- A Vladimir Rothschuh
A la calle Palo Solo llegamos cuando tenía seis años. Ahí construimos una casa con jardines que nos ofrecía placer. Altos muros interiores calzaban zoclos de maderas de cedro, espacios que nuestro padre decoraba con creatividad interrogante en su verticalidad plástica hacia el agrado pictórico. Esa pasión iconográfica religiosa que había perdido irreparablemente en su juventud, la rescató con racionalismo y ars poética en su hogar y en sus libros. Reconocía igual que Ts´ao Chih que la pintura es una evolución de la escritura. Los cuadros de sus amigos siempre han ocupado paredes y páginas de su vida. De él heredamos la imagen visual sin deformismo dogmático: Whitman en el frontón de la sala convertíase en luz, árbol, aire, tierra; Alejandro Aróstegui entintaba cráneos desnudos reunidos o concentrados en el preludio de la muerte. Sobalvarro elogiaba al trabajo y Carrillo nos retornaba al muralismo mexicano en un breve espacio de cuatro por cuatro. Frente al teléfono colocamos un retrato de César Vallejo, representando un rostro humano entristecido, de frente amplia, mechones encrespados y mirada posando para la eternidad.
Teníamos un techo, refugio de descanso, pretexto para narrar y reflexionar el entorno de huellas que contaminaban nuestro génesis. En el patio el alcaraván se tragaba la aguja del campanario, eso decía mi padre; el árbol de cacao de anchas hojas y mazorcas de semillas preciosas, crecía desprotegido sin madreselva; la lora maruca lloraba como una niña, pero gargajeaba como borracho pendenciero; la maracuyá se extendía floreciendo por los aleros como sierpe lezamezca; la araucaria crecía lo suficiente para decapitarla, alcanzando diez metros sembrábamos otra; el cilantro poblaba la fragancia húmeda del suelo, antesala del oloroso cocido de carne con verduras; el limonero refrescaba el tedio y chorreaba su jugo sobre el asado; la hiedra se pegaba a las paredes con fuerte romanticismo y el laurel rompía el piso sin poder evitarlo. Rosales y jazmines complacían las tardes de mi madre.
Gozábamos ese espacio íntimo, pero reconocíamos que le faltaba un pozo donde la luna bajara cada noche a entregar su elegía inconclusa. Nos gustaban los cocoteros que se asomaban en todos los patios vecinos, nos hacía falta el enorme árbol de mamón de los Castrillos, en el cual nos trepábamos a jugar todas las tardes con nuestras vecinas. Queríamos disfrutar los mangos y grosellas de doña Toña Rivera, apedrear los aleros con palomas de la viuda Silva, observar el jícaro con orquídeas de Chinyuy y acabar con los jocotales de Lupita Argüello de una sola vez. Los gallos de peleas de Abelardo Castro y Eudoro Suárez nos encantaban y como si fuera poco, amábamos de todo corazón el desparpajo institucionalizado en casa de la Bochita.
Tratábamos de mitigar el tedio. Buscábamos en el verdor el solaz de sus hojas, en los aleros de los corredores colgábamos helechos para refrescar un poco el bochorno del trópico; diseñábamos una casa para los meses de sequía y las temporadas de lluvias. Cuando caían las primeras aguas se esparcía un olor de hojas secas y tierra fresca. Crecía de nuevo el paraíso. Compartían armoniosamente aridez y humedad.
Llegando los aguaceros, las mejores estrategas del barrio eran las niñas Montiel, sus correteos no eran vanos, su alegría era fértil: estaban contentas porque las lluvias hacían crecer la pastura que engordaba sus vacas, porque ya habían tapado todas las goteras del techo; porque abrieron las coladeras del patio; porque colocaron sacos de bramante a las entradas de las puertas para que no enlodaran el piso; estaban contentas porque esperaban el amanecer para sentir en su cuarto la floración del naranjo. Llovía en sus predios.
Desde la esquina del Hotel Imperial se oía desgajar el aguaje junto a la tierna voz de Julio Jaramillo, murmullo que convencía a Coquito. Ella nos preparaba la comida cantando a dúo, rondando tu esquina sin temer la ferocidad mojigata de la canción; pero pienso que Coquito descuidaba el olor de sus carnes (puestas en el fuego), lloraba con ardor echándole culpa a la cebolla.
Las lluvias aligeraban en las muchachas la luz de sus ojos. Sentíamos su piel abierta al sopor, disueltas, perdidas en el tibio gozo. La frescura del aire cerraba los poros de la tierra, la tersura crecía como musgo tierno que muda en la corteza de los árboles. Después de llover, salíamos a la calle a lanzar en el viento aviones de papel, corríamos felices cuando liberábamos barriletes o palometas que planeaban junto a los zopilotes; jugábamos mil pretextos con tal de salir fuera de casa. Nuestro alegre jardín no abarcaba toda la primavera.
Con el primer porrazo del mes de mayo volvíamos a nacer. El aire tibio de las noches se asentaba, regresando el olor a la tierra seca, recordada y recortada gustosamente en el melón o la sandía. Bella época cuando las mujeres alcanzan alegrías con dulzura de jicote. De los patios desnudos brotaban verdes hojas sopladas por la mágica humedad de la montaña, pero amanecíamos con el sol de todos los días. Los temporales lluviosos desatados despertaban nuevas canciones. Amábamos el aguacero porque caía del cielo. No importaba si era una brisa triste, depositada en los rincones de la tarde o si se desataban aguajes con ínfulas de vendaval. El agua nueva era la sangre que no quería irse de nuestros cuerpos. Despertábamos bajo el rumor del tejado; oyendo caer el agua revivíamos el tiempo.
Habitamos el cielo de Juigalpa. Desde la calle Palo Solo firmábamos nuestras crónicas para el diario La Prensa, sabíamos que los políticos oportunistas cambiaban nombre a las calles sin importarles la tradición de los pueblos. Eran tiempos que seguíamos a nuestro padre a las reuniones de barrio y nos uníamos a su lucha social. Él nos decía que Juigalpa era una vaca echada, a quien los perros ladran sin lograr levantarla.
Sin descanso, el poeta Rothschuh Tablada realizaba gestiones para crear escuelas primarias, secundarias, pedagógicas, técnicas, agrícolas, club de obreros, liceos, museos, zoológicos, clanes, universidades. Abríamos calles, cambiábamos basureros de lugar, metíamos a los alcaldes corruptos en cintura, amarrábamos a los locos del pueblo, defendíamos a los desamparados, ayudábamos por el mero prurito de servir a un pueblo. Nos repetía citando a un escritor ruso visionario que pintáramos bien la aldea para ser universal. Pensaba como el viejo Pound, cuando decía que un hombre bastaba para corregir a un pueblo. Mi padre no sufría depresiones religiosas ni fanatismos politiqueros, a nuestra casa llegan conservadores, liberales, sandinistas, ricos y pobres, ateos o religiosos, a todos los recibimos con el mismo afecto.
En la casa de la calle Palo Solo viví muchos sueños. En ella escribí poemas a mis amigas con tal de contraherrar al rojo vivo sus ausencias. En prosa agradable rescataba personajes populares, promovía artesanos y artesanías, difundía tradiciones. En esa casa dormía bajo aullidos de perros que espantaban las noches; el Quimo me recordaba a los perros carniceros del colonizador Pedrarias; el Amigo era tan ágil como los del romano Marco Antonio, el Kadir se había quedado manco en una batalla y el Jack marcaba con fiereza su territorio.
Avivaban las madrugadas los alaridos aspaventosos de los matarifes del mercado municipal; Caite de Palo y Cervando Loco agitaban los nervios, cuchillo en mano, frente a los candiles de carburo. Los camiones salían a los pueblos desgañitando bocinas a coro con Chepe Cruz y Chicharrón Suárez. Poco a poco se oía la mañana desde el campanario de la parroquia. Juigalpa amanecía llena de charcos, olía a fresco trote de caballos lecheros, los zanates despabilaban su canto belicoso y el sol humedecido sobre los muros calentaba la piel de las iguanas.