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Pese al impacto de la nueva generación en la NBA
¿Qué les ha parecido Dwayne Wade? Él estuvo fabuloso, como escapado de la Lámpara de Aladino, mientras empujaba al Heat de Miami a la conquista de su primer título. Es muy joven y podría proyectarse hasta niveles insospechados.
¿Qué decir de Kobe Bryant? El casi seguro anotador de más de 40 puntos por juego fue capaz de marcar 81, segunda cifra de la historia, en una actuación que le permitió iluminar el planeta baloncesto con la intensidad que muestran durante las noches, Las Vegas o París. Kobe diagnosticado como el próximo Michael Jordan, continúa impresionando.
Ahí tienen a Lebron James. Impactante, ha agotado todos los signos de admiración con sus deslumbrantes ejecutorias.
Y el estupendo Steve Nash, que ganó la batalla por el título de Más Valioso entre todas las fieras, rugiendo y atrapando todas las miradas con cada uno de sus desconcertantes movimientos.
Qué fácil es apreciar a Dirk Nowitzki, quien se ha convertido en una fuerza imprevisible y por supuesto, a Kevin Garnett, inmenso como la Torre Eiffel.
El reto, ahí está
Cierto, todos son magníficos, pero, ¿quién de ellos es el nuevo Michael Jordan? ¡Qué difícil es retar al más grande monstruo que ha producido el baloncesto! Jordan pertenece a una de esas historias de “Las Mil y Una Noches”.
Nos sedujo con el hechizo de su fantasía, nos emocionó con su espectacularidad sin pausas, nos impactó furiosamente con su mezcla perfecta de agallas y clase, provocó escalofríos que atravesaron nuestras columnas vertebrales, mientras convertía lo inverosímil en rutina.
Jordan agotó todos los elogios con la cegadora brillantez de sus actuaciones. Se abrió paso a través de las leyendas tejidas por Wilt Chamberlain y Bill Russell, por Kareem Jabbar y Julius Erwing, por Larry Bird y Magic Johnson, y se proyectó hacia un estrellato inalcanzable por cualquier otro mortal.
La gran intriga
Es por esa sencilla y certera consideración que en el momento de su tercero y último retiro, cuando el paso del tiempo que no perdona lo acorraló, cuando el divino tesoro de la juventud desapareció, nos preguntamos: ¿Cuándo veremos otro Jordan?
Apareció Diego Armando Maradona y vimos a alguien de la dimensión de Pelé con ciertas variantes en sus características; se acabó Ray Robinson, y tuvimos tiempo de ver a otro “Sugar” como fue Leonard; pensamos que nunca volveríamos a ver en las pistas otro piloto con tanta audacia y destreza como Luis Manuel Fangio y tuvimos a Michael Schumacher haciendo saltar los récords como tapas de corcho; en ajedrez, Gary Kasparov fue algo así como otro Bobby Fischer, en tanto en ciclismo, Lance Armstrong logró retar a Merckx, Poulidor, Anquetil, Hinault y Miguel Indurain, abriendo polémicas encendidas; creímos que nunca veríamos otro Jesse Owens en unos Juegos Olímpicos, y apareció en escena Carl Lewis.
El deporte siempre espera por otro. Otro Muhammad Alí, otro Pete Sampras, otro Babe Ruth, caso único en el beisbol, y lo llamativo es que las aproximaciones surgen y se establecen como amenaza, pero muchas veces se quedan cortas.
No tuvo límites
El escritor Gabriel García Márquez diría que Michael Jordan seguramente lloró en el vientre de su madre imaginando una cancha de baloncesto; que nació con los ojos abiertos buscando cómo detectar al compañero mejor colocado para entregarle un pase maestro; y que mientras le cortaban el ombligo, intentaba levantarse en un salto preciso, como aquel del sexto juego de 1998 contra los Jazz de Utah, para una canasta milagrosa.
Mientras conducía a los Bulls de Chicago a la conquista de seis banderines, su desaforada imaginación fue siempre más allá del ingenio de la naturaleza y su magia no tuvo límites.
Durante años, Michael tuvo tantos trucos a mano, que pese a que todos parecíamos estar listos para lo imprevisible, siempre lograba sorprendernos.
Lo clave, ser útil
Cuando se retiró en octubre de 1993, estando en plenitud de forma, cobijado por la fama, considerado una dios del deporte, estaba afectado por el fallecimiento de su padre. Después de fallar en su raro intento de convertirse en pelotero de Grandes Ligas, con sus herramientas intactas y un excedente de ansiedad, retornó a la trinchera para reactivar la superioridad de los Bulls de Chicago, y en el inicio de 1999, siempre en la cima del Everest, anunció su segundo retiro dejando a la NBA sangrando otra vez y al mundo estupefacto.
En el 2001, cabalgando sobre “sólo pretendo ser útil”, decidió regresar con los Wizzards de Washington, pero estuvo deslizándose por la pista del deterioro consecuencia de las lesiones. Tuvo sí, tiempo y aliento para realizar un trabajo de arte y corazón y poder seguir mostrando destellos de su grandiosidad.
Silencio, genio descansa
No necesitaba más, pero la atracción que ejercía el baloncesto sobre él, derrotó a la prudencia y se lanzó a la hoguera tomando todos los riesgos. No pudo caminar descalzo sobre las brasas, pero llenó las tribunas y con su presencia le inyectó mayor interés al juego.
Como dice el buen amigo y colega del Miami Herald, Dan LeBatard, no hay silencio en el mundo más ensordecedor que el que surge después de toda una vida llena de ovaciones estremecedoras.
Jordan se nos fue del escenario y quedó un gran vacío. El panorama se ha llenado de retadores y el baloncesto de la NBA vive intensamente. La voracidad del periodismo busca con desesperación otro Jordan.
Puede que nunca lo veamos como ha ocurrido con Babe Ruth.
En el tabloncillo, él era capaz de derrotar al diablo con su improvisación, inspiración e intuición. Verlo jugar era tan admirable como las puestas del sol.
Shhhhh, silencio por favor, el genio descansa.