- Un grupo de voluntarios socorre para evitar muertes
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ARIVACA, EE.UU./AFP
Inmerso en el Desierto de Sonora en Arizona, en el suroeste de Estados Unidos, un grupo de voluntarios pasa los meses más calurosos del año patrullando la inmensidad en busca de migrantes latinos en peligro, esperando reducir el número de muertos, que superó los 3,000 en la última década.
“Yo no solía hacer esto”, dice a la AFP John Fife, fundador del grupo “No More Deaths” (No más muertos). “Éste es un nuevo fenómeno en la frontera”.
A mediados de la década de 1990, la Patrulla Fronteriza estadounidense comenzó a fortificar las áreas urbanas limítrofes de San Diego, California, y El Paso, Texas, con muros y más personal, empujando a más y más migrantes al desierto en busca de nuevos pasos hacia Estados Unidos.
Estos esfuerzos fueron operativos llamados “Mantener la Línea” y “Portero”, y se asumió que el terreno desértico serviría como un disuasivo natural para los migrantes.
En el último año fiscal hasta el 29 de septiembre de 2005, un número récord de migrantes, 460, murieron tratando de cruzar la frontera mexicana-estadounidense, 127 de ellos en el sector de Tucson.
Este año, hasta principios de agosto, 124 migrantes han muerto tratando de cruzar el desierto de Arizona.
En julio pasado, dos niñas de 11 y 17 años murieron en el desierto justo al oeste del campamento de Fife. Estaban tratando de reunirse con sus padres, quienes estaban trabajando en Atlanta, Georgia. Con el cambio en los patrones de migración empujando hacia zonas más remotas, el sector de Tucson de la Patrulla Fronteriza es ahora el más ocupado de los 3,141 kilómetros de la frontera mexicano-estadounidense.
Que no haya más muertes recae en voluntarios, tanto nacionales como extranjeros, que patrullan las implacables tierras de Arivaca (Vaca seca) en Arizona.
Este campamento, que combina un puesto de comando y un centro de primeros auxilios, es una colección de tiendas que rodean el trailer de Fife, a unos 30 kilómetros al norte de la frontera.
Un rústico santuario está asentado en medio del campo, una colección de objetos dejados por los migrantes en su senda. Ordenados alrededor de una imagen de la Virgen de Guadalupe hay cepillos dentales, inhaladores para el asma y zapatos. Éste es el único vestigio del campo cuando se desarma al final del verano.
“Esto es lo que me mata”, dice la voluntaria Xylem, mientras toma una zapatilla de un niño. “Tengo una sobrina de esta edad”.
La ciudadana francesa Sylvie Marchand se unió al grupo en Nogales, México, un cercano pueblo fronterizo donde el grupo “No More Deaths” opera una estación de auxilio básico para cientos de migrantes retornados allá diariamente por la Patrulla Fronteriza.
“Veo el temor en los ojos de los migrantes”, dice. “Es como el fin de un sueño, pero ellos siguen determinados a intentarlo nuevamente”.
Marchand todavía no ha encontrado a ningún migrante en sus patrullajes de la jornada. “Es un buen día si no vemos a nadie allá”, cuenta. “Espero que consigan cruzar a salvo”.
Jim Cundiff, quien vive en Orlando, Florida, regresó al desierto por segundo año para dos semanas de patrullaje con “No More Deaths”.
“No podía estar en Florida sabiendo que la gente estaba muriendo tratando de tener una vida mejor”, dice a la AFP. “Tengo que poner un rostro humano a esta tragedia”.