“Aquí experimentamos la fatiga de los viandantes en camino hacia la meta a lo largo de calles obstaculizadas, entre dudas, tensiones, incertidumbres, más también en la profunda conciencia que antes o después este camino llegará a su fin”.
(Benedicto XVI)
“¿Hacia dónde vamos?” “¿Qué irá a pasar?” Y ahora ¿Qué hacemos?”. Son interrogantes que escuchamos por doquier en estos tiempos postelectorales a lo largo y ancho de nuestro país.
Nos encontramos situados entre la incertidumbre y la esperanza. A muchos atormenta el fantasma del pasado, sufren de depresión, han perdido el sentido de la vida, se muestran abatidos, lucen muy tristes.
Entre la incertidumbre y la esperanza hay que elegir la esperanza. Sobre todo frente a un hecho consumado, como en el caso de los resultados electorales; dejarse vencer por las dudas y temores amenazantes pueden deteriorar la salud, conducir irremisiblemente a la muerte. No resulta sano atormentarse la vida por meras suposiciones respecto a nuestro futuro, por muy sustentadas que ellas estén en la memoria histórica de todo un pueblo digno de mejor suerte.
Aprendamos la lección: pueden más los que están unidos, aunque sean menos, que los que están desunidos, aunque sean más… aquí electoralmente ganó la minoría y perdió la mayoría. Cada quien analice la causa o las causas de semejante fenómeno.
A los cristianos nos corresponde rezar confiadamente por las nuevas autoridades, además de trabajar por una Nicaragua cada vez mejor, y a los futuros gobernantes, sobre todo al ahora presidente electo, tocará demostrar, a lo largo de su período presidencial, que es posible situar en la persona humana por encima de la ideología o el interés partidario, vivir, con la gracia de Dios, la unidad, el amor, la solidaridad y la felicidad que se han prometido en la campaña… entonces sabremos quién fue la ganadora, si la esperanza o la incertidumbre.