Farsa telenovelesca

De no haber sido en serio, cualquiera habría pensado que la “toma de posesión” de Andrés Manuel López Obrador era otra cursilería barata propia de una telenovela mexicana. Desconociendo al presidente electo Felipe Calderón y el orden constitucional, López Obrador se proclamó a sí mismo “presidente legítimo” y nombró su “gobierno alterno”. Lo hizo en […]

De no haber sido en serio, cualquiera habría pensado que la “toma de posesión” de Andrés Manuel López Obrador era otra cursilería barata propia de una telenovela mexicana.

Desconociendo al presidente electo Felipe Calderón y el orden constitucional, López Obrador se proclamó a sí mismo “presidente legítimo” y nombró su “gobierno alterno”.

Lo hizo en su estilo y en sus términos preferidos: frente a las masas movilizadas, con la aprobación popular y en la calle. Es así como él concibe la política: la movilización popular como fuente de legitimidad del poder, como lo describió el escritor Enrique Krauze. Así es él, un político salido de la escuela populista del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de la vieja guardia.

El tabasqueño, candidato presidencial del Partido de la Revolución Democrática (PRD), de izquierda, fue el gran perdedor de la elección del 2 de julio.

Es cierto que él perdió con apenas medio punto de diferencia frente a Calderón. Es cierto que hubo algunas irregularidades, pero el Instituto Federal Electoral (IFE) —cuyo prestigio y profesionalismo son reconocidos en México y en el extranjero— estimó que no afectaron el resultado final.

Es cierto, asimismo, que está el precedente del fraude contra Cuauhtémoc Cárdenas en 1998, despojado por el PRI para favorecer a Carlos Salinas de Gortari. Posteriormente, se le imputó a Cárdenas, del PRD, no haber defendido el voto popular. Hoy, no obstante, existe un IFE y las circunstancias son distintas.

El historiador Sergio Aguayo y algunos columnistas mexicanos señalan que no habría estado mal ordenar un recuento —como lo demandaba el PRD y que era una posibilidad legal—, pero si el Tribunal Federal Electoral determinó que no procedía, pues había que aceptar ese veredicto. A la luz de lo sucedido, son razonables los argumentos a favor de una reforma constitucional que permita una segunda vuelta.

Sin embargo, si López Obrador y los restantes candidatos aceptaron desde el principio las reglas del juego electoral, su actitud debería ser entonces consecuente con eso: aceptar el desenlace.

No es fácil. Debe ser extremadamente duro para alguien que llegó a sentir el olor de la victoria , verla escaparse. También debería admitir su culpa, como despilfarrar una ventaja de casi 20 puntos en las encuestas en unos meses.

Está la responsabilidad de cara al futuro del país, a la institucionalidad, a la legalidad, al futuro de la izquierda misma como una opción viable que algún día tomará el poder en México. Están su propia imagen y su carrera política, porque nada impide por ahora que el perredista ex alcalde de Ciudad de México vuelva a lanzarse. Está la imagen de México.

Sin embargo, lo que se ve es a un político hambriento de poder, egoísta, al cual no le importa el bien general del país, sus instituciones y la imagen de éste ante el mundo. Su “asunción” no es más que una triste farsa, o una pobre tragicomedia.

Si semejante acto ocurriera en un país más pequeño, sería siempre lamentable, pero de menor impacto. Pero hablamos de México, la segunda economía latinoamericana, con más de 100 millones de personas y una potencia regional que aspira a un liderazgo aún mayor.

La democracia mexicana es aún joven y frágil en lo institucional. Vicente Fox se va dejando muchas tareas inconclusas. Quizás una mejor oportunidad vendrá en el futuro para la izquierda, pero López Obrador le hará mucho daño.

El autoproclamado “presidente” anunció que estará en permanente oposición al gobierno de Calderón, que vigilará de cerca sus políticas.

En la práctica, esto traerá tensiones constantes que pueden obstaculizar iniciativas importantes que servirán a la economía de México o a la solución de problemas sociales.

Pese a su jurado amor por el pueblo, el líder populista no quiere dejar ciertas comodidades. Ha pedido a sus seguidores que financien su “gobierno” con un millón de pesos mensuales (unos 90 mil dólares) y admitió que su “sueldo presidencial” será de unos 50 mil pesos mensuales o 4,600 dólares.

“Declaramos abolido el régimen de corrupción y privilegios, y comenzar la construcción de una nueva república”, manifestó el lunes en El Zócalo de la ciudad de México. ¿Cuántos mexicanos ganan semejante cantidad al mes? Seguramente muy pocos.

La autoproclamación de López Obrador es una muestra del populismo que de nuevo ha alzado vuelo en Latinoamérica. Una corriente que no respeta la democracia, las instituciones, que desprecia la legalidad y persigue únicamente el poder, visto no como un medio para fines superiores, sino como un objetivo absoluto en sí.

De allí que semejantes actos son simplemente inaceptables.

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