Cristo. Escultura de Miguel Ángel Abarca. (LA PRENSA /U. MOLINA)

Los castrati: Homenaje al dolor

Haendel tiene su casa museo en Londres. Lo usual es que ahí sólo se expongan las mieles contrapunteadas que giraron en el eje de su música, mas no el suplicio usado como macabro requisito, como escalera para llegar a las cumbres no descubiertas de la metamorfosis tonal, en la búsqueda de una tesitura propiciada por […]

Haendel tiene su casa museo en Londres. Lo usual es que ahí sólo se expongan las mieles contrapunteadas que giraron en el eje de su música, mas no el suplicio usado como macabro requisito, como escalera para llegar a las cumbres no descubiertas de la metamorfosis tonal, en la búsqueda de una tesitura propiciada por la orfandad viril.

Se trata de haber vivificado la práctica requerida para ser “castrato” o “castrati”, la radiante estrella vocal masculina de los escenarios desde el siglo XVI hasta colindar febrilmente y en sentido progresivo con el período barroco. El tesoro sexual era sacrificado en la niñez para quedarle sellado el abstencionismo de uno de los estelares y productivos placeres de la vida, desde la cuna de la infancia, hasta la tumba de la muerte. Seres transformados por el ideal de cantar y de suplir a las mujeres en el ejercicio de la letrilla operática. Sacrificio por alcanzar sobre agudos espectaculares, giros con dimensiones de sobrenaturalidad.

En esa casa testigo de tanta ondulación polifónica, de tanto ramal ideológico y religioso, se hizo una exposición sobre la cual nos han hablado y coincidido, un cronista cultural y un tenor. Se le tributó doloroso homenaje a esa modalidad obligada por los caprichos curales, jerárquicos, papales de la época. Puesta en el brillo de la moda. No ha vuelto a reiterarse desde 1870, en nombre de la felicidad orgánica del artista cuyo amor al arte de cantar no debería concebir punzadas tan desafiantes y molestas.

Nicolás Clarton organizó la exhibición hacia la cual viajaron familiares —por supuesto lejanos— de las víctimas. Según el musicólogo, Daniel Fernández, en este evento se transitaba fácilmente “de lo sublime a lo escalofriante”.

Los ruiseñores convertidos en ídolos amados por los diletantes —amados y deplorados a la vez— fueron los favoritos. Pasaban primero a partir de los ocho años por un examen que tenía la duración de un año y luego al proceso tortuoso de la mutilación. El tenor relator de cuya propia voz escuchamos los trágicos asteriscos pormenorizó el contenido de los instrumentos usados para la mortificación genital que cerraba las puertas de la original identidad para ingresar a un mundo radicalmente distanciado de la finalidad procreativa, ese desen- lace del amor de dos partes heterogéneas de la intimidad humana.

Ellos mismos confesaban que la ausencia de la vitalidad era compensada por el privilegio de lucir en la garganta la facultad de asombrar en los pasmados escenarios y de ser motivación del elogio. ¿Será eso compensación de semejante martirio? No sólo eran mostrados los instrumentos con los cuales se hacía el despojo sino cuadros, dibujos, partituras especialmente escritas para el hallazgo de lograr tesituras de soprano, mezzo soprano o contralto.

El tenor cuyo nombre no recuerdo en el momento de escribir, pintaba a un Antonio Vivaldi —el cura pelirrojo— estremecido por haber cometido el pecado de abusar de una niña del coro, en plena adolescencia y para evitar que la maldad se repitiese, dispuso él sólo cortar la tentación de raíz, pero no con el ánimo de la transformación vocal sino para cancelar cualquier posibilidad de repetir el acto según él inducido por el demonio y el cual se repugnaba con su moral de sacerdote y artista puro.

Es menester historiar el porqué de ese deprimente mecanismo. La Iglesia Católica prohibió cantar a la mujer tanto en la iglesia como en el teatro y de ahí surgió que miles de niños sufrieran la inmolación.

A través de la historia secreta conozco el modo de vivir —en la privacidad— de los genios del arte en sus diferentes manifestaciones, música, pintura, poesía, etc. Una de ellas estaba relacionada con esa época en la cual los niños eran asediados en las cortes celestiales y paganas. Relaciones masivas con esas tiernas generaciones. Haendel mismo no era la excepción.

No en nombre de Dios como lo invocaba el Papa Clemente Octavo sino que, gracias a Dios, la castración finalmente adquirió el rigor de injustificable. Sólo una voz quedó como prueba de la conmoción, la de Alessandro Moreschi, el “castrati” conclusivo. Huellas de sus hilos quedaron esculpidas en la memoria de quienes no olvidarán ese sombrío homenaje al dolor.

La Prensa Literaria

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