídico, Gutiérrez sudaba frío. A su cabeza venía el impacto que causaría en el destinatario conocer la noticia que transportaba: ¿sería la muerte de un hermano, de una madre, de un hijo o de algún familiar lejano? Ojalá que se trate de otro tipo de urgencias, pedía en su interior.
Tomaba el sobre y salía disparado. No importaba si el destino quedaba a una cuadra o seis kilómetros. No importaba si lloviera o fuera ya de noche. Lo importante era el número 22 impreso en el sobre, que le daba esa prioridad de entrega urgente. “Me moría de pena cuando lo entregaba, porque la gente sabía que eran malas noticias”, afirma.
Gutiérrez tenía 14 años cuando recorría las calles jinoteganas entregando telegramas ganando 250 córdobas al mes. Ese fue el inicio de su trabajo como cartero y de su relación con el sistema de correos que ya dura más de 40 años.
Entregar telegramas era trabajo de principiantes y Gutiérrez tuvo que aguantarlo durante dos años trabajando sin horarios. Al cabo de ese tiempo lo ascendieron a cartero, lo que suponía un triunfo en ese mundo paralelo que es el correo.
En Jinotega sólo había dos carteros que se recorrían a pie la ciudad, dividida en “arriba” y “abajo”, entregando las cartas y paquetes. En un día normal de trabajo, es decir cuando no había fechas festivas, Gutiérrez transportaba entre 300 y 400 paquetes. Al principio lo hacía a pie, pero después vino el “triunfo” de la bicicleta que le permitió repartir con mayor rapidez la correspondencia, amarrada con mecates a su nuevo vehículo.
“En Jinotega la gente me tenía cariño. Muchas veces hasta me daban de almorzar cuando llegaba con las cartas. Había una zona de la ciudad llena de comercios chinos, que en Navidad nos daban regalos. ¡Salía con cajas de regalos!”, recuerda este hombre que pasó cinco años trabajando como cartero en Jinotega, hasta que tuvo la posibilidad de trasladarse a Managua a trabajar en las oficinas centrales de Correos.
De cartero pasó a jefe de una sucursal, manejando la Oficina de Correos ubicada en el Centro Comercial Managua, donde trabajó durante ocho años. En la capital conoció a su esposa, Dora Castillo, quien trabajaba en el Palacio de Correos.
Más de cuarenta años después de haber iniciado entregando telegramas, Gutiérrez es ahora supervisor de correspondencia en el Palacio, ese viejo edificio corroído por el tiempo que se ubica en el antiguo centro de Managua, ahí, detrás del nuevo Palacio de Telecomunicaciones, símbolo del progreso y que pone en jaque la supervivencia del correo tradicional.
“Ahora las cosas son más fáciles. Todo está computarizado, hay nuevos servicios. Las cosas han cambiado y todo se debe a las nuevas tecnologías”, explica, mientras supervisa el trabajo del personal a su cargo, la mayoría jóvenes, quienes tienen que garantizar el buen estado de la correspondencia que llega al Palacio.
“HAY TIRE ESA BABOSADA”
Paulino Ramírez, de 53 años y con 33 como cartero, comparte la afirmación de Gutiérrez. Este hombre ha recorrido Managua desde los 20 años repartiendo correspondencia, experimentando no sólo el cambio en el sistema de correos, sino en el mapa geográfico de la ciudad.
“El trabajo ahora es más fácil por el avance de la tecnología”, dice, mientras saca un cigarro y se prepara para encenderlo. “Antes nos recorríamos la ciudad a pie, entregando las cartas, caminando hasta 40 kilómetros diarios por todos lados de Managua. Ahora hay motos y servicios especializados”, agrega.
Se refiere a los envíos especiales de documentos (conocido como EMS), del que hacen uso principalmente las empresas y que en la mayoría de los casos se trata de entregas que deben ser despachadas con urgencia. A esto se une la implementación de sistemas informáticos que permiten rastrear los paquetes, para asegurarse que lleguen a su destino, explica Alfonso García, divulgador de Correos de Nicaragua.
Precisamente las nuevas formas de comunicación han reducido el volumen de envíos destinados a diferentes partes del mundo. Datos de Correos de Nicaragua muestran que en el 2000 los envíos ascendían a un millón 441 mil paquetes, pero desde el 2005 se registra un descenso del 61 por ciento, que implican 877 mil envíos menos.
En Correos de Nicaragua trabajan 560 personas, que tienen a cargo todo el sistema de distribución de la correspondencia que llega y sale del país. Gutiérrez explica que estas personas reciben los paquetes y cartas que llegan vía avión y se encargan de despacharlos en camiones hacia las 39 sucursales de Correos que hay en todo el país, donde se hace la distribución hasta el destinatario final.
La planta baja del Palacio de Correos es un ir y venir de gente cargando paquetes y sacos llenos de sobres. Se calcula un volumen diario de dos mil cartas y paquetes que deben ser distribuidos y enviados. Los trabajadores seleccionan los sobres según la región de destino. Aquellos que no cuentan con una dirección exacta son embodegados para ser devueltos a los remitentes.
Sólo en Managua se calculan unos 70 carteros que salen de las sucursales de Correos para distribuir la correspondencia por toda la ciudad, en horarios de 8:00 a.m. a 5:00 p.m. Una de las principales diferencias que existen ahora es el cambio en el contenido de la correspondencia. Antes, la mayoría eran paquetes o cartas de familiares o de amigos; hoy la mayoría —“un 90 por ciento”, según Ramírez—, es correspondencia comercial, recibos de servicios públicos o estados de cuenta de tarjetas de crédito.
“La gente de antes era más educada. Uno llegaba a una casa y la gente lo trababa bien, nos hacía pasar. Hoy la gente se enoja cuando uno llama a la puerta, no les gusta que los interrumpan. Sólo nos dicen ‘hay tire esa babosada’, y a veces ni quieren agarrar los estados de cuenta”, explica.
DIRECCIONES DESORDENADAS Y ESPOSOS CELOSOS
Pero tal vez el mayor cambio en la función de los carteros que trabajaban en Managua no vino de parte de los avances tecnológicos, sino de un desastre natural. El terremoto de 1972 que destruyó la capital trastornó la forma en la que los carteros estaban acostumbrados a hacer sus recorridos, guiados por “direcciones exactas” de las avenidas.
Después del desastre vino el caos. Managua creció antojadizamente, con una cantidad de barrios cuyos nombres algunas veces se repiten y con direcciones tan inexactas como “del Arbolito tres cuadras al lago”, “en el Reparto Schick, de donde fue el tanque rojo…”, “de la Estatua de Monseñor Lezcano…” Toda una pesadilla para los carteros y una verdadera prueba para su sentido de orientación.
La violencia en Managua es otro de los problemas que afecta a los carteros, explica Miguel Gómez, quien lleva 16 años en el trabajo. Dice que a muchos de sus compañeros les han robado las bicicletas y hasta las motos, cuando se descuidan para entregar algún paquete. “A uno de ellos le rajaron la cabeza con un machete sarroso cuando se negó a darle un córdoba a un joven que se lo pedía en el barrio Germán Pomares”, dice.
“Actualmente esta es una profesión de riesgo. Tenemos que enfrentarnos a la violencia, el fuerte tránsito de la ciudad y a una mayor contaminación”, explica Gómez, quien sin embargo no deja de ver estos problemas con cierta gracia, como por ejemplo, cuando cuenta el día en que a un amigo suyo un esposo celoso lo persiguió por todo el barrio cuando le entregó una carta en la que le informaban que “su esposa se las pegaba”.
“Lo persiguió con un machete como sí él tuviera la culpa. Si no fuera por los vecinos que intervinieron quién sabe qué hubiera pasado. La gente no comprende que nosotros no tenemos la culpa del contenido de las cartas”, se excusa Gómez.
Pero a pesar de esos riesgos, los tres carteros coinciden en que su trabajo “es uno de los mejores del mundo”, y no se arrepienten de haberlo escogido, aunque denuncian los cortes de beneficios hechos por las últimas administraciones, como dejar de entregar zapatos ortopédicos o el financiamiento total en la entrega de anteojos.
“Este es un oficio honesto. Nos toca llevar los secretos de la población. Cargamos con buenas o malas noticias. Todo el que trabaja en Correos se enamora de este trabajo. Es un servicio social, el correo no puede estar separado de la humanidad”, dice Miguel Gómez.
LA “BIBLIA” DE LOS CARTEROS
En el Palacio de Correos, Arnulfo Gutiérrez consulta la “biblia” de los carteros. Es un libro de gran tamaño, de color negro y rojo, que reúne los códigos postales de las ciudades más remotas, esas que la mayoría no sabe siquiera que existen. Siempre lo consulta, tomando en cuenta que en este edificio se manejan a diario dos mil cartas y paquetes, algunos con destinos tan remotos como la India, Pakistán, Japón, Rusia y hasta la gélida Groenlandia.
Él se encarga de manejar a este pequeño ejército de hombres y mujeres jóvenes que se pasan los días en la planta baja del viejo Palacio —un gigante que parece a punto de desplomarse por el cansancio— seleccionando sobres, sellándolos, codificándolos, despachándolos. Ellos encierran la esperanza del sistema de correos, la garantía de su supervivencia.
“Me siento a gusto con mi trabajo porque es un servicio al pueblo. Los ciudadanos se sienten satisfechos de recibir su correspondencia. Puede desaparecer cualquier cosa, pero menos el correo”, sentencia este hombre mientras toma un sobre amarillo proveniente de Arizona con destino a Estelí.