Cuando la esfinge y su misterio
En busca de sí mismo,
A Samuel Barreto.
Para que cuando se
encuentre, se reconozca.
Aprendió el lenguaje
de las cosas sencillas.
Vio en las tardes las rosas
muertas y la luna en el agua.
Un día se empinó para ganar su
sueño, pero no encontró nada sino
la pesadumbre de un reino que él nunca
descifró.
Escribía la poeta Ana Ilce Gómez, un marzo de 1971, este sorprendente poema, en un intento por capturar el númen pictórico, atemporal, lúdico y erótico de su amigo Sam Barreto (1926-2006). Al final del tiempo este retrato lírico viene a ser una faceta más de la saga de su amigo, integral arquitecto, fotógrafo formal y experimental, dibujante y artista por siempre.
Los últimos años de este artista fueron difíciles y poco conocidos pero su afán de pintar con líneas informales y sensuales, colores fuertes y brochazos sueltos, en óleos, acrílicos y tintas serigráficas o slide art, lo llevó hasta el final de su existencia, a su máximo deseo de ser el mismo en suma de pasión, gozo y libertad creadora.
Su paso por la historia de las artes en Nicaragua, desde mediados de los años cincuenta del pasado siglo a la fecha fue cíclico, de saltos de mata pero altamente productivos y muy genuinos artísticamente hablando. Sus sensuales mujeres que pintaba y que llamaba las chichonelas, petit llegaron para quedarse, los dibujos de trazos rápidos y caprichosos, sus pinturas pop, expresioncita o de abstracción geométrica y las fotos que tomó a poetas, pintores, modelos y gentes sencillas de los barrios como los fotorreportajes de Acahualinca o notas culturales escritas desde México o España, igual. No obstante, su vida fue una especie de paradoja, de retrato en contraste con la vida formal de su profesión y de empresario exitoso, en la publicidad y el desarrollo social.
Conversando con Sam
Diciembre 2001. Los primeros huéspedes que salen al paso del visitante curioso que busca una cita con Sam Barreto Argüello, son dos viejos perros pastor alemán, y luego… una empleada mestiza de facciones ladinas. Adentro de la quinta, una pequeña estatua de madera de San Sebastián parece vigilar la entrada.
Ese mes lo visité en su Quinta El Bambú, en San Patricio, zona sur de Managua, ahí se encontraba su taller y parte de su historia la compartió conmigo. Soy un artista atrapado en esta paradoja, me decía, al tratar de explicarme su dividida vida, de ejecutivo de empresas retirado graduado en INCAE y Harvard y de artista pasionario, deseos con los que comulgó desde muy niño.
Sam era un singular personaje, de piel clara, nariz aguileña. Me refiere como parte de su orgullo histórico que cuando él nació en La Perla del Septentrión (Matagalpa, 1926) y dio sus primeros pasos, Sandino andaba peleando con los yanquis peloe mai, en las montañas Segovianas. Este ha sido tema de motivo en sus pinturas, por lo que pintó su Sandino rojo, el que llevó a su oficina cuando era viceministro de Inturismo en los años en que Herty Lewites fue ministro de esa cartera.
Años después me comentó que tenía un nuevo proyecto TURIFAN para la Laguna de Apoyo, que tomaba en consideración el potencial turístico y el desarrollo rural de la zona. Siempre estaba pensando en el impacto social. Al respecto, en uno de los proyectos presentado a INCAE, contrastada en dos de sus dibujos minimales, Ciudad Radial versus Ciudad Lineal, la desigualdad social.
Así pensaba Sam (hijo del tendero de mueble, Samuel Barreto Portocarrero), resistiéndose a ser jubilado. Si bien los títulos de Harvard, INCAE, FUNDE, INDE, EDUCREDITO, CADIN, ALFATEC, ARTE TÉCNICA, Grupo de Jogging Hash, UCA, ONU, Pedreras Nicaragüenses, Asociación Nicaragüense de Ingenieros (ANIA), permanecían a la intemperie en una parte alta de su garaje, el deseo por pintar crecía cada hora.
Expone en su última reaparición cíclica (2001-2003) obras suyas en galería Pléyades y galería Praxis. Se pueden apreciar las formas de sus chichonelas, su urdimbre erótica, sus geometrías marineras esbeltas y soberbias a la par de pinturas de renombrados artistas como Armando Morales, Orlando Sobalvarro, Denis Núñez, Mauricio Rizo, el ecuatoriano Jorge Tamayo y otros más.
Sin duda, en estas horas de ocaso, la grandeza de su arte indomable gobernaba la cima de su vida, al margen generacional. Seguía siendo como un caprichoso y genial niño a sus casi ochenta años.