Antigua calle atravesada, 1930. Fotografía de la colección de Humberto Arana.

Granada: la ciudad-Sirena

Un recorrido por la Granada del siglo XIX, el siglo de los tratados canaleros, la época de los poetas de Vanguardia, un poco de su historia; poética y dramática vista brevemente por PAC Granada es una ciudad-sirena que no nació por búsqueda de riquezas, ni por búsqueda de oro sino por la búsqueda del mar. […]

  • Un recorrido por la Granada del siglo XIX, el siglo de los tratados canaleros, la época de los poetas de Vanguardia, un poco de su historia; poética y dramática vista brevemente por PAC

Granada es una ciudad-sirena que no nació por búsqueda de riquezas, ni por búsqueda de oro sino por la búsqueda del mar. Su oficio sería ser puerto, o puerta de navegaciones. Ya el descubridor, Gil González Dávila, había recibido la orden real de “investigar con diligencias si entre los últimos confines, se encontraba algún estrecho que divida aquellas inmensidades”. Luego, el fundador, Francisco Hernández, traía igual encomienda: fundar ciudades y fuertes en esta tierra como bases para conquistar el estrecho que facilitara el paso de uno a otro océano. La razón de ser de Granada fue su lago, porque en el misterio de su horizonte casi marino, parecía ocultar y ofrecer ese buscado paso de mar, porque su bahía y los fosos de sus arroyos se prestaban para levantar un bien protegido puerto.

Dos notas: poética y dramática

Dos notas escribió el destino al margen del nacimiento de Granada. Una poética. Otra dramática. La poética se produce en un país tan lejano como Italia. El informe de Pedrarias sobre la conquista y la fundación de Granada y León fue dado a conocer en Europa por el cronista Herrera y en Italia levantó tanto entusiasmo que un poeta puso en verso italiano, en estrofas de arte menor, la noticia del nacimiento de estas ciudades. Ya desde su primer vagido Nicaragua provoca poesía. La nota dramática la escribe el propio fundador de Granada. Lo vemos levantar un templo y una fortaleza. Pues bien, en esa misma fortaleza, apenas dos años después, Hernández de Córdoba es encerrado y de allí conducido a León para ser decapitado.

Crecer y menguar

Ese altibajo, ese subir y bajar del éxito al fracaso, de la gloria a la tragedia de la vida de su fundador, se va a proyectar y a repetir, una y otra vez, sobre la vida de la ciudad, en una alternativa dramática que hace de la historia de Granada una de las más novelescas y apasionadas de América.

El comienzo de Granada fue “bien pobre”, tanto que al poco tiempo sus vecinos trataron de despoblarla. En su primer petición al rey, los granadinos solicitan una moratoria: que las mercaderías no paguen impuestos, que se suspenda el pago de deudas en el término de dos años. Fue duro el principio y, además de duro, confuso, lleno de pleitos y de choques de ambiciones. Unos conquistadores contra otros y, por inconformidades. Tanto así que Andrés de Cereceda, indignado, lanza una acusación ante el rey: porque es “muy grande verdad que estos pueblos de León y Granada son la madre y origen de todas las alteraciones, escándalos y alborotos que en estas partes a avido”.

Granada se pone de pie

Pero se realiza el descubrimiento del desaguadero. La laguna de Nicaragua se convierte en el Mar Dulce y Granada se pone de pie. Comienza el primitivo tráfico de mar a mar. Juan López de Velasco escribe en 1574: “por medio del lago y de su desaguadero, toda la provincia de Nicaragua se provee de artículos de España que llegan a Nombre de Dios y de allí vienen en fragatas que son construidas en el mismo Lago”. Medio siglos después, el viajero dominico inglés, Thomas Gage, ya no sólo habla de la provincia; habla de trescientas mulas provenientes de Guatemala, con azúcar, índigo y plata. Y dice de la ciudad que tiene casas muy bellas, con muchos habitantes y bastantes mercaderes, “entre los cuales algunos son muy ricos y comercian con Cartagena, Guatemala, San Salvador y Comayagua, y en el Mar del Sur con Panamá y Perú. Tanto que a tiempo de zarpar las fragatas se puede decir que esta ciudad es una de las más ricas en la parte septentrional de América”.

Los piratas

Pero la riqueza de Granada pronto despierta la codicia de los piratas. Otra vez cae la sombra del drama sobre la ciudad. A pesar de las doce defensas que se levantan en el puerto y en el río, a pesar del fuerte Castillo de la Inmaculada del Desaguadero, las incursiones de los piratas prosiguen: bucaneros franceses, daneses e ingleses asaltan una y otra vez Granada.

El obispo Navas y Quevedo en 1667 llama a Granada “esta desdichada Troya, saqueada a veces”. En 1751 otro obispo, Morel de San Cruz, relata nuevas invasiones piratas y describe el incendio del templo de San Francisco y de dieciocho casas principales. Los habitantes, temerosos, huyen a sus haciendas. La Mar Dulce comienza a cerrarse en lago. La navegación decae y decae Granada.

La canalización y el tránsito

Allí llegamos al siglo XIX, el siglo de los tratados canaleros y de los proyectos de canalización. Se forman compañías, se mueven potencias, se hacen estudios. Hasta Luis Napoleón de Francia, entusiasmado por nuestro Ministro Francisco Castellón, vuelve sus ojos hacia nuestro país y escribe un libro titulado: Le Canal de Nicaragua. Inglaterra, celosa, ocupa San Juan del Norte. Son años de crisis en los que nuevamente peligra nuestra nacionalidad. La aventura de California hace que Estados Unidos busque también el tránsito por Nicaragua: llega a nuestro país el famoso Ministro Squier y después de graves conflictos, las dos potencias de la lengua inglesa se entienden, firman un tratado y Cornelius Vanderbilt obtiene de Nicaragua la concesión para establecer la primera línea de vapores en el lago y en su desaguadero. Estamos en 1851, al muelle de Granada —repleto de gente— llega el primer vapor, llamado El Director. Las campanas de todas las iglesias repican. El Alcalde ordena “festejar el acontecimiento de una manera tan ostentosa como es grande el porvenir que este feliz suceso presagia”. Pero nuestros jubilosos abuelos no imaginaban lo que el acontecimiento realmente presagiaba.

Los filibusteros

Así como las fragatas granadinas del siglo XVII despertaron la codicia de los piratas, así el movimiento del tránsito y su significación geo-política atraerían sobre la ciudad y sobre Nicaragua la rapiña de los filibusteros. No imaginaban los granadinos que cuatro años después, un nefasto 13 de octubre de 1855, en el vapor La Virgen, de esa misma compañía o línea de vapores, caería sobre la ciudad “La Falange” filibustero al mando de un hombre extraordinario, tanto por su inteligencia como por su cruel y ambicioso fanatismo: William Walker.

Reposición heroica

La aventura del tránsito y de Walker le costó a Granada ser reducida a cenizas. La población heroicamente, se repuso empecinada en su destino, no sólo se levanta de sus cenizas dándole a sus edificios un estilo mediterráneo lleno de originalidad, sino que busca de nuevo el lago en su oficio de puerto.

Plenitud lacustre y comercial

En 1877 logra que un audaz y eficiente empresario italiano, F. Alfredo Pellas, restablezca el tránsito con una flota de ocho vapores, dos remolcadores, una goleta y once lanchas. Varias familias granadinas, con haciendas y negocios en el lago y en el río, construyeron también hermosas embarcaciones a vela. Las aguas del Mar Dulce parecen haber llegado a su plenitud de movimiento y de comercio. Buque insignia de ese tráfico —que va a ser el último acto de Granada marinera— es el vapor Victoria de la flota de los Pellas. Su caso, es ahora nostalgia y el reto de ese reciente pasado. En su Oda al Vapor Victoria, Alberto Ordóñez Argüello canta:

Porque tú representas nuestro afán navegante al correr de los años y al pasar de los meses.

Porque al ir o al volver de Granada, has sentido

los signos misteriosos que se hacen nuestros puertos.

Por tu noble cojera, por tu voz grave y ronca.

Por tu gloria lacustre, quedas en mi recuerdo

tatuado con luceros y estrellas afiladas.

Almirante de los Lagos Nicaragüenses.

La hora de los poetas

El último acto de la “ciudad-sirena” fue también la hora de los poetas. La ciudad mercantil y empresaria ve surgir, alrededor de su vieja torre de la Merced, a un grupo de jóvenes poetas vanguardistas e irreverentes que levantan bandera contra Rubén, contra el canal y contra la burguesía. Aman al lago pero lo quieren, no para vía imperialista sino para una misión nicaragüense. El movimiento de Vanguardia es una reacción del espíritu granadino contra Granada que decae sin darse cuenta. Es la expresión literaria de una crisis profunda de la ciudad y de la nacionalidad toda.

El puerto de Centroamérica

Sin embargo, la ciudad está en su lugar, aunque desangrada, permanece en su sitio, lista para una nueva alternativa; lista para reanudar su oficio de ciudad puerto. Lo que falta es que el granadino —o mejor dicho, el nicaragüense— desista de su camino de desintegración y decadencia y piense en grande en su historia, que no se limita a Nicaragua sino a una unidad mayor que es Centroamérica. Lo que Walker, con su ojo extranjero, vio en Granada es lo que el granadino, con su ojo nacional, debe ver en la ciudad. Fue en Granada donde su ambición se amplió y puso por lema a su bandera de guerra aquel “five or none” (cinco o ninguna) que revelaba sus intenciones. Walker intuyó en Granada lo que Thomas Gage había visto en aquellas recuas que llegaban de Honduras, El Salvador y Guatemala. Intuyó lo que hoy señalan los más modernos estudios ecológicos: que el Gran Lago y su río forman la salida natural de todo el eje corredor de transportes del Istmo hacia el Atlántico. Que Granada es el puerto de Centroamérica.

Tomado del libro Granada (Fotografías de Roxana Lacayo).

La Prensa Literaria

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