Lula tras una segunda oportunidad

Hace cuatro años, el pueblo de la nación más grande de América Latina creyó en una esperanza e hizo a un viejo obrero metalúrgico, Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente de Brasil. Junto con las de los brasileños, iban las esperanzas de la izquierda latinoamericana, desorientada tras la caída del muro de Berlín. Los […]

Hace cuatro años, el pueblo de la nación más grande de América Latina creyó en una esperanza e hizo a un viejo obrero metalúrgico, Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente de Brasil. Junto con las de los brasileños, iban las esperanzas de la izquierda latinoamericana, desorientada tras la caída del muro de Berlín.

Los temores de radicalismo irresponsable de Lula, un político y sindicalista tradicionalmente populista, de parte de los sectores financieros internacionales o conservadores, se disiparon en el primer año del gobierno. A la vez los partidarios de cambios sociales drásticos se han desilusionado con él.

Para suerte de Brasil y de los movimientos democráticos de izquierda en el continente, Lula prefirió ser un estadista, aprovechar lo que estaba bien, y demostrar que podía gobernar responsablemente, anteponiendo el interés nacional al interés partidario, en particular del ala dura.

Junto a Ricardo Lagos, en Chile, Lula se convirtió en la otra cara, democrática y seria, de la izquierda regional, contrastando con el populismo autoritario y estridentemente antiestadounidense de Hugo Chávez.

Sus logros económicos son incuestionables e incluso algunas de sus políticas sociales han tenido un buen desempeño, pero es en ese campo donde está su mayor deuda con los 120 millones de brasileños. Aunque, cabe preguntarse cómo es posible sacar de la pobreza a un país con la mayor desigualdad del mundo en 4 años, si todos sus antecesores juntos no lo hicieron.

Lula pagó toda la deuda con el FMI, consiguió un superávit de 40 mil millones de dólares de las finanzas públicas, ha mantenido a raya la inflación, la tasa del PIB ha sido alta (4.9 por ciento en 2004 ), varios millones de nuevos empleos fueron creados.

Sin embargo, las desigualdades en la distribución de la riqueza persisten.

Cuando comenzó su período, en 2003, Lula juró combatir el hambre. Creó el programa Hambre Cero, pero 40 millones de compatriotas siguen en la pobreza, con menos de un dólar al día. No obstante, 10 millones salieron de esa condición —un récord en Brasil— en su período y 5 millones obtuvieron un empleo formal. 6 millones ascendieron a la clase media, una movilidad social jamás vista. Todo esto de acuerdo a cifras oficiales retomadas por diversos estudios. El programa Beca Familia subsidia a familias pobres que mantienen a sus hijos en la escuela.

El ex obrero ha gobernado con respeto a la libertad de prensa y otras libertades políticas, como Chávez a su vez no lo ha hecho.

Pero no todo son rosas. Una de las grandes desilusiones que trajeron Lula y el gobierno de su Partido de los Trabajadores (PT) ha sido la corrupción profunda y sistemática.

Tuvieron la gran oportunidad histórica de hacer un gobierno limpio y proyectar la imagen de una izquierda ética y honesta, no solamente en Brasil, sino que también hacia toda Latinoamérica.

El poder corrompe. Y vaya que los corrompió. En vez de llevar a cabo un cambio ejemplar, cayeron en los viejos vicios de la política brasileña: sobornos, compras de votos en el Congreso, tráfico de influencias, contratos públicos concedidos a amigotes o donantes en la campaña, derroche de dinero público, caciquismo.

Heloisa Helena, disidente del PT y candidata a la Presidencia, afirmó que el PT es ahora “una organización criminal”.

Son hipócritas la derecha y la socialdemocracia brasileñas al clamar ante la corrupción del PT, por usar los mismos mecanismos que ellos usaron antes.

Con una buena dosis de habilidad, carisma y quizás de cinismo, Lula ha logrado capear el bulto, aunque muchas cabezas de amigos rodaron.

No creo que Daniel Ortega pueda sacar muchos beneficios de la más que probable reelección de Lula.

El balance de esta primera presidencia de la izquierda brasileña tiene mucho de positivo. Lula es respetado por Washington y es un líder del mundo en desarrollo. Ortega fue guerra, confrontación, muerte, incertidumbre. Y aunque amigos, Lula, el estadista, se negó a prestarse a los juegos del dictador cubano o a las ambiciones antiimperialistas del comandante de Caracas.

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