De su memoria y recortes de prensa también fluyen los recuerdos: Viajé a Francia, hice algunos dibujos; aprendí más del francés, ahí me encontré con Carlos Martínez Rivas y me fui con él a Madrid, ahí nos reunimos con otros poetas franceses y españoles. En ese entonces participé en el Festival de Cádiz y mis obras fueron publicitadas junto a los grandes del dibujo y grabado contemporáneo. Y que en esta muestra llamada ALCANCE 69 figuraron celebridades como Joan Miró, Picasso, el cubano Hugo Consuegra, el peruano Eduardo Moil, entre otros latinos y españoles.
En este festival también destacaron en literatura, los poetas, Pablo Antonio Cuadra y Carlos Martínez Rivas, así como la canción folclórica El Colebrí. (Prensa Lit. 1969).
Años posteriores participa en otra exposición pero en Nicaragua, junto a Ernesto Brown, el muralista César Caracas, Sergio Dávila y María Isabel Cardenal. Pero su campo se amplía al de la fotografía en blanco y negro. Su nombre queda registrado a los notables fotógrafos Franco Peñalba, Orlando Ocampo de foto Imperial, Hernán Barreto, Alberto Knoepffler y Guillermo Kang del staff de SEMANA.
Para su lente de cámara posaron sensuales mujeres, rostros gráciles o cotidianos. O rostros de poetas y pintores, como Carlos Martínez, José Coronel Urtecho, Ana Ilse Gómez, Amaru Barahona, Alejandro Aróstegui, Dino Aranda, Leoncio Sáenz y Mario (el poeta) Selva.
Sus inicios
¿Cómo te iniciastes?, le preguntamos, y nos responde ágilmente: En las ardientes playas de Corinto, dibujando a los cuatro años rayitas horizontales en su arena salitrosa.
De esta imagen de verano parten sus primeras experiencias en esta cosmogonía de las artes visuales. Pero Barreto encontró más en la calle Bolívar de Managua, cuando recibió sus primeras lecciones con el papá de don Rodrigo Peñalba, el maestro Pastor Peñalba, propietario de la Óptica de su mismo nombre.
Don Pastor le daba clases en su propio despacho. Me acuerdo que aprendí a dibujar lo básico, con algodoncito y carboncillo, nos relata con pudor juvenil.
Otro que le impartió conocimientos elementales fue el escultor Genaro Amador Lira. Años posteriores viajó con una beca a Nueva York, donde estudió pintura por un año, bajo el programa Progresive Education. En 1946 presenta su primera exposición personal, a lo One man show, en Bard College, parte de la Universidad de Columbia, NY.
Entonces vino lo que tenía que suceder: mis padres me dijeron que iba a estudiar arte y volver a Nicaragua a comer mierda, entonces me dijeron que estudiara un machetito que me diera de comer, nos revela en tono bajo. A partir de ahí, abandona la pintura y estudia arquitectura en la Universidad de Illinois. Regresa al país donde desarrolla su larga carrera de arquitecto y ejecutivo empresarial.
Sobre su técnica y búsqueda temática afirmaba que había vivido siempre buscando inspiración interna, espiritual, más que estética. Pintor no me siento, me siento más bien artista, la idea de ser artista es como tener expresión musical, nos reafirma convencido.
Valoraba sus diseños como geometrías, con tendencia hacia la abstracción. Siempre he sido rapidísimo en el uso de la brocha, libre y de los grandes rasgos, expresaba. Por lo que trabajar sus obras seguían siendo como un juego de playas al delinear en la arena de manera espontánea, una imagen libre y luego destruirla. Esto forma parte de mi proceso dinámico de energía y creación inmediata, que no tiene carácter de permanencia, como las pirámides de Egipto, que es erótico pero no es sexual sino sensual. En las playas de Poneloya, yo hacía y deshacía dibujos de muñecas petit-beurre, también hacía dibujos de machomen con sus grandes toletes…, esta es una actividad erótica, no erótico en el sentido de la sexualidad sino de la sensualidad poética, afirmaba Sam convencido de que su arte perduraría por su genuina creatividad y su pasión sin fronteras.