A mi tía Carmen Domínguez Castillo, quien descansa en paz
Frente a mí, el ataúd, féretro frío en la sala de la casa materna,
exactamente en el mismo lugar que sirvió de habitación de la tía Camo
en mi niñez. Azorado y taciturno atravieso recuerdos transidos: candidez y energía;
una vida que terminó donde ella precisamente acomodaba sus sueños todas las
noches. Ahora duerme su último sueño o quizás el primero arropada con la sonrisa
de la virgen María en la penumbra. No sé dónde te hayas ido, pero en donde estés
este recuerdo que cala mi sombría osamenta nunca excepto cuando yo mismo te acompañe dejaré de mirar en lontananza ese rostro rodeado de niños en comunión con Dios.