Escultura de Miguel Ángel Abarca.

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA INTERNACIONALIDAD DE LAS LENGUAS (A PROPÓSITO DEL ESPAÑOL)

Permítanme comenzar con una afirmación contundente: el español es una lengua internacional. Estoy seguro de que si pidiese a un auditorio cualquiera, a ustedes por ejemplo, que escribiesen durante un minuto los nombres de las lenguas internacionales que se les ocurran, muy pocos, tal vez ninguno, olvidaría incluir el español en su lista. También incluirían […]

Permítanme comenzar con una afirmación contundente: el español es una lengua internacional. Estoy seguro de que si pidiese a un auditorio cualquiera, a ustedes por ejemplo, que escribiesen durante un minuto los nombres de las lenguas internacionales que se les ocurran, muy pocos, tal vez ninguno, olvidaría incluir el español en su lista. También incluirían probablemente el francés; y nadie, absolutamente nadie, olvidaría el inglés. Tal vez la mayoría de las listas comenzasen por esta lengua. Ya no sería tan probable, en cambio, que en todas las listas figurasen el ruso, el chino, el alemán, el árabe o el malayo. Tal vez no faltaría entre ustedes quien estuviese dispuesto a negar que alguna de estas lenguas sea realmente internacional. Y probablemente nadie anotaría en su lista el quechua o el vascuence. Espero, pues, que estemos todos de acuerdo con mi declaración de partida acerca de la internacionalidad del español.

Resultaría más difícil, imagino, que nos pusiésemos de acuerdo en las razones por las que debemos considerar que una lengua es internacional. Como sucede con tantos otros conceptos que manejamos habitualmente, el concepto de lengua internacional es fácil de intuir, pero se vuelve escurridizo cuando queremos definirlo con precisión. Leo, por ejemplo, en un trabajo en el que se listan las características básicas de la lengua española como sistema lingüístico y como vehículo de comunicación de una amplia comunidad (Moreno y Otero 1998:69), la misma afirmación que acabo de hacer: “El español es una lengua internacional”, fundamentada por los autores del siguiente modo: “tiene un carácter oficial y vehicular en 21 países del mundo”.

El argumento parece a primera vista bastante sólido: el hecho de que una lengua se hable en muchos países se corresponde con nuestra intuición básica acerca de qué es una lengua internacional; y puesto que el inglés es lengua oficial o cooficial en cincuenta y un países, podríamos decir que es mucho más internacional que el español, y lo será también, aunque en menor medida, el francés, lengua oficial o cooficial de veintiocho países.

Pero si extremamos el argumento, enseguida empezarán a aparecernos problemas por ambos flancos. Por una parte, la lengua más hablada de todas, el chino, entraría muy forzadamente en el grupo de las lenguas internacionales, pues si bien es oficial en tres países, uno de ellos, Taiwan, no es universalmente reconocido, no forma parte de los organismos internacionales y podría ser absorbido en cualquier momento por la China continental; y el otro, Singapur, es un país muy peculiar que se asemeja más a una ciudad-estado que a otra cosa.

Por otra parte, nos encontraríamos con lenguas con muy pocos hablantes a las que tendríamos que considerar como internacionales, puesto que son oficiales en más de un país; tal es lo que sucede con el quechua, lengua cooficial, junto con el español, en Perú y Bolivia. ¿Y qué sucedería si algún gobierno en Francia cambiase la política lingüística unificadora y centralista que ha caracterizado a ese país en los últimos siglos y decidiese, por ejemplo, otorgar cooficialidad a las lenguas regionales que todavía subsisten? ¿Se convertirían por ello el vascuence y el catalán en lenguas internacionales, al ser oficiales o cooficiales en más de un país?

El profesor Marcos Marín, en un artículo de título tan contundente como mi afirmación inicial, sostiene que la respuesta a la pregunta inicial, a saber, qué queremos decir con “lengua internacional”, puede expresarse desde dos posiciones: la definición general se limitaría a decirnos que una lengua es internacional cuando se habla en dos o más naciones, de acuerdo con la definición del diccionario académico. El español cumple ese requisito, efectivamente. La definición demográfica precisa la anterior y viene a decirnos que un número de hablantes superior a un nivel (necesariamente arbitrario, convencional) confiere el carácter de internacionalidad a una lengua.

El nivel trescientos millones funciona inmediatamente y nos permite volver a responder afirmativamente a la cuestión de si el español es lengua internacional. (1995:64)

Según esta distinción, el quechua sería una lengua internacional de acuerdo con la definición general pero no lo sería de acuerdo con la definición demográfica. Lo mismo sucedería con el vascuence o con el catalán, incluso, aunque no fuesen declaradas lenguas cooficiales en Francia y aunque no lo hubiesen sido en España (obsérvese que Marcos Marín se refiere solamente, en su definición general, a lenguas que se hablan en dos o más naciones, sin la exigencia del requisito de oficialidad). Pero ninguna de las tres sería lengua internacional de acuerdo con el criterio demográfico o al menos eso nos parece, ya que el profesor Marcos no nos dice en qué cantidad de hablantes sitúa él ese nivel por encima del cual una lengua puede considerarse como internacional. Sí nos dice que ese límite sería forzosamente arbitrario, convencional, pero ¿dónde lo ponemos? Y sobre todo, ¿quién lo establece?

Imagino que todos preferiremos que ese límite arbitrario termine en cero. El escritor guatemalteco Augusto Monterroso ha publicado recientemente unas páginas deliciosas acerca de la fascinación un tanto supersticiosa que ejercen sobre nosotros, al menos en la cultura occidental, las cifras terminadas en cero, y especialmente las terminadas en más de un cero. Por ello convertimos en efemérides los centenarios (y a veces, incluso, los cincuentenarios: el Goethe Institut ha desplegado este año una intensa actividad cultural en torno al 350 aniversario del nacimiento de Goethe pero es sumamente improbable que se repita ese esfuerzo antes de llegar el cuarto centenario). Esta atracción por los ceros explica la alharaca que estamos viendo en torno al fin del milenio (¡con tres ceros!), por más que no acabe ninguno según el calendario árabe, el chino, o el japonés. Dejándonos llevar por esta atracción de los ceros, podríamos situar entonces el umbral entre las lenguas internacionales y las que no lo son, de acuerdo con la definición demográfica que propone Marcos Marín, en —por ejemplo— los cien millones de hablantes. Espero que estén de acuerdo conmigo en que es mejor situarlo en los cien millones que, por ejemplo, en 97,534,678 y en que si queremos descender de cien millones tendríamos que bajar hasta los cincuenta millones. Pero no creo que los franceses y los francófonos en general estuviesen de acuerdo. La Encyclopaedia Britannica de 1995 otorga al francés casi noventa y nueve millones de hablantes, es decir, los dejaría a un palmo de la internacionalidad, según el límite —arbitrario, naturalmente— que acabo de sugerir a modo de pasatiempo. Argumentarían los francófonos que una lengua que es oficial en veintiocho países, repartidos por los cinco continentes, y que es oficial y de trabajo en aproximadamente la mitad de las organizaciones internacionales existentes (y, desde luego, en todas las de ámbito mundial y en las de ámbito europeo), bien merece ser llamada internacional, por lo que si alguna definición o algún umbral numérico la excluye, habrá que cambiar la definición o mover el límite.

Por otra parte, saber cuántos hablantes tiene una lengua no es tarea fácil. Jaime Otero (1995) nos presenta una divertida tabla, bajo el título Los Alegres Guarismos de la Demolingüística, tomado a su vez de un capítulo de un libro de Gregorio Salvador (1983). En ella nos presenta los datos sobre el número de hablantes de diez lenguas según seis fuentes distintas. Mientras que los datos para algunas lenguas, como el sueco y el italiano, presentan bastante consistencia, en los demás casos hay discrepancias muy llamativas. Las estimaciones de hablantes de inglés, por ejemplo, van desde los 288 millones, la más baja, hasta los 1,400 millones, la más alta (y francamente desorbitada).

La Prensa Literaria

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