No hay cosa más sensible en el cuerpo de un dictador, que sus oídos. Sea en bien o en mal, lo que un dictador oye de sí mismo, le afecta profundamente. Halagos y ofensas por igual le quitan el sueño. La razón es que los dictadores son personas egocéntricas, egoístas y ególatras; individuos con una percepción exagerada de la importancia de sus propios actos y palabras. No admiten críticas ni contradicciones. Por eso siempre se rodean de esbirros y serviles que les repiten al oído sólo lo que quieren oír. El dictador es un enemigo natural de la libertad de expresión y, por ende, de los medios de comunicación independientes que la ejercen sin su control. De ahí que el reciente anuncio del dictador venezolano, Hugo Chávez, de que retirará la concesión a la televisora Radio Caracas Televisión (RCTV) —que opera en ese país desde 1953 y que ha sido consistentemente crítica del régimen de Chávez— no sea del todo inesperado.
El coronel Hugo Chávez había venido amenazando a los dueños de esta televisora desde hacía ya bastante tiempo y sólo estaba esperando ganar las elecciones presidenciales para deshacerse de esa espina en la espalda. En sus declaraciones, el presidente venezolano no escatima epítetos denigrantes y falaces contra RCTV y echándose encima una oportunista bandera nacionalista, intenta justificar su atropellante decisión. La llama “golpista”, “pro imperialista”, “instrumento yanqui”, “un ente perturbador para la paz de los venezolanos” y todas esas cosas que los radicales de izquierda dicen cuando quieren ponerle la bota encima a sus disidentes. Pero mientras más altisonante es su discurso, suena menos creíble. Los propios venezolanos y el mundo entero saben que estas acusaciones no son ciertas. Que el problema no es RCTV sino más bien la hipersensibilidad de los oídos de un dictador dispuesto a pasar por encima de lo que sea para dejar de oír señalamientos relativos a su poca inteligente gestión.
Y es que los dictadores de izquierda y de derecha en América Latina jamás han tolerado la libertad de prensa. Basta con examinar la historia reciente. Lo que ocurre actualmente en Venezuela, ya ocurrió en Nicaragua durante la dictadura de los Somoza, así como durante la dictadura de los sandinistas que les sucedieron. El caso de Cuba es extremo pero no puede dejar de mencionarse. En ese país, el obsoleto dictador comunista, Fidel Castro, tiene 48 años de mantener una férrea censura a los pocos que se atreven a publicar o decir alguna cosa relativa al sistema político de la isla. La meta es callar la voz del pueblo, impidiendo que se expresen libremente a través de los medios de comunicación.
Esto nos lleva a reflexionar una vez más acerca de la ya aprobada y mal llamada Ley Orgánica de la Asamblea Nacional en cuyo artículo 52 se otorga a los diputados el poder de llamar a cualquier ciudadano para que responda a sus preguntas bajo pena de ser acusado por desacato ante las autoridades policiales, lo que significa que puede ser apresado y encarcelado. En este sentido, la Ley Orgánica de la Asamblea Nacional se convierte en una abierta advertencia contra periodistas y dueños de medios de comunicación para que se abstengan de afirmar cosas que podrían afectar a funcionarios, magistrados o cualquier otra autoridad gubernamental. Esto equivale a montar el gatillo de un revolver apuntando a todos los que de alguna manera podrían ser adversarios y aun a los simples críticos. Parece que los diputados han copiado de la ley venezolana que prohíbe a los periodistas decir cualquier cosa que “denigre” u “ofenda” a un funcionario de gobierno o magistrado. Este artículo es un atropello repugnante al Estado de Derecho aunque usen el mismo derecho para justificarse.
En Venezuela, los dueños de RCTV han dicho que van a defenderse por todos los medios legales a su alcance y que van a seguir operando. Sin embargo, hay pocas probabilidades de ganarle la partida a quien tiene de su parte a los jueces y magistrados. De todas maneras, el deber de los medios de comunicación alrededor del mundo es denunciar este abuso y seguir luchando por la libertad de expresión sin la cual no puede haber democracia.