A Amelia Mondragón
En la tierra aburrida de los hombres que roncan
se hizo piedra mi sueño y después se hizo polvo.
Joaquín Pasos
Por dentro la torre era ancha y espaciosa. El aire se colaba por los portillos mezclándose con el olor a baptisterio que subía de la nave central. Granada ardía en el letargo de la tarde pero a la altura de los artesonados los reflejos del sol apenas calentaban la torre. Era fresca aun en los días de más calor.
Arriba la vida transcurría con calma, lejos del piafar de caballos y el bramido de los barcos que traían noticias del arribo de los infantes de marina. La brisa del lago acompañaba la siesta. Las calles quedaban hundidas en el marasmo. Desde la torre el paisaje de los tejados era una visión de otro tiempo. A las dos de la tarde alguien dio la voz de alarma al capellán:
Han subido.
El sacerdote puso a un lado el misal y lo miró fijamente.
¿Estás seguro?
Sí.
Entonces cierra las rejas y que nadie los moleste.
Las últimas noticias llegaron el martes. El dinero escaseaba. La Gran Depresión se hacía sentir. Desde 1929 los periódicos hablaban de tribus famélicas y suicidios masivos. Algunos mostraban fotografías de éxodos a lugares menos yermos para empezar una nueva vida. En Europa, la República de Weimar trastabillaba y España estaba a punto de deshacerse entre nacionalistas y republicanos. Pero en el trópico hacía muchos años que las amenazas de guerra eran algo habitual. El hambre había dejado de ser novedad. El swing y el fox-trot llegaron para quedarse. El beisbol causó furor.
Por fuera, la torre era una mezcla de aires barrocos y pretensiones neoclásicas. Tres o cuatro piras dantescas la dejaron como un anexo inservible de la antigua parroquia, hasta que un grupo de albañiles le devolvió su aspecto morisco y sus campanas volvieron a repicar. Subir equivalía a una proeza. Los sombríos escalones sin barandales provocaban vértigo. El viejo reloj en uno de sus costados anunciaba la hora con precisión de alcaraván.
Espera añadió el jesuita asegúrate de pedirles sus escritos.
El cuidador lo pensó un momento y dijo en tono de alarma:
Le recuerdo que están locos.
Sí, pero no son locos peligrosos. Son poetas.
Era época de la canícula y la carta del obispo continuaba cerrada.
Los bandos más recientes anunciaban refriegas en la zona septentrional. Un helicóptero derribado, veinte infantes de marina descabezados y el gobierno puesto en jaque por las hazañas de un guerrillero. Pablo Antonio, Joaquín, Manolo, Luis Alberto y José, los poetas de la torre, comentaban con entusiasmo sus hazañas. Leyendo unas cuartillas que traía en el bolsillo, Pablo Antonio dijo refiriéndose al guerrillero:
En el árbol de la noche el silencio empolla gavilanes furiosos.
No muy lejos la gente hablaba en soft-tone y degustaba sandwiches y french fries. Los cafés eran imitaciones de los bares de Filadelfia y el bingo resultaba ser la sensación del momento. Los trajes de muselina y el frac se pusieron de moda. Los antros del barrio bohemio, donde antes se reunían los poetas, fueron comprados por los dueños del Social Club. En proclamas altisonantes anunciaron que preferían a Darío:
A Darío y a Pallais, añadieron otros. Los raros, que se vayan al carajo.
El obispo les dio la bendición:
Acta esta fábula, gritó desde el púlpito.
Pero los jóvenes poetas estaban llenos de nueva literatura. Huidobro, García Lorca, Neruda, Vallejo, las traducciones de T.S. Eliot, Apollinaire y Cocteau. El cubismo los había entusiasmado. Pronto llegó la indignación.
No son de nuestro barro, comentaron algunos críticos.
La ciudad vibraba en esplendor. Las viejas familias acumulaban riquezas. Los discos de ópera eran las delicias de cada hogar. Hambre y guerra parecían asuntos distantes, y las refriegas en las montañas, manchas oscuras que opacaban el progreso. Los poetas de la new wave eran un escándalo. Sus odas a indios y campesinos contrastaban con el new taste. La patria se convirtió en utopía, mientras que la locura pasó a ser un estigma. Muchos fueron llevados al sanatorio en medio de gritos y alboroto.
La herencia de nuestro pueblo es fecunda, dijeron los poetas en la torre.
Pero abajo la hojarasca del Modernismo engendraba una nueva casta, y lo autóctono se perdía en el vendaval de lo que ahora llamaban progreso.
Asegúrate también de decir que no estoy a quien me busque, concluyó el sacerdote abatido por el calor.
¿Y si son los del Social Club?
Menos.
Los nuevos infantes de marina llegaron en los últimos buques. Vestían de blanco y decían yes, sir. La gente los recibía con alborozo, imitando sus gestos, copiando sus palabras, emparentando con ellos, mientras que los poetas en la torre lamentaban su presencia.
Desde la cúspide del campanario donde los jóvenes subían a leer sus poemas, era imposible divisar los cuarteles. Las fortificaciones quedaban lejos, allá donde el mar se perdía entre las aguas cenizas del lago. Era una ciudad aparte. Sin embargo, se escuchaba de sus andanzas en los prostíbulos y los memorables agasajos que les ofrecía el gobierno, cuyo propósito era apresurar la construcción de un canal que uniría los dos océanos.
Pronto veremos a un dios English speaking, dijeron los poetas en la torre, aislados definitivamente de la ciudad.
Por eso, entre estruendos e insultos los sacaron del barrio bohemio. Clausuraron los antros, construyeron nuevos edificios, y en su lugar inauguraron tiendas y hoteles. Las reuniones literarias fueron prohibidas. Hablar de hombres y mujeres descalzos era un delito. La nueva naturaleza que mostraban algunos poemas, con sus congos, vacas muertas e insólitas amenazas era agobiante. Para quienes amaban a la triste princesita de Sonatina, la nueva poesía era un desafuero. Los editores se volvieron hostiles.
Esto no es literatura, aseguraron los dueños de los periódicos, mientras sorbían una copa de vino. Pero en medio del delirio brillaba el humor:
El campo y los animales nos lo agradecerán, dijo José entre risas, refiriéndose a los poemas que Pablo Antonio escribía.
Nunca la canícula había causado tanto bochorno. Los poetas desaparecieron. No se escucharon más sus discursos. Sus palabras se convirtieron en señal de exotismo. Nadie asistía a las tertulias que organizaban en timbas clandestinas. Se hundieron en la distancia. La ciudad los fue desplazando hasta que los avances de la guerra y las hazañas en las montañas, lideradas por un enjuto guerrillero llamado Sandino, convirtieron sus proclamas en vaticinio.
El cuidador se detuvo un instante, dio media vuelta y miró nuevamente al jesuita a través de los lentes.
¿Y si viene el señor Obispo a amonestarlo? ¿Qué le digo?
La respuesta se le presentó pura, diáfana y sin asomo de rencor.
Dile que se vaya al carajo.