Empalme de Boaco,
palmada de esperanza
en los hombros cansados del viajero
mientras se refrescaba el bus
bajo las alas de zinc de la gasolinerita.
Viajes entre mi ciudad y la capital,
años de aprendizaje de la carretera del mundo.
Empalme de Boaco,
crucero anudado por los cuatro vientos
que bajaban aburridos de los cerros
despeinándome apenas en elevados adioses;
largos pitazos en la mañana:
Buses Toledo con el escapulario del sol colgando de sus ventanillas,
con sus longitudes plateadas de ballena chorreando el camino
y sus robustas carrocerías de gladiadores de Chirico
pero ensambladas por un mecánico forzudo de Fernand Léger,
con los enormes nidos de las canastas arriba
y las perdidas golondrinas que se iban tras ellos soñando
poner un huevo sedentario en las distancia;
Buses Toledo que no volverán a este empalme del tiempo
donde ahora espero entre Francia y España
ah, que piten anunciándome que va hacia Juigalpa.