- No hay literatura femenina ni masculina, sólo buena o mala literatura, respondemos una y otra vez la mayoría de las escritoras frente a la pregunta: ¿Existe la literatura femenina?
Nuestro argumento, transferido de una escritora a otra como en las carreras de relevo, básicamente sostiene que la literatura está hecha por personas marcadas por su educación, su cultura y el ambiente que les rodea. Un escritor, ya sea hombre o mujer, escribe desde su mundo particular, desde sus vivencias personales. Su sexo no define la forma que adquiere su arte.
A pesar de ser absolutamente justificada y valedera, nuestra respuesta encubre una actitud de defensa. ¿De qué nos defendemos? Muy fácil. De las connotaciones negativas, del menosprecio, de la mirada altanera que arroja el canon sobre el concepto de literatura femenina.
Como señala Laura Freixas en su ensayo Mujeres y Literatura, (Ed. Destino, Barcelona 2000) cuando un portavoz del canon emplea el término femenino para referirse a un texto, le está dando tres significados: no universal, intimista y comercial. Estos significados no son negativos por sí mismos pero se les da este carácter cuando se identifican con lo femenino.
No universal: El concepto de literatura femenina no se opone al de literatura masculina sino al de literatura universal. La literatura escrita por hombres es considerada literatura pura, no masculina, mientras que la escrita por mujeres está siempre marcada por su sexo. Al mismo tiempo, la experiencia literaria de un hombre es vista como una experiencia individual e irrepetible, no como la representación de la colectividad masculina; un texto escrito por una mujer, en cambio, representa a todo el género femenino. En consecuencia, cuando se habla de literatura femenina se está negando a las mujeres tanto su universalidad como su individualidad.
Intimista: Cuando se refiere a la literatura de mujeres, este concepto, que en sí mismo no es negativo, recibe un significado displicente, de sensiblería y cursilería.
Comercial: Se identifica gran público con mal gusto y con público femenino. Por consiguiente, una obra que cautiva a muchas lectoras es, automáticamente, mala.
Estos conceptos no son la invención antojadiza de un grupo de misóginos, están enraizados en la historia, en el acceso limitado y tardío de las mujeres a la educación. Durante siglos se consideró imprescindible conocer los modelos clásicos si se pretendía escribir, lo que a su vez hacía necesario saber latín y griego. Sin embargo, los restringidos conocimientos que recibían las mujeres no consideraban, ni remotamente, estas materias.
Épocas oscuras
Recordemos algunas de las ideas contenidas en el Libro V de Emilio o La Educación, de Rousseau, escrito en 1762: Dada su limitada fuerza corporal, la mujer está hecha para agradar al hombre y debe ser educada conforme a las tareas de su sexo; debe evitar la búsqueda de verdades abstractas y especulativas y limitarse a la realización de tareas domésticas. Esta resistencia, cuyos orígenes datan de tiempos inmemoriales, perduró muchos años más. Es difícil imaginar, por ejemplo, que hasta hace apenas 100 años, una mujer no podía entrar a una biblioteca si no iba acompañada por un hombre que guiara sus lecturas. También el acceso de las mujeres a la universidad fue tardío. Recién en 1887 se promulgó en nuestro país la ley que aceptó a las mujeres en el mundo académico, fecha temprana en relación con otros países de Latinoamérica o incluso España, donde el acceso de las mujeres a las universidades no ocurrió hasta entrado el siglo XX.
Esta imposibilidad de tener acceso a la cultura hizo que las mujeres escribieran desde los márgenes, desarrollando géneros que en su época fueron considerados menores, como el epistolar, el didáctico, de donde surge la literatura infantil el autobiográfico en forma de diario, etc…
En consecuencia, las obras escritas por mujeres valoradas por la tradición han sido aquellas que se ajustan a estas formas de escritura intimista, sin pretensiones. Cualquier intento de una mujer por traspasar estos límites y escribir literatura sin adjetivos de ninguna índole fue considerado durante siglos como un acto viril, antinatural. Esto explica que autoras como George Sand y George Eliot, optaran por utilizar una especie de encarnación masculina para conseguir que los hombres aceptaran su seriedad intelectual; o que las hermanas Brontë firmaran sus novelas, Cumbres Borrascosas y Jane Eyre, como Acton y Currer Bell. La literatura de Jane Austen, en cambio, no corría el peligro de ser rechazada en su época porque sus temas estaban confinados a lo doméstico y emocional. Siendo un género menor, no representaba una intrusión en el mundo masculino de las letras. Hoy, después de dos siglos, su obra es considerada uno de los pilares de la literatura inglesa.
En su ensayo, Una Habitación Propia, Virginia Woolf señala: Tenía que escoger entre admitir que era sólo una mujer o reclamar que era tan buena como un hombre. Después de setenta años esta idea conserva en gran parte su vigencia. La hostilidad hacia la mujer ilustrada es aún un componente importante en nuestra cultura y es el sustrato de muchos de los juicios en contra de la literatura escrita por mujeres.
No impresiona entonces que las escritoras sostengamos que no existe literatura femenina ni masculina sino buena o mala literatura. Es nuestra forma de salvaguardarnos de estos prejuicios y desigualdades históricas. No queremos ser vistas como un grupúsculo de advenedizas que escribe sensiblerías desde los márgenes de la cultura.
La literatura femenina sí existe
Sin embargo, algunas escritoras han tenido la osadía de sostener que la literatura femenina sí existe y posee unas cuantas características que le son propias.
Laura Freixas en el ensayo ya mencionado, distingue como una de las particularidades más notables de la escritura femenina, la autorrepresentación. En sus escritos, las mujeres abandonan los roles que gravitan en torno a personajes masculinos: esposa de, hija de, madre de, amante de, etc… para convertirse en personajes literarios, sujetos de su propia historia. Estas protagonistas femeninas aportan nuevos motivos y situaciones, como por ejemplo, las relaciones entre madre e hija, entre amigas, entre hermanas, dando origen a personajes que, con escasas excepciones, no existían en la literatura.
En este respecto Virginia Woolf escribe: Supongamos que los hombres sean representados en la literatura sólo en tanto que amantes de las mujeres y nunca como amigos de los hombres, soldados, pensadores, soñadores. ¡Qué pocos papeles en las obras de Shakespeare podrían serles asignados! ¡Cómo sufriría la literatura!
Influencias
Otra característica que se suele encontrar en la literatura escrita por mujeres es una tenue línea divisoria entre el mundo de los afectos y el de la razón. Particularidad que poco a poco ha ido influenciando la literatura y la cultura en general. Sospecho que la literatura femenina ha tenido influencia por ejemplo, en la denominada Lad fiction, que explora el mundo emocional masculino y que es cultivada por escritores contemporáneos como Barnes, Kureishi, Mc Ewan, Ford y más recientemente por narradores como Chang Rae Lee. En sus obras, las relaciones familiares, las sutiles redes de afectos y desafectos, la comunicación o falta de ella, son preocupaciones básicas de sus protagonistas y motores de la historia.
En este punto es importante señalar que no toda la literatura escrita por mujeres posee estas particularidades y que no todas son exclusivas de la literatura femenina.
Aparte de estos rasgos distintivos, la manera en que las escritoras emplean el lenguaje no es disímil a la de los escritores. Las infinitas posibilidades de la palabra, el desarrollo de estructuras narrativas, de estilos, etc… no cambian ni se definen en virtud del sexo de su autor.
Desafíos
Los escritores han construido por siglos modelos femeninos, nacidos de sus fantasmas, de sus deseos y de su visión de las mujeres. Según el filósofo norteamericano Norman O. Brown, la mujer ideal que los autores masculinos sueñan con generar es un ángel. Virginia Woolf respondió a este arquetipo de forma lapidaria: El ángel es la imagen más perniciosa que los autores masculinos hayan impuesto nunca sobre la mujer.
Pero el ángel no es la única imagen mítica que han erigido los escritores para representar a la mujer. Rosa Montero en La Loca de la Casa, (Alfaguara 2003) nombra otras cuantas: la mujer vampiresa que absorbe la vida y la energía del hombre, la mujer tierra- madre, la mujer bonita exenta de sesos, la mujer misteriosa e inalcanzable, la mujer libertina.
Estos estereotipos literarios habitan en las conciencias de los hombres y no tienen nada de reprochables, pues, aunque no completa, expresan la realidad. Su manifestación amplía el conocimiento, enriquece la mirada sobre el mundo y las personas. Proust, en una de sus cartas a Louise Colet, señala que el escritor posee un largo tubo que llega al corazón de las cosas y trae a la superficie lo que antes era invisible. Las escritoras (entre otras cosas, por supuesto) podemos extraer de nuestras conciencias las imágenes míticas que poseemos de los hombres. ¿Qué arquetipos masculinos habitan en nuestro subconsciente, qué sentimientos nos provocan, qué aspectos de su ser nos avivan, cuáles nos producen temor, cómo podemos expresar todo esto literariamente?
En otro ámbito, la literatura escrita por mujeres debiera ser analizada como se analiza la literatura francesa, inglesa española, barroca, etc… señalando sus características, su evolución, sin aplicar juicios de valor. El término literatura femenina no tiene por qué ser un calificativo sino una diferenciación.
Asimismo, se debiera poder aspirar al prestigio y al reconocimiento, sin temor a desarrollar aquellas particularidades que hacen a un escrito propiamente femenino, como la preponderancia de mujeres protagonistas o la exploración de los sentimientos. Para ello, la literatura femenina tiene que ser liberada de sus connotaciones negativas.
Por último, así como en las esferas del poder político las mujeres han ido ganando sus sitios, es necesario que estas también ocupen espacios no sólo en los lugares donde se difunde la cultura, sino también en aquellos donde se define su valor. ¿Cuántas críticas literarias hay en nuestro país? No alcanzo a usar todos los dedos de una mano para contarlas. Es importante que la mirada de las mujeres, sin necesidad de estar encubierta tras una máscara de virilidad, ni tras la trinchera de una corriente de pensamiento ya establecida, se sume al punto de vista de las decenas de pensadores masculinos que hoy, desde sus atalayas, van definiendo qué hay que leer y qué no, qué es valedero y qué no, qué es parte del canon y qué no.
Tomado de El Clarín de Argentina.