Sugar Ray Leonard (dcha.) no saltaba como favorito ante Marvin Hagler, pero demostró que estaba listo para brillar. (LA PRENSA/ARCHIVO)

Parecía un “suicidio”

[doap_box title=»Lo discutible» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Dave Moretti, vio ganar a Hagler 115-113, en tanto Lou Filipo mostró una puntuación al revés en su tarjeta, 115-113 a favor de Leonard. El tercer juez, JoJo Guerra, consideró ganador a Leonard 118-110, cifras correspondientes a una pelea diferente a la vista. Sin duda, fue una batalla difícil de […]

[doap_box title=»Lo discutible» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Dave Moretti, vio ganar a Hagler 115-113, en tanto Lou Filipo mostró una puntuación al revés en su tarjeta, 115-113 a favor de Leonard. El tercer juez, JoJo Guerra, consideró ganador a Leonard 118-110, cifras correspondientes a una pelea diferente a la vista.

Sin duda, fue una batalla difícil de juzgar dependiendo de los ángulos visuales y el control de las emociones. Sólo cuatro de los doce asaltos, recibieron un fallo unánime, el primero, el segundo y el sexto para Sugar, y el quinto total de Hagler.

La pregunta, ¿cómo fue posible que el juez Guerra viera a Leonard ganar 10 rounds y perder sólo dos?, encuentra algún soporte en que los tres jurados, sólo coincidieron en un round para Hagler, y todos al fijar su votación se sentían caminando en el filo del precipicio de lo incierto.

Después que Hagler estuvo atrás en cinco de los primeros seis asaltos, reaccionó en los siguientes tres, consiguiendo ser favorecido por dos de los tres jueces, excepto Guerra, en cada uno de ellos.

Clave para Leonard fue dominar el round 11 inclinando definitivamente las tarjetas. Eso le permitió neutralizar que dos de los tres jueces, no Guerra, consideraron que perdió el último asalto.

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Hace 20 años Leonard estremeció el box

Cuando la pelea fue anunciada para el 6 de abril de 1987, todos nos levantamos de las butacas impulsados por un resorte imaginario, pensando que la imprudencia de Ray “Sugar” Leonard podría tener peligrosas consecuencias.

Vargas Llosa hubiese dicho que tomando ese riesgo mayúsculo de enfrentar a Marvin Hagler, el más temido de todos los peleadores de ese momento, Leonard no sólo estaba tratando de reactualizar su pasado, sino buscando algo mucho más ambicioso: convertirse en mito y transformar la ficción en historia viva.

En aquel 1987, no se encontraban rivales para el destructivo Hagler, auténtico Rey de los Medianos, y Leonard, desde las sombras de una inactividad que lo había reducido a una pelea con Kevin Howard en los últimos cinco años, y ninguna vinculación con el ring en 35 meses, levantó la mano para aceptar el reto. Por favor, agreguen las reparaciones de Sugar en la retina de su maltratado ojo izquierdo, y la advertencia médica: no debería volver a pelear porque su visión peligra seriamente.

ALARDE DE TEMERIDAD

Dibujado así el escenario, pensamos: “Retar a Hagler, es un suicidio”, mientras Edwin Pope, del Miami Herald, varias veces premiado como el mejor periodista deportivo de Estados Unidos, fue más allá sentenciando con una solemnidad conmovedora: “Es un crimen. No pueden permitirlo”.

En lo que pareció un alarde de temeridad más que de arrogancia, Leonard dijo en una Conferencia de Prensa: “Lo venceré. ¿No querían ver algo más grandioso de mi parte? Lo tendrán. Se los aseguro”.

¿Alguien le creyó? No se trataba de regresar como Tito Trinidad y Oscar De la Hoya, contra un púgil de recursos limitados ascendiendo de categoría, tal era Mayorga, sino de enfrentar a quien estaba calificado como uno de los mejores pesos medianos de todos los tiempos y en plenitud de facultades.

Claro, Hagler también necesitaba entrar en acción. La ausencia de adversarios lo había obligado a permanecer en el Gimnasio, y su ansiedad saltaba a la vista.

La destreza, como el poder se deteriora con el paso del tiempo. Llega el momento en que los músculos no responden a las órdenes del cerebro y el movimiento de piernas y manos pierde lucidez. Recuerdo que grotesco se vio alguien tan genial como Muhammad Alí frente a Larry Holmes.

COMO UN ESPARTANO

En el boxeo, la inspiración necesita de los soportes físicos. Ser peleador no es ser poeta, ni pintor, ni músico.

Y Leonard se sometió con una disciplina espartana a un entrenamiento superexigente que provocó asombro. Pero no estaba pensando meterse al desfiladero como Leónidas y resistir hasta la muerte, sino instalarse en la llanura, tomar espacio, manejar los ángulos y las distancias, hacer sentir los latidos de su corazón, presionar y triunfar.

Un combo demasiado grande frente a un adversario como Hagler, dueño de manos rápidas, piernas tan firmes como las columnas del Coliseo romano, golpeo demoledor y capaz de ser un contragolpeador oportunísimo y mortífero.

Después de vencer a Roberto Durán con suficiente claridad en las tarjetas mostrando una agresividad sostenida y eficiente, Hagler destrozó en 1985 a Tommie Hearns en tres asaltos memorables que mantuvieron a Las Vegas echando humo por sus cuatro costados. En 1986, terminó con John Mugabi, y con 33 años, su voracidad estaba intacta.

Antes de fajarse con Leonard, sus dos únicas derrotas en una carrera que se inició en 1973, las había sufrido en 1976, cuando fue superado en las puntuaciones por Bobby Watts y Willie Monroe.

La noche de ese lunes 6 de abril de 1987, en el Palacio de los Césares en Las Vegas, Leonard le tiró la puerta en las narices a los incrédulos del boxeo, como lo hizo Alí frente a Foreman en la madrugada del 30 de octubre de 1974 en Zaire.

DESTREZA DESLUMBRANTE

Utilizando una fulgurante esgrima, funcionando como uno de los Mosqueteros, Leonard fue sacando de paso a Hagler, confundiéndolo, amordazando parcialmente su furia, y empujándolo hacia la frustración. No fue un accionar unilateral. No, de ninguna manera. Hagler fue tenaz y violento pero careció de la precisión necesaria.

Sus combinaciones de golpes llevaron reiteradamente a las cuerdas a Leonard, pero no pudo forzar la corta distancia. En la mayoría de intentos de cerrar las salidas, ya Sugar había escapado como un fantasma.

Un curso intensivo de habilidad para pelearle a un pegador de ejecuciones veloces, que sabe lo que hace, fue lo que ofreció Leonard mientras atravesaba exitosamente por el mar de las dificultades, retando el ímpetu de Hagler.

En los primeros minutos, Leonard hizo prevalecer su velocidad, capacidad para pelear en reversa y frenos para cambiar de ritmo, desorientando a Hagler, quien se concentró en la búsqueda de recortar espacios y golpear al cuerpo, terreno en el cual había demostrado poder establecer superioridad sobre cualquiera.

HEY, ESTOY VIVO

Eso sí, no fue una “cacería”. Sugar como retador tenía sus obligaciones y supo asumirlas inyectándole dramatismo, intensidad y suspenso al combate.

En el noveno asalto, Leonard fue estremecido por dos poderosos ganchos de izquierda. El pulso de la multitud se detuvo y los corazones se arrugaron, pero el retador que estaba interesado en la glorificación que le otorgaría la victoria, no en el título que se disputaba, sobrevivió y salió contragolpeando, gritándole al mundo: “¡Estoy vivo y en pie de lucha!”

Hagler que estuvo muy activo y preciso desde el séptimo asalto, trató de intensificar su ritmo en el décimo, pero Sugar supo manejar la situación y retomar las riendas en el round 11, antes de verse complicado en el cierre de combate, con el público de pie y el mundo atrapado por el asombro.

Al final, Sugar daba la impresión de ser el vencedor, pero no se sabía con certeza por quién doblarían las campanas. Leonard fue al centro del ring, levantó sus brazos mientras sus ojos se iluminaban, y de pronto, sus músculos flaquearon. El esfuerzo extra le pasó factura, y mientras se anunciaba el fallo que le favorecía por decisión dividida, no pudo seguir sosteniéndose.

Hagler, molesto, rechazó el veredicto con sus gestos. Inútilmente por supuesto. Fue esa su última pelea.

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