- El triunfo de Daniel Ortega es legítimo pero no tiene consenso ni afuera ni adentro, advierte Sergio Ramírez
El Nuevo HeraldMiami/EE.UU.:
Sergio Ramírez Mercado es hombre de convicciones fuertes. Terminó una beca en Alemania Occidental en 1975 y viajó para incorporarse —desde la vía civil— a la lucha contra Anastasio Somoza. Después del triunfo llegó a ser Vicepresidente de Nicaragua y su defensa del pluralismo y la democracia le hicieron romper con el líder del FSLN, Daniel Ortega.
En la última década se ha dedicado a escribir una extensa obra, cuyo último título, Reino Animal, vino a presentar en la 23ra. Feria del Libro de Miami, organizada por el Miami Dade College.
¿Cuándo rompe con el Frente?
En 1995. Comenzamos una lucha para que se denunciara la piñata como un acto de corrupción y reclamamos una democratización del Frente, alegando que teníamos que hacer honor a la decisión de haber dejado el poder por medio de las urnas y para transformarlo en una alternativa democrática. Mi gran disidencia con Daniel Ortega fue que yo pensaba que la lucha debía darse en democracia, a través del diálogo y el Parlamento, y él, quizás arrepentido como consecuencia de la derrota inventó el eslogan del “Poder desde abajo”.
Comenzó una lucha violenta en las calles para desestabilizar al gobierno de doña Violeta, que ya era débil. Esto comenzó a abrir los factores de disidencia. Yo era jefe del grupo parlamentario y con el respaldo de la mayoría llevamos adelante una reforma de la Constitución, contra la voluntad de Daniel Ortega. Esta reforma que prohibía la reelección presidencial, prohibía que el jefe del Ejército pudiera ser familiar del presidente. Prohibía el nepotismo. Esta fue la gota que derramó el vaso y terminamos siendo expulsados en 1995.
A partir del gobierno de Violeta Chamorro no se ha roto el ciclo institucional pero tampoco aparece una clase política que dé respuesta a la necesidad de la gente. ¿A qué lo atribuye?
Lo que pasa es que había una inflación récord en el mundo, una enorme deuda externa, caída de las exportaciones. Había un gran desastre económico. No sólo por el mal manejo de la economía, también fue porque el Estado financió una guerra sin recursos. Los programas de desarrollo agrícola y las inversiones cruciales se interrumpieron. A Nicaragua se le aplicó un programa de shock. Esto duró todo el gobierno de doña Violeta.
El Fondo Monetario puso como condición que el Estado se desprendiera de los bienes que tenía. Y tenía muchos de carácter agrícolas, industriales. Esta privatización resultó en un verdadero desastre porque muchos de los bienes fueron a parar a las manos de antiguos sandinistas. Esta segunda piñata fue la más grande de todas. La presión de Daniel Ortega sobre doña Violeta fue que el 30 por ciento de la empresa privatizada fuera a manos de los sindicatos.
Pero esto fue un pretexto. Nunca hubo sindicatos ricos en Nicaragua sino gente que se enriqueció con la fachada de los sindicatos. Muchas de las fortunas de los nuevos ricos sandinistas vinieron a allí. Doña Violeta saneó financieramente el país pero vino el gobierno de Arnoldo Alemán, que creó un estado de corrupción que nunca se ha conocido en Nicaragua. Alemán llegó a asaltar el Estado, como una plaga de langosta, ávido de enriquecimiento.
Llegaron a disponer de los fondos que el país recibió por el huracán Mitch. Uno de los lugartenientes de Alemán fue procesado por usar fondos internacionales de ayuda al país para construir una casa de playa de tres pisos. El país fue asaltado por una banda de delincuentes. Compraron propiedades en la Florida, que el Gobierno de Estados Unidos ha venido liquidando y entregando el dinero a Nicaragua. Pisos enteros en condominios de lujo y el lavado de dinero de centenares de millones de dólares con cuentas en Panamá. Eso hizo también retroceder al país.
¿En este contexto aparece la alianza de Alemán con Ortega?
Alemán y Ortega hacen una reforma de la Constitución para hacer retroceder la que habíamos promulgado nosotros. Aquella establecía la elección en dos vueltas si un candidato no tenía el 45 por ciento del voto. Ortega sabía que nunca superaría el 40 por ciento. Hizo que el umbral del voto bajara del 45 al 35 por ciento. A cambio, Ortega aceptó que el presidente saliente se integrara a la Asamblea Nacional como diputado. Por la inmunidad y porque el plan de Alemán era el gobernar desde la Asamblea. Cuando asumió su asiento hizo elegir un presidente por pocos días y después fue elegido él.
Creó todo un aparato de poder en la Asamblea y esto lo percibió Bolaños. Cuando llegó a la presidencia seguían llegando facturas de las maniobras ilegales de Alemán. Bolaños tiró de la cuerda hasta que (. . .) mandó a procesar a Alemán. Daniel Ortega se aprovechó de todo el proceso que se inició para quitarle la inmunidad a Alemán. Como en el pacto Alemán y Ortega se habían repartido la Corte Suprema de Justicia, que a su vez nombra a los jueces, cuando el proceso de Alemán se abre, los jueces que lo procesan responden a Ortega y éste comenzó a manipular el proceso. Alemán es condenado y enviado a la cárcel Modelo, a la cual siempre le tuvo horror y negocia con Ortega que lo manden a su casa. Desde entonces, cuando Alemán no hace lo que Ortega dice, lo amenaza con volver a la cárcel.
Esto parece más ambición de poder que un objetivo ideológico.
Eso se terminó. Lo que Daniel Ortega cree es que el país está en deuda con él. Porque perdió la elección, ya que el país estaba en guerra. Siente que se va a poner la banda presidencial que le habían quitado.
¿Cómo logra presentarse de nuevo como una alternativa?
Él tenía que alinear los astros. Logró tener como aliado al cardenal Miguel Obando, que era su gran enemigo. Quitarse de encima esa araña peluda de la Iglesia, que lo tenía siempre acosado. En las elecciones que ganó Alemán, Obando fue uno de los artífices de la derrota de Ortega, hablando frontalmente en su contra.
¿A qué atribuye la incapacidad de América Latina de construir instituciones fuertes, una justicia independiente y todo eso que es necesario para el desarrollo?
Creo que, desde los tiempos de Sarmiento, esto es una expresión de la cultura rural, que sigue siendo fuerte a pesar de los visos de modernidad. A fines de los años cuarenta, Argentina tiene las mayores reservas de oro del mundo, pero sigue siendo un país esencialmente rural y eso permite la aparición de Perón y el caudillismo. Y además tiene dinero para repartir, porque el caudillismo cuesta. Esto de la cultura rural es más patente todavía en Centroamérica. El caudillo es padre de familia, es dueño de la hacienda, de la tierra, es el que sabe lo que es bueno. Esta cultura de la sociedad patriarcal impregna las estructuras del Estado o crea los moldes del Estado. El ejercicio de cerril del poder fue el mismo para conservadores y liberales: el autoritarismo. Lo decía el viejo Somoza: sería temerario darle a un país democracia de una sola vez, igual que a un niño de pecho no se le debe dar un tamal.
Se habla mucho del giro a la izquierda de América Latina. ¿Cree que hay un giro a la izquierda o una profundización del populismo?
Creo que lo que hay son países más que modelos. Nada tiene que ver la Bolivia de Morales con el Brasil de Lula. Lula puede ser muy pro Chávez inaugurando un puente, pero cuando vuelve a Brasil su realidad es otra. Brasil produce aviones supersónicos y tiene gente viviendo de la caza y la pesca en la selva. Tiene industrias de punta y una clase financiera internacional. Transnacionales que compiten en el mundo. ¿Qué socialismo se puede hacer en Brasil? Chávez es dueño de unos pozos de petróleo y ha logrado que las transnacionales acepten sus reglas. ¿Pero qué tiene que ver Chávez con Bachelet? Nada. Bachelet es el producto de una sociedad más desarrollada, con grandes consensos. Chávez vive del petróleo y de su propuesta populista. En Venezuela hay más pobres ahora que nunca, eso está en las estadísticas.
¿Qué alternativa le ve en Nicaragua a esa lucha por el poder mismo?
Creo que Nicaragua entra en una situación muy delicada en este momento. Si Ortega usa toda su sensatez se va a dar cuenta de que mover el barco en otra dirección sería peligroso. No sólo para él, sino que podría ser un descalabro para el país. El país está atado a la suerte de Ortega, porque él es un gobernante legítimo. No por las reglas que yo hubiera querido. Porque no tiene consenso, un 60 por ciento de la gente no votó por él. Como ocurría en la Constitución de Bolivia, donde un presidente podía ser electo con un 18 por ciento, porque el Congreso lo confirma. Ortega es legítimo pero no tiene consenso ni afuera ni adentro.