- El autor explica el origen de su última novela, Shalimar el Payaso
En sus inicios, Salman Rushdie soñaba con llegar a tener algún poder como escritor porque creía que era el deber de los intelectuales usarlo para hacerse oír sobre los grandes temas del momento. Claro que nunca imaginé las circunstancias que me iban a dar a mí ese poder, confesó en una conferencia reciente, en clara referencia a la fatwa (condena a muerte islámica) por la que debió vivir oculto casi una década. ¿Su lección, entonces, para los miles de estudiantes que absorbían cada palabra fascinados? ¡Hay que tener mucho cuidado con lo que se desea!, exclamó con una gran sonrisa.
Evidentemente, a Rushdie el precio sobre su cabeza que puso en 1989 el Ayatollah Jomeini a raíz de Los Versos Satánicos oficialmente terminado no le ha hecho perder el sentido del humor. Pero tampoco deja de opinar. Sea como presidente del Pen Club cuyo mandato acaba de terminar pronunciándose en contra de la censura particularmente en Turquía, escribiendo cartas abiertas sobre las caricaturas de Mahoma o como novelista: su último libro, Shalimar el Payaso (Mondadori), trata sobre un jovencito encantador que termina como fundamentalista islámico. Aun así, lamenta ser más conocido como una causa célebre, como él mismo se llama, que como escritor.
Martin Amis tuvo una frase maravillosa cuando todo el problema de la fatwa empezó: Salman ha desaparecido en los titulares de cultura, dijo, y fue exactamente cierto. Como escritor, me volví invisible y fui en cambio una noticia política, explica con su impecable acento oxoniano y su look de intelectual británico en mañana de domingo: pantalón de cotelé verde, viejo sweater gris y sus característicos anteojitos redondos.
¿Cómo se origina Shalimar El Payaso?
El germen del libro tiene más de 20 años. Yo volví a Cachemira (de donde es mi familia) varias veces y en 1987 la televisión británica me pidió que hiciera un documental sobre el tema como una reflexión personal. Pasé entonces varios meses viajando y haciendo entrevistas, pero al llegar a Cachemira encontré un grupo de gente extremadamente pintoresca que me cautivó. Era un conjunto de músicos populares de enorme dulzura y empecé a ir de pueblo en pueblo filmándolos mientras tocaban. La gente en Cachemira es muy abierta y nos contaban las dificultades de su vida cotidiana pero no se animaban a hacerlo frente a la cámara por miedo a reacciones del lado pakistaní o del hindú. Permanecieron en mi memoria por muchos años y sabía que en algún momento iba a usarlos, a llevar su historia al mundo. Finalmente, me basé en uno de ellos para el personaje de Shalimar.
Los lectores latinoamericanos en general saben poco sobre Cachemira. ¿Es eso importante?
Si yo leo a Sábato o a Manuel Puig obviamente el conocimiento sobre Argentina con el que llego al libro va a ser mucho menor. Pero lo que tiene la buena literatura es que te crea un universo en el que puedes creer lo que pasa, vengas de donde vengas. Eso es lo que hacen tan bien los escritores rusos, en particular Dostoievski. Pero la cosa es que al llegar a un libro uno no tiene por qué saber nada. Abro Cien Años de Soledad y tengo este incidente sobre el que nada me importa y, sin embargo, entro al mundo de Macondo, que milagrosamente se vuelve accesible para mí por el talento del escritor. Si puedo lograr eso con mis novelas, no podría desear nada más como escritor.
¿Cómo llegó a la literatura latinoamericana?
Curiosamente no fue a través de Gabriel García Márquez, como la mayor parte de mi generación, sino a través de Jorge Luis Borges. No estudié literatura sino historia en la universidad, pero siempre pasé horas recorriendo librerías. Una vez, de pura casualidad, en una de mis librerías favoritas encontré una copia de Ficciones en Inglés. Lo agarré solamente porque era la misma editorial que publicaba a Beckett. Fue fatal: ya no pude abandonar el libro. Fue bastante gracioso porque justo después de que me recibí (sería a fines de los sesenta o principios de los setenta) Borges vino a Gran Bretaña a dar una conferencia. En ese entonces yo pensaba que era la única persona que sabía de su existencia en Londres. Enorme fue mi sorpresa al encontrar un auditorio con miles de personas esperándolo. Borges, a quien yo consideraba mi vicio privado, resultó ser una adicción compartida. Pero yo no sabía nada de literatura latinoamericana y esa experiencia hizo que empezara a interesarme y querer saber más y más. Después se volvió el tipo de literatura con el que me sentí más identificado.
¿Por qué?
Me di cuenta la primera vez que viajé a América Latina: es porque se trata de un mundo muy parecido al de la India. Las diferencias entre ricos y pobres, una historia de regímenes militares y civiles totalitarios, la corrupción extendida, la religión metida en el medio de la cultura, la importancia de la unidad familiar… todo eso es muy parecido a la estructura de la vida en la India. También está esa creencia en lo milagroso, no como algo abstracto sino suponiendo que los dioses (o en el caso de ustedes los santos) operan de manera concreta en nuestra vida cotidiana y si uno quiere que le pase algo bueno, hay que ir y hacer ofrendas.
Al escribir este libro, ¿tenía algún tipo de agenda política sobre la India y sobre Cachemira en particular?
Yo no escribo para alertar. No me gustan los libros que te mueven el dedito amenazante y nadie me necesita para saber los peligros del fundamentalismo islámico. Pero la gente, como yo soy el autor y por todo lo que me pasó, ve un libro mío y automáticamente piensa que el tema es puramente el radicalismo islámico, pero concretamente en Cachemira la situación es más complicada que eso. Porque el fundamentalismo islámico ha sido allí un gran problema en los últimos veinte años pero está también el problema de la opresión del ejército indio, que viene de hace medio siglo. No son sólo los fanáticos, sino el militarismo indio lo que ha causado la crisis de la zona.
¿Por qué hizo que su asesino, un fundamentalista islámico, empezara como un payasito adorable?
Siempre me interesaron las grandes transformaciones en mis personajes. A veces estas fueron físicas y a veces de personalidad. Cuando me acordaba de los artistas de pueblo de Cachemira, pensé qué efectivo sería transformar a uno de ellos en un monstruo porque el corazón del lector está con ellos desde el comienzo y sentir empatía por alguien que termina haciendo atrocidades era un tema que me interesaba explorar. Conocí a Bertolucci justo cuando iba a filmar El Último Emperador. Me contó de este chico que creció en la Ciudad Prohibida con todo el mundo tratándolo como a un dios, para terminar trabajando de jardinero. Bertolucci estaba obsesionado con los cambios que tuvieron que pasar por su cabeza. ¿Le lavaron el cerebro o una persona realmente puede cambiar así de forma de pensar? Eso mismo me pregunté al hacer que Shalimar pase de músico a asesino fundamentalista.
¿Cuánto de verdad tienen las descripciones de su novela?
Si bien nunca estuve en un campo de entrenamiento jihadista, sí tengo amigos periodistas que trabajaron mucho en la región y consulté a especialistas en terrorismo. De hecho, creo que nunca hice tanta investigación antes de escribir un libro, y en tantos años que viví con los servicios secretos encima, aprendí cosas que sin duda volqué sobre la gente que trataba de matarme. Pero no importa cuánta investigación uno haga, eso no es más que la base, sólida en el mejor de los casos. A partir de ahí hay que lograr que los personajes tengan vida para que todo llegue al lector. Y entonces hace falta el acto novelístico, esa magia difícil de describir, que es lo que en el fondo determina cuán bueno será el libro.
El País de Uruguay
(Fragmento)