¿A quién miran estas mujeres?
¿Qué esperan? ¿Qué callan?
Miradas de reto y de secreta invitación.
Apenas dibujadas las sonrisas de Giocondas
tropicales, rebosantes en su propia intimidad.
No hay alarde de cautiva belleza
sino afirmación de vida que se goza,
mujeres frutales,
sirenas de silencioso canto,
canto de amor y de mar.
¿A quién ven?
Miran al pintor que las crea.
Le sugieren, coquetas y alborozadas,
líneas, detalles y colores,
tonalidades nostálgicas que él, feliz,
consigna y plasma.
Ellas, remolonas van surgiendo
de la noche informe,
y asomadas a la ventana del cuarto
inauguran su propio amanecer.
Antinocturno
La luna es un asunto personal,
no como el atardecer morboso
deleite de multitudes.
La luna es uno
y lo perdido.
Engrandece en sombras
las robustas ramas del guanacaste,
indiferente al pacífico transcurrir de sus años.
No sabemos nada de la savia.
La eternidad anida en cosas muy simples:
la luz de la luna
deslizándose sobre los tejados morbosos
de antiguo Cuscatlán.
Cuando los Caimanes Roncaban
Para Álvaro
Acostados sobre la arena,
en noches lentas y ya lejanas,
esperando ver pasar los platillos voladores
cuando los caimanes roncaban y chapoteaban
en el agua oscura del Xolotlán.
Entonces veíamos a los saurios
atascados en los tragantes de las esquinas,
asomando sus trompas verdosas,
atrapado por el cieno asqueroso de las cloacas.
Y los hombres maniatándolos
para después matarlos y fotografiarse orgullosos
con los cadáveres de los monstruos.
Nunca vimos a los platillos voladores
aunque siempre asegurábamos haberlos visto.
Yo creo que lo vimos y lo olvidamos.
Porque la infancia es eso,
cierta forma de olvido y de perpetuo presente:
Somos todavía aquellos niños ateridos
oyendo chapotear en la noche a los lagartos,
con la esperanza de ver un marciano.