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Más que no poder comer chocolates o corretear por el patio de la escuela, a María Gabriela Tapia Urbina lo que más le molesta de su enfermedad son los pinchazos que su cuerpo ha recibido desde hace 348 días consecutivos.
Pinchazos que podrán aumentar o disminuir, pero nunca eliminarse de sus diarios hábitos de vida.
La primera punzada ocurre un poco antes de las siete de la mañana, cuando una lanceta perfora uno de sus dedos de la mano, el objetivo: sacar una muestra de sangre para conocer su nivel de azúcar. Los especialistas indican que el nivel de azúcar en sangre normal es de 110 mg/dc, pero los de la niña casi siempre superan este límite.
Como a la media hora después, su madre, María Eugenia Urbina, le inyecta en uno de sus brazos una dosis de insulina.
A lo largo del día se mide tres veces más el nivel de azúcar y a las siete de la noche, después de cenar, se pone una última dosis de insulina.
“A mí lo que más me duele es estarme inyectando, antes lloraba bastante, pero ahora que tengo un poquito de tiempo de hacerlo casi no me duele, a veces yo misma me inyecto pero como no sé muy bien me lastimo los brazos. A veces no quiero inyectarme, pero lo hago porque si no me gravo”, dice María Gabriela.
“Hay una rotación de las inyecciones, se pone en las piernitas, por el ombligo, muslos, caderas, es difícil pero hay que hacerlo”, añadió su madre.
El doctor Alfonso Matus dice que los niños diabéticos son iguales al resto de niños. Lo único que tienen que cumplir es con sus comidas y medicinas a la misma hora todos los días. “El niño diabético necesita proteínas, minerales, vitaminas, no le voy a quitar el arroz o frijoles, pero sí lo que no necesitamos como gaseosas y golosinas. Les hace falta desayunar, almorzar y cenar bien con una refacción a las diez de la noche”, concluyó.