- Alguien ha dicho que “genio y figura desde que nace hasta la sepultura”, pero el niño que después sería conocido como Koriko nunca sintió vocación de cronista deportivo. “No pasaba por mi mente, me atraía más jugar beisbol con mis ‘yuntas’ del colegio Rubén Darío”, dice ahora ya adulto
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A las siete de la mañana todo era silencio en la sala de redacción de LA PRENSA. Editores, reporteros y fotógrafos leíamos los diarios para conocer lo publicado por la competencia y, sobre todo, para analizar las notas que habíamos escrito el día anterior y evaluar nuestros aciertos y errores.
Esa calma analítica se interrumpía cuando entraban al salón como tromba Koriko y Eugenio Leytón. Daban la impresión que eran como Tuco y Tico, las urracas parlanchinas de los cortos del cine. Hablaban de las grandes jugadas del beisbol de anoche, del triunfo del “Ratón” Mojica ante Chartchai Chionoi, las hazañas de Walberto López en tenis de mesa y, entre otras cosas, de la canasta milagrosa que dio el triunfo al equipo de basquet de la Milagritos Castillo (“Bomboncito”, decía Leytón dándose un beso prolongado en la punta de sus dedos, mientras Koriko sonreía beatífico, moviendo la cabeza de arriba abajo en señal de sabrosa aprobación).
Así, en entusiasta alharaca, comentaban de futbol, ajedrez, tenis, atletismo, carreras de caballos y, además, corrían al teletipo para saber los resultados de las Grandes Ligas y del boxeo internacional con sus estrellas, Joe Louis, Cassius Clay, Jersey Joe Walcott, Rocky Marciano, “Kid Gavilán” y muchos más. Luego se repartían el trabajo y quedaban silenciosos aporreando sus máquinas de escribir.
UN VIEJO AMOR POR EL BEISBOL
De eso hace mucho tiempo. Leytón va a cumplir siete años de haberse ido a escribir las crónicas deportivas del cielo y dejó martillando teclas, en este paraíso terrenal, al rubicundo Edgar A. Castillo, conocido popularmente como Koriko. Ambos eran el “non plus ultra” de una narración deportiva objetiva, exacta, clara y precisa, sin la verborrea, especulación, grandilocuencia, exageración, suficiencia y “figureo” que utilizan en su quehacer algunos cronistas de hoy.
De Koriko cuenta don Leonardo Lacayo Ocampo (DON) que allá por 1939, cuando nuestro héroe tenía doce años, se colocaban con un amigo en las afueras del viejo estadio de “La Peni” a esperar que alguien sacara la pelota de “foul” para capturarla y entregarla en la puerta, así ambos podían entrar gratis a ver los juegos de beisbol.
Sin embargo, el mismo DON, añade: “Para hablar de la vida de Koriko es necesario escribir un libro”, y rindiéndole el charro agrega: “Él es el hombre computadora”.
Nació Koriko el 31 de mayo de 1927 en el barrio Santo Domingo, fueron sus padres don José Castillo Lacayo y doña Elsa Rosa Pedroza. “La casa donde nací estaba cerca de la cantina El Buen Manojo donde se jugaba billar. Yo me asomaba pero no entraba, porque en ese tiempo se consideraba al billar como vicio y vagancia. Pero mi pasión era el beisbol, que comencé a jugar con mis compañeros de la escuela del maestro Julio Vásquez y ya en secundaria con mis amigos del colegio Rubén Darío, del padre Marco Antonio García”, recuerda Koriko.
JUSTO SANTOS JUGABA BEISBOL
No tiene Koriko que hacer mucho esfuerzo para recordar sus primeras andanzas como jugador de beisbol. “Comencé en un equipo llamado Juan Domingo Perón, ahí conocí a Néstor Ramiro Cuadra, al después doctor Leonte Valle López, al doctor Castillo Alemán y a Nachito Bendaña”.
(Hace Koriko un paseo mental por aquellos numerosos campos de beisbol que existían en la vieja Managua, su sonrisa parece un arco iris al revés, sus recuerdos son gozosos. Desfilan en su mente los paradigmas juveniles: Stanley Cayasso, Sam Garth, Timothy Mena, el “Chino” Meléndez, Culvert Newell y tantos otros…).
“En uno de esos campos de Managua jugaba mi hermano, Ramiro Castillo ‘El Lobo’, y algo especial, ahí conocí como jugador de beisbol al inolvidable guitarrista y compositor Justo Santos, de esos campos de Managua salieron excelentes deportistas”, dice.
¿Cuándo te da la picazón de escribir crónicas deportivas?
Yo era un chavalo juguetón y jodedor al que le gustaba el beisbol. Ni por asomo pensaba escribir ni una letra. Pero esa pasión que sentía por el beisbol me llevaba a leer a los grandes cronistas de aquella época, como don Leonardo Lacayo Ocampo, Chale Pereira Ocampo, Ernesto Bunge “Míster Hit”, Chepe Chico Borgen y Manolo Cuadra. Todos ellos tenían estilos descriptivos diferentes pero con las mismas cualidades, eran amenos, acuciosos, estudiosos, ágiles, dominaban el correcto manejo del idioma y no olvidaban, sobre todo, que el deporte tiene hondo contenido humano.
Muy bien, pero… ¿qué pasa después?
Me bachilleré y entré a la Escuela de Mecanografía y Comercio de don Fidel Saballos, ahí logré el título de Mecanógrafo y comencé a buscar trabajo, lo encontré en las oficinas de S. Atha donde era office boy. Tenía que entregar medicinas a domicilio y por eso andaba con una caja de cartón al hombro. Poco a poco me vieron cualidades y de repente me vi nombrado jefe de una sección importante en la oficina.
Me parece que ya en esos años Cupido había hecho estragos en tu alegre corazón.
Ya cumplí 59 años de estragos felices. Me casé a los 21 años con la bella profesora Elba María Guerrero. Yo estaba más enamorado que un colegial y a los seis meses de “jalencia” le propuse matrimonio, esperaba que me dijera que no, que nos diéramos más tiempo, pero, ¿cuál es mi susto que me dice que sí? Me hizo salir en carrera para Boaco a pedir el consentimiento de sus padres. La Elbita es maestra normalista, pero después de graduarse vino a Managua a estudiar enfermería, aquí trabajó como enfermera visitadora en tiempos del ministro Leonardo Somarriba. (Habla de la Elbita como quien declama las alabanzas a la Virgen María, se nota que doña Elbita tiene la pegada de Rocky Marciano. Allá en la puerta, sentada en una mecedora, entre remiendo y remiendo, ella escucha y goza con las cosas de su Koriko).
¿Entonces no fue una metida de pata que le pidieras casamiento?
¿Qué puedo decir después de 59 años? En aquel momento sentía apuro porque me la podían quitar. Tenía 18 años y como dicen “me echo cola de mico”. Nos casamos el 21 de diciembre de 1948. Debo decir que el papá de Elbita, don Carmen J. Guerrero, era en ese entonces cajero de la sucursal del Banco Nacional, agente de la Lotería y distribuidor de LA PRENSA en Boaco.
¿Y cuántos hijos hubo de tan feliz matrimonio?
Ocho. Seis mujeres y dos varones, uno de éstos ya fallecido. Por ahora tenemos 15 nietos.
35 AÑOS METIDO EN LA CRÓNICA
¿Qué pasó después de tan agitado matrimonio?
Lo que tenía que pasar, me fui a Boaco a buscar trabajo y logré “pegue” en la jefatura política, pero al mismo tiempo conseguí la corresponsalía de LA PRENSA. Enviaba mis notas sorteando al destino pues como empleado público no podía criticar al Gobierno. La gente me decía: “Ve Koriko por esas tus notas te van a dejar sin empleo”. “A mí no me importa eso, —respondía— lo que me importa es decir la verdad y que las cosas se corrijan”.
Un día vino a Boaco Armando Arce Flores (quien publicaba en LA PRENSA una columna llamada Calma Jolea), le pedí que si había una oportunidad para mí, que me avisara. Así fue, él me avisó y me vine a Managua, en ese tiempo el doctor Pedro Joaquín Chamorro estaba preso por los sucesos de abril de 1954. LA PRENSA necesitaba a alguien que entendiera de contabilidad y que supiera redactar y escribir a máquina. “Yo sé todo eso y más”, les dije. Me quedé y allá a los pocos meses me nombraron secretario de don Pablo Antonio Cuadra, me tocaba hacer pedidos y atender a la gente.
Un día me concedieron salir a la calle como reportero, ayudaba llevando noticias deportivas y así fui aprendiendo, después tomé un curso de periodismo que impartió una profesora mexicana y al poco rato estaba escribiendo para la página de Deportes. En eso pasé muchos años hasta que sufrí un moderado derrame cerebral y pensando aminorar mi ritmo de trabajo me nombraron jefe de corresponsales.
Al tiempo me jubilé después de 35 años de trabajo en LA PRENSA, sufriendo junto con el doctor Chamorro y mis compañeros periodistas todo lo que el somocismo hizo contra el Diario, censuras, prisiones, asaltos, bombardeos, persecuciones y terremotos.
EN ALEGRE BOHEMIA
¿Y de esa yunta que hiciste con Leytón, qué me puedes decir?
Fue una amistad grande porque él estaba en Flecha y de ahí pasó a LA PRENSA. Yo entré en el 54 y él en 56. Con él hice una buena amistad, todos los sábados nos íbamos a tomar unos tragos donde la “Vieja Maldita”, allá por Cristo del Rosario. Pero no íbamos solos sino en romería, nos acompañaban Panchito Bravo, Fuentitos, Horacio Ruiz, Gustavo A. Montalbán, el gordo Oscar Guevara, Guillermo Ortega, Víctor Acevedo. A estos se agregaron los periodistas de la nueva camada que egresaron de la UNAN en los años sesenta, Filadelfo Alemán, Juan Maltés, Anuar Hassan, Mario Fulvio Espinosa y Bayardo Arce. La romería comenzaba a las cinco de la tarde sin hora de salida.
Alrededor de una mesa de tragos se contaban chistes, a veces abordábamos asuntos culturales, hazañas deportivas y bromas de todo género. Otras cambiábamos la seña y nos íbamos donde Pedro Tuco, a Sangre y Arena, o las Torres Bermejas, o bien, a Las Cinco Hermanas. Fue una bohemia sana, con muchas situaciones agradables y pocas desagradables, nos dejó, además, experiencias inolvidables que contar a nuestros hijos.