Un latido de tambor vibra
en la mitad del día y en la mitad
de la noche. Le sigue, oscilando,
el platillo, los platillos
del impetuoso baterista que quiere ser
seco y contundente. La eléctrica
guitarra que rompe las barreras
del sonido reuniendo aullidos
y simulacros de estridencia que no lo son,
estridencia que no son simples ruidos:
¡estructuras de sentido convocando
al Vacío, a la Nada, al agujero negro
de lo Desconocido, a la ausencia
de todo sentido!
Sólo el ritmo,
sí, sólo el giro que gira sobre
sí mismo: el rock, el roce,
la roca dura que asegura,
como un trago filoso,
como un dolor profundo en la carne
y una nostalgia indescriptible,
la única música universal y de todos
de este tiempo mísero, frío, tenebroso,
incierto.
Escucho en la mitad del día
y en la mitad de la noche, los bajos
de catacumbas de Moody Blue
en sus noches de satín blanco.
Me levanto, desafío a las ratas,
a villanos de saco y corbatas planchadas,
y creo en esta música consentida
en esta mina encantada que repite
sus ecos, más allá
de fronteras y naciones, más allá
de las ideas y las razas,
más allá de este aburrido mundo
que quiere ser eterno.